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Entre el algoritmo y el apocalipsis

EN nuestra época la principal preocupación no es el presente, sino el mañana; no lo que ocurre, sino lo que está por llegar, aunque a veces no llegue. Antes que reconocerle méritos a quien describe la actualidad y el ayer –poniendo luz y razón en hechos y circunstancias– le obsequiamos con nuestra complacencia a quien aventura sus apuestas por el porvenir. Aunque tal porvenir no llegue o se cumpla.
En esta época se enaltece con más entusiasmo al oráculo que al historiador. El vaticinio manda. Vivimos más pendientes de la predicción del tiempo o de las encuestas que de la crónica del temporal y del análisis pormenorizado de las elecciones. Nos interesa más la proyección teórica del sondeo que el resultado práctico de las urnas, aunque entre una y otro apenas se registre, por ejemplo, un parentesco tangencial o lejano…
Y cabe agregar circunstancias agravantes: la homegeneización acelerada –fruto de la globalización económica y las nuevas tecnologías– nos precipita de cabeza a eso que el filósofo surcoreano afincado en Alemania Byung-Chul Han, califica como «el infierno de lo igual». Un universo donde paradójicamente se aspira a la individualidad, a la diferenciación narcisista, pero en el fondo abocado a una igualdad ‘artificial’ que determinan los algoritmos y la nueva ingeniería social del sistema. ¿Qué sistema? Por supuesto el de las grandes corporaciones tecnológicas y económicas del mundo. Los verdaderos amos del cotarro.
Como explica muy bien Yuval Noah Harari en su libro ‘Homo Deus. Una breve historia del mañana’, en pocas décadas los vehículos estarán conectados a una red que controlará un algoritmo. El poder de los datos. El algoritmo no solo nos sugerirá qué libros leer o qué vino compartir en las reuniones familiares, sino que a través de las múltiples aplicaciones nos inducirá a decidir qué carrera estudiar, qué trabajo elegir, en qué ciudad (o país) buscar empleo, qué servicios adquirir, en qué tipo de medicina creer, a qué especialistas acudir, a quién votar…
Un estudio presentado recientemente en Davos prueba que más del 52% de quienes siguen prescripciones creadas por un algoritmo no cambia nunca de opinión o lo hace en muy pocas ocasiones respecto a cuestiones sociales importantes. ¿Qué significa dicho dato? Pues que más del 50 % de ese mercado de la opinión pública está blindado frente a opciones de gente que piensa de diferente manera… Equivale a entrar en un auditorio y saber que más de la mitad se inclinará por quien maneja el algoritmo. Como afirma Byun-Chul-Han en una magnífica entrevista publicada en ‘El País’: «Los macrodatos hacen superfluo el pensamiento porque si todo es numerable, todo es igual… Estamos en pleno ‘dataísmo’: el hombre ya no es soberano de sí mismo sino que es resultado de una operación algorítmica que lo domina sin que lo perciba».
¿No hay salidas? Creo que sí. El panorama es apocalíptico pero veremos si cuando llegue el mañana verdadero no acabamos invocando el viejo lamento: «¡Lo que habremos sufrido por lo que no ha pasado!».

Juan Domingo Fernández

Sobre el autor

Blog personal del periodista Juan Domingo Fernández


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