EL banquero y empresario J.P. Morgan dijo en cierta ocasión que no quería un abogado que le dijera lo que «no podía hacer» pues si lo contrataba era, precisamente, para que le dijera la manera de «hacer lo que quería hacer». Justo lo contrario de lo que han hecho los letrados del Parlament de Cataluña desde el minuto uno del ‘procés’: cuando advirtieron a esa cámara de las famosas líneas rojas que no podían saltarse y de las ilegalidades en las que incurrían con determinadas acciones. Y por dichas acciones, (no por sus ideas), llevan tiempo unos cuantos comiendo rancho en prisión.
En el momento que vuelvan las aguas a su cauce me gustará saber cómo recuerda la gente la aventura del ‘procés’. Cuál será el término en la ‘nube de palabras’ más repetido. ¿Delirio? ¿Sentimiento? ¿Ensoñación? ¿Irrealidad? ¿Supremacismo? ¿Parlament? ¿Injusticia? ¿Prisión? ¿Huida hacia adelante? ¿Democracia? ¿Nación? ¿Pujol? ¿Populismo? ¿Mas? ¿Puigdemont? ¿Tabarnia? ¿Tractoria? ¿Boadella? ¿«España nos roba», quizás? ¿O la sinuosa profecía de Roger Torrent: «Lloverán hostias»?
Visto con perspectiva resulta asombroso constatar que la sobredosis de teatralización y de excesos esperpénticos del ‘procés’ no es atribuible a profesionales del espectáculo sino a profesionales del separatismo. Aquí sí que se cumple aquello de «la realidad supera a la ficción». Ni el guionista más enloquecido hubiera imaginado episodios y escenas como las de estos extravíos ‘nacionalistas’ en la era de la posverdad, de la manipulación histórica y de la ‘sentimentalidad social’ frente al democrático principio de los derechos ciudadanos, porque como bien nos previene Fernando Savater, todo nacionalismo se alimenta de agravios pasados y de la magnificación de los errores presentes.
Por eso la escapada hacia ninguna parte que ahora promueven las formaciones afines al ‘procés’ no es un punto de diálogo, sino otro tramo de su precipitación al vacío. Instalados en esa especie de ‘furtivismo democrático’ resulta imposible abordar cualquier solución racional; es decir, algún remedio compatible con la ley y las normas democráticas de un país europeo moderno.
Por tanto, lo inquietante no es que los partidos y formaciones afines a la anomalía gravitacional del separatismo hayan abandonado la senda de la Constitución y del Estatut, lo dramático es que llevan camino de atrincherarse en una especie de reducto sin más salida que la cárcel o el cementerio político.
Y me parece que dicha estrategia tan solo resulta comprensible desde posiciones ‘antisistema’: desde los supuestos tácticos de aquellos a quienes la Constitución y el Estatut les importan menos que nada, pues aspiran precisamente a liquidar tal marco democrático con la esperanza de conquistar en la calle el ‘paraíso’ más acorde a su ideología.
En esta encrucijada apelar al diálogo político resulta nada más que un gesto cargado de buena voluntad pero no de racionalidad, pues antes que diálogo o negociación se trataría de simple pasteleo, una dimisión de sus responsabilidades que el Estado no puede permitirse.