A historia es un albañal de miserias humanas, pero también un río que se regenera y cuyas aguas, a medida que pasan las décadas, se vuelven más cristalinas.
Las vicisitudes de la política nos impulsan estos días a echarnos las manos a la cabeza no sé si debido al asombro o para resguardarnos de la que está cayendo. En estas cuestiones influye mucho el color del cristal con que se mira. Y los aumentos que tengan la lupa o el microscopio. No voy a caer en el descreimiento cínico de quienes sostienen que corruptos y malas hierbas han existido siempre, pero sí que me consuelo con un detalle incuestionable: solo en las sociedades democráticas el ciudadano acaba enterándose de los casos de corrupción y sus responsables sometidos al imperio de la ley. [Ahora es cuando alguien levanta la mano entre la audiencia y pone el ejemplo que constituye la excepción a la regla. Acepto la enmienda].
Prosigamos. ¿En qué dictadura los delitos de corrupción son denunciados públicamente y sus responsables juzgados en procesos con todas las garantías? Quiero decir que a pesar de todos los reparos y de todas las excepciones, el mundo es, ‘globalmente’, mucho mejor un siglo tras otro.
La sociedad del siglo XVIII fue bastante más injusta, más inhumana, que la del XIX. Y la sociedad del siglo XIX no admite comparación con la del XX, a pesar de esos dos gigantescos pasos atrás que constituyeron los totalitarismos comunista y nazi, que devastaron millones de vidas y redujeron al hombre a la triste condición de esclavo, de marioneta sin alma.
En nuestros días padecemos la amenaza y los efectos del totalitarismo que encarnan los mercados financieros, esa multinacional cuyo objetivo es la felicidad de unos pocos. Con todo, estoy convencido de que el siglo XXI no admitirá comparación con el que le precede, encontrará vacuna para ese mal que es la voracidad del dinero –el capitalismo sin interés social– aunque seguramente para entonces todos calvos y ni usted ni yo lo veamos.
Hasta Freud lo confiesa: «Efectivamente, el mundo hace lentos progresos: hace solo trescientos años me hubieran quemado». Vuelve uno la cabeza hacia los siglos pasados y se le queda la mirada convertida en sal, como la mujer de Lot. Prueba y error. Avanzar, progresar, es apostar por los sueños, por lo que el hombre anhela en lo más profundo. Yo soy un entusiasta del progreso, pero desconfío instintivamente de esos ‘progresistas’ que lo son sin más base ni sustento que el de la propia etiqueta. No sin retranca lo advertía Roosevelt: «Un progresista es un hombre con ambos pies firmemente plantados en el aire».
Hace unos días estuve viendo en el Museo del Prado la muestra cedida por el Museo del Ermitage ruso. Me cautivó la colección de piezas antiguas de oro que habían reunido los zares procedentes de excavaciones arqueológicas. Contemplar las armas y adornos con que los nómadas escitas de tres o cuatro siglos antes de Cristo enterraban a sus muertos es un buen ejercicio para reflexionar acerca de los progresos del mundo en el cielo y en la tierra.