Sin ánimo de parecer frívolo, confieso que mi curiosidad mayor respecto al referéndum de octubre en Cataluña no se refiere tanto a cómo caerá la moneda (con perdón) sino a quién será el autor capaz de resumir para la posteridad esta época esperpéntica. Si Valle-Inclán inmortalizó en el primer tercio del siglo XX los disparates de una sociedad conquistada por sus propias caricaturas y Albert Boadella anticipó los excesos de Pujol and company en su genial ‘Ubu president’, lo que me gustaría conocer ya mismo es cuántos cuadernos de notas lleva emborronados el autor que inmortalizará los desvaríos del independentismo y el pandemónium del ‘procés’.
La vieja frase de Marx de que los grandes hechos y personajes de la historia se repiten primero como tragedia y luego como farsa se nos antoja también un calco profético de la situación catalana durante la II República (la fase trágica) y en estos últimos años del bucle soberanista (la fase cómica). Qué película ha perdido Berlanga.
La aparición sobre el escenario de la farsa de unas pocas figuras: Yoko Ono, Peter Gabriel o Hristo Stoichkov… –firmantes de la campaña soberanista «Dejad votar a los catalanes»– viene a poner la guinda foránea, la pincelada colorista en su afán por ‘internacionalizar’ el conflicto en busca de relevancia. Y es comprensible, pues la facción separatista procura así atenuar los rotundos rechazos cosechados en las instituciones europeas y en el resto del mundo democrático. Y me parece que persigue también contrarrestar las voces disidentes de nombres de prestigio como los de Juan Marsé, Eduardo Mendoza, Javier Cercas, Jordi Évole, Javier Sardá, Isabel Coixet y tantos otros, que muestran estos días su rechazo o distancimiento con el fondo y las formas del referéndum separatista.
Por eso, si abrimos el foco, la comparecencia ayer de Mariano Rajoy declarando como testigo en la Audiencia Nacional por el ‘caso Gurtel’ resulta desde luego bochornosa y poco edificante por tratarse de la cabeza visible de un gobierno democrático europeo. Pero más allá de esas paradojas temporales, de la jugarreta del calendario, no cabe oponer la posible ‘ilicitud’ de su comportamiento político y personal para justificar o ‘legitimar’ la estrategia y los procedimientos de Puigdemont y cía. Entre otras cosas porque aun siendo relevante el problema de la corrupción en el PPy en el conjunto de España, se trata de un problema coyuntural, episódico, mientras que el llamado ‘procés’ es un problema estructural, no circunstancial, fundado en un desafío a la lógica, a la historia y a la ley del que tan solo caben esperar repercusiones imprevisibles y desde luego catastróficas.
Así que con este panorama acaso la mejor salida sea incurrir doblemente en el marxismo (el de Karl y el de los hermanos de Groucho), confiando en que la farsa del ‘procés’ y del referéndum del 1-O se resuelva con risas y sin llantos. Y que la escriba un autor con futuro.