Hoy es un día de Joaquín Sabina, de Estopa, de “La Tentación Viva Arriba” y de muchas otras cosas que no tienen nada que ver, pero que traen los mismos recuerdos.
Esa es la reflexión a la que llegué tras una conversación con mi padre ayer. Él decíia que hay cosas que son para el verano. Libros, películas, canciones… Y no hay mayor verdad que ésa.
Este es el primer verano que paso alejada de casa, y en realidad, no parece verano. En Hammond, IN, de 30º C no pasamos, pero hace una humedad brutal. Las mujeres en modo escarola llegan a casa siempre pegajosas. Los hombres se sientan en las hamacas y no pueden ni respirar.
Es época también de los “cookouts”. Las barbacoas de toda la vida, vaya. Eso emociona y mucho, hasta que recuerdas que no hay panceta, ni pinchitos, ni tortilla de patatas. Hay hamburguesas. Una vez más.
Lo que más echo de menos del verano pacense son las noches en la terraza. Lo echo de menos porque es entonces cuando se para el tiempo, cuando todo es perfecto, cuando lo único que hay es silencio. Vale que las baldosas aún arden, pero cuando empieza a refrescar y se apagan las luces por temor a las invasiones de mosquitos tigre, todo cambia. Desde mi terraza, Badajoz está en silencio. Llena de luz, pero en silencio. Me gusta ver cómo se mueven los coches, como si fueran pequeñas luciérnagas perfectamente organizadas, e imaginarme cómo sería ser piloto y ver la luz del Puente Real desde el aire.
Pero lo que más me gusta de todo es que se vean las estrellas. Todas y cada una de ellas. Como si de campo abierto se tratara, como si no hubiese mañana. Sólo las estrellas, nosotros, y la ciudad en silencio.