Mucho antes de que la era digital impusiera los concentrados de tuits, diálogos de wasap, aforismos y otras apoteosis del ingenio breve, reconozco mi interés y devoción por la sabiduría que contienen los proverbios y adagios de la tradición popular. Sumidos en una intensa precampaña electoral, no es que pretenda ahora hacer menosprecio del discurso largo y alabanza del eslogan, pero creo que para ‘leer’ e interpretar correctamente la realidad de los mensajes políticos, lo más recomendable es actualizar nuestra memoria de esa vieja sabiduría popular.
Como potenciales votantes, a todas horas se nos bombardeará desde los medios de comunicación y desde las redes sociales con mensajes cortos (lemas, anuncios, memes, tuits, comentarios, bulos, noticias falsas y otras ciertas, reclamos, vídeos, carteles, soniquetes, propaganda…) para tratar de rescatarnos del supuesto laberinto en el que nos encontramos, y ayudarnos a decidir. En las precampañas y después en las campañas, a nadie van a intentar ganárselo para la causa de este o aquel partido con argumentos complejos y reflexiones que precisen calma, tiempo y constatar datos.
Para conseguir que el voto llegue a la urna, se apela al corazón, no a la cabeza. O mejor, al corazón antes que a la cabeza. Y deprisa, deprisa. A los mítines solo van los convencidos y quien acude lo hace confiado en ver reforzadas sus ideas, no en verlas cuestionadas. Miel sobre hojuelas. Los que se encargan de buscar votantes lo harán valiéndose de los diversos formatos a que antes me he referido (tuits, lemas, eslóganes…) y también apelando al miedo: ese dios capaz de intervenir en la voluntad popular como la vara de Moisés, que separó en dos partes las aguas del mar. En cierto modo, todas las formaciones políticas apelan al miedo: miedo a los males terribles que acarreará la llegada del adversario o miedo a no poder cumplir con las expectativas y los logros prometidos. Miedo al otro o miedo a lo incierto.
Me parece que la columna vertebral de las campañas electorales no se levanta ya con discursos técnicos y razonamientos prolijos sobre economía, medio ambiente, defensa, sanidad… sino, prioritaria y generalmente, con mensajes emotivos y guiños más sentimentales que ideológicos. Un ámbito donde priman las grandes abstracciones (el cambio, la solidaridad, el progreso, la firmeza, el amor a la patria…) que son difíciles de cuantificar y, en resumen, de medir y constatar. El ámbito del corazón.
En consecuencia, quizás lo más recomendable durante las próximas semanas sea refrescar la lectura de los proverbios tradicionales, pues nada mejor que la sabiduría popular, –centrada también en los valores y abstracciones de la vida–, para detectar, como un escáner, cuál es el mineral y cuál la ganga del mensaje. Sugiero que cada lector rescate para sí alguno de sus proverbios preferidos. Yo registro aquí tres al azar: «Aquel a quien amamos no tiene defectos; si le odiáramos, carecería de virtudes». «Los ojos se fían de ellos mismos, las orejas se fían de los demás». Y el último: «Cada paso que da el zorro se acerca más a la peletería». Disculpas por el escepticismo, y que me perdonen los animalistas.