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Promesas y paraísos

Quizás el daño colateral más relevante del proceso independentista catalán no sea el distanciamiento emocional, la desafección recíproca que se está produciendo entre buena parte de los españoles y quienes nutren las filas del sector separatista. La consecuencia más perjudicial del llamado ‘procés’ es la constatación de que cualquier sociedad, por desarrollada y culta que parezca a primera vista, resulta igualmente susceptible de ser influida y manipulada hasta extremos inimaginables. Cuando se habla de manipulación política solemos pensar en regímenes totalitarios extremos como la Alemania nazi, la Unión Soviética de Stalin o la Corea del Amado Líder…
Pero la experiencia demuestra que procesos intensos de sugestión colectiva se registran ahora y en nuestro país, como si se tratara de prodigios más cercanos a las creencias supersticiosas que a la lógica y la razón. Cómo se explica que en un periodo muy corto y en pleno siglo XXI las preocupaciones políticas, las prioridades sociales, las aspiraciones cotidianas de una sociedad desarrollada y caracterizada por su espíritu abierto y europeísta como la de Cataluña se ‘ensimisme’ con veleidades de ensueño igual que en la canción de Sabina: «No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió».
Dice Max Jacob que «el sentido común es el instinto de la verdad» y yo tengo la impresión de que ese sentido común tantas veces vinculado con la sociedad catalana se está diluyendo ante la presión descomunal de unas políticas públicas que han hecho bandera de la secesión y del sectarismo como si tales anhelos fuesen imprescindibles para la vida y vinieran a satisfacer las necesidades de una sociedad en la Europa de 2017.
Cuando digo cómo se explica este estado de cosas estoy haciendo, claro está, una pregunta retórica. Se explica por un conjunto de causas entre las que sobresale –más allá de la responsabilidad de cada cual– la de los dirigentes políticos que juegan la baza independentista al precio que sea, es decir, por encima del sentido común, de la verdad y de la razón. «Donde hay poca justicia es grave tener razón», afirmaba Quevedo, y yo deseo vivamente que nadie concluya lo mismo porque en Cataluña ciertos políticos independentistas antepongan deseos interesados a la justicia; es decir, a la ley, a la democracia y a la historia.
El ‘proceso de desconexión’ ha crecido a través de insistentes ejercicios de precalentamiento en el victimismo y la indignación («¡España nos roba!») y repicando desde los campanarios soberanistas la ‘promesa’ del fin de todos los males en el mismo instante en que Cataluña sea independiente de España y se convierta en la nueva tierra prometida donde mana leche y miel.
¿Cómo disolver el convencimiento de quien se cree víctima de un ogro inexistente y que además confía en habitar su paraíso en un mañana incierto? La verdad, no lo sé; pero acaso le consuele el viejo proverbio hindú: «No hay árbol que el viento no haya sacudido». Quiero decir que el resto de España también se siente víctima y no renuncia al paraíso en común.

Juan Domingo Fernández

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Blog personal del periodista Juan Domingo Fernández


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