Asuntos tan espeluznantes como el caso Gürtel y otros que ocupan el platillo opuesto de la balanza deberían mostrar la importancia de la división de poderes en las sociedades democráticas; sin embargo, me parece que lo que están consiguiendo es multiplicar el descreimiento en dicha división. ¿Eso qué significa? Que se extiende la idea de que por encima de los tres poderes definidos por Montesquieu: el legislativo, el ejecutivo y el judicial, existe un ‘suprapoder’ con múltiples ramificaciones capaz de conformar una realidad que trasciende los límites y potestades del ejecutivo, del legislativo y del judicial. Una especie de superpoder ‘fáctico’ capaz de sobrevolar las formalidades y de saltarse las reglas del juego. ¿Conclusión? Ningún poderoso verdadero (llámese partido político o fulanito de tal) será ‘justamente’ castigado si existe proximidad o fuerte vinculación con el ‘suprapoder’ de turno. Aunque los asuntos –graves todos– causen alarma e irritación. ¿Y eso que significa? Pues lo que intuye el hombre de la calle: cuando se trata de ciertos ‘peces gordos’, nunca pasa nada. Así de simple.
Y que conste que cuando hablo de poderes no incluyo, por supuesto, al mal llamado ‘cuarto poder’, una fórmula coloquial más engañosa que precisa. Creo que durante los últimos años ese ‘cuarto poder’ se ha reducido a un cautivo fagocitado masivamente por la tiranía del mercado, a excepción de algunos irreductibles que prosiguen con su tarea casi heroica de ofrecer información y opinión plurales en vez de simple propaganda o género de matute.
Como sostenían los alquimistas: lo de arriba es igual a lo de abajo; es decir, el microcosmos es igual al macrocosmos. Las derrotas morales y los abusos que se registran en la política nacional también tienen su traslación en la internacional, en la europea. Así que si nos anima el sentido práctico, más nos valdría enseñar a nuestros escolares que la tradicional división de poderes (legislativo, ejecutivo y judicial) es un mero formulismo que se ha quedado obsoleto, fuera de juego, y que la tripleta que cuenta de verdad es la Troika, formada por la Comisión, el Banco Central Europeo (BCE) y el Fondo Monetario Internacional (FMI): tres personas distintas y un solo dios verdadero: el dinero, cuyo profeta son los mercados.
Aunque hace ya casi dos décadas que se atribuye a Alfonso Guerra la frase: «Montesquieu ha muerto», la verdad es que nunca como ahora ha existido tan poco pudor a la hora de plantear la independencia de los poderes; o mejor, a la hora de constatar la distancia que hay entre lo que dice la teoría y lo que prueban los hechos. En las sociedades democráticas todos los poderes requieren contrapesos, medidas de control. Si la percepción en la calle es que uno de ellos (pongamos que el ejecutivo, por ejemplo) consigue romper el blindaje que garantiza la independencia de los otros poderes… apaga y vámonos. Especialmente cuando los conflictos no son simples anécdotas sino casos que afectan a la propia estabilidad del sistema. Es un asunto serio. Y más serio aún cerrar los ojos y ponerse a silbar.
Cáceres, 3 de enero de 2014.