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Generosas cosechas de pícaros

Seguramente es verdad que el dinero no tiene patria, pero son muchos quienes lo ignoran porque el suyo siempre encuentra un nidal en Suiza. O en cualquier paraíso fiscal. En España, que ha sido hasta hace poco tiempo un país de hidalgos que se sacudían las migas de la pechera para dar a entender que habían comido, hablar de dinero era poco elegante, impropio de caballeros. Aquí se festejaban las frases ocurrentes sobre el asunto: «El dinero no da la felicidad, pero aplaca los nervios». O la de lord Amherst: «Hay tres maneras fáciles de perder dinero: las carreras son la más rápida, las mujeres la más agradable y dedicarse a la agricultura es la más segura». Pero eso era antes. Antes de la era de los ‘pelotazos’ y de los enriquecimientos vertiginosos a la sombra de negocios más turbios que la risa de un loco.
En los tiempos en que enriquecerse ocupaba una vida y a veces varias generaciones, era inusual que surgieran ‘nuevos ricos’. Tan es así que socialmente les costaba enorme esfuerzo y dedicación desprenderse de la etiqueta de ‘trepadores’ o de ‘oportunistas’. Digamos que venían a ser ricos sin caché. Salvando las distancias –y las singularidades de cada país y de cada burguesía– me parece que el retrato de todas esas generaciones, la historia económico-social de aquellos momentos de transición está muy bien resumida en ‘El Gatopardo’, de Lampedusa.
Durante buena parte del siglo XIX y durante todo el siglo XX la vinculación de la política profesionalizada con la riqueza ha sido una realidad indiscutible. Basta pensar en los ‘negocios’ que alimentaron las diversas amortizaciones de bienes o en los acarreos de capital que proporcionaban las prácticas caciquiles en aquella España rural, agrícola y ganadera.
Sin embargo, los escándalos de corruptos enriquecidos a la sombra de los cargos políticos es un fenómeno que no se ha convertido en plaga hasta los últimos años, precisamente cuando ya había instaurado un sistema democrático que permite –y he ahí una contradicción– su resurgir y su denuncia. Porque no nos engañemos, en mayor o menor grado la corrupción ahora se denuncia. Otra cosa es el tiempo que tarda en actuar la Justicia o los daños colaterales que están produciendo los estropicios de los corruptos. Me refiero a esos pelos que se quedan en la gatera del sistema y que lucen incluso nombres de jueces estrella.
Las principales víctimas de los sinvergüenzas que se han enriquecido a la sombra de los cargos públicos no son el Tesoro Público o la Agencia Tributaria, son la democracia y la credibilidad, asolada por los ‘trepadores’ que minan, igual que carcoma, la estructura esencial del sistema, el conglomerado de valores que hacen posible la confianza y la fe en las instituciones y en sus principales servidores. Dinamitar ese andamiaje equivale a meter la zorra en el gallinero. Nadie se fiaría. La buena noticia es que a pesar de las generosas cosechas de pícaros y de cofrades de Monipodio que hemos sufrido últimamente, la Justicia (con ayuda de la Prensa critica y responsable, eso sí) va ajustando las cuentas a los corruptos.

Juan Domingo Fernández

Sobre el autor

Blog personal del periodista Juan Domingo Fernández


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