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Ojos que dicen cosas

Ojos y miradas, bellos e inquietantes a la vez

 

Ojos claros, serenos,
si de un dulce mirar sois alabados,
¿por qué, si me miráis, miráis airados?
Si cuanto más piadosos,
más bellos parecéis a aquel que os mira,
no me miréis con ira,
porque no parezcáis menos hermosos.
¡Ay tormentos rabiosos!
Ojos claros, serenos,
ya que así me miráis, miradme al menos.

 

Este madrigal del magnífico poeta sevillano, del Siglo de Oro español, Gutierre de Cetina, se refiere a los ojos de una bella dama de nombre Laura, ojos que eran con seguridad de una enorme belleza, puesto que inspiraron tan hermoso madrigal.

Sin duda los ojos de los que voy a hablar en este post no hubieran despertado en el poeta tan bellos sentimientos, pero yo creo que merecen también unas líneas. Las miradas de muchos de los animales con los que compartimos la vida en el planeta Tierra son con frecuencia inquietantes, a veces amenazantes, como es el caso de los grandes felinos o algunas aves de presa, otras inexpresivas como las de muchos reptiles, otras veces atractivas pero desconcertantes como las de nuestras mascotas, en cuyos ojos podemos llegar a ver hasta su estado de ánimo.

En la mayoría de los casos cuando se trata de animales de un cierto tamaño, la mirada del animal va acompañada del gesto que expresa su cara, de la postura que adopta su cuerpo, y otras componentes. Pero si bajamos a escala de los animales muy pequeños, como podrían ser los insectos, encontramos que el enigma se traslada de la mirada al ojo, o para ser más exactos a sus muchos ojos.

Ojo compuesto, semiesférico y con las facetas hexagonales de los omatidios.

Se puede decir que los insectos no tienen dos ojos, sino literalmente miles de ojos, en los que cada pieza del mosaico que forman, dispone de su equipamiento óptico, de manera que cada pieza recoge un punto de la imagen, y las numerosas piezas que están extendidas sobre una superficie semiesférica, componen la imagen total de lo que se está observando. Cada una de las piezas que juntas forman los ojos compuestos se denomina omatidio y la superficie externa de los omatidios, habitualmente de forma hexagonal, se denomina faceta.

Como consecuencia, si lo comparamos con el ojo humano, el ojo compuesto del insecto puede cubrir un ángulo más grande de visión, pero por otra parte el ojo compuesto no tiene una lente central o retina, por lo que tiene el inconveniente de una baja resolución de la imagen, ahora bien este tipo de ojos presenta en cambio una serie de ventajas para el animal como el ser capaz de detectar movimientos rápidos, que resultará muy interesante para los cazadores y también para los cazados.

Otra ventaja es la de abarcar en la visión un amplio ángulo sólido es decir que el ojo compuesto de un animal abarca con su mirada mucho más espacio que el ojo humano. Y es también muy útil en algunos casos la propiedad de distinguir la luz polarizada, es decir distinguir en qué plano está contenida la onda luminosa, lo que aporta información sobre la fuente de la que procede. Esto último permite por ejemplo los vuelos de precisión de las abejas, esencial en sus idas y venidas a la colmena, ya que al volar bajo luz solar cada abeja puede referir a la posición del Sol su propia posición, así como la orientación de sus vuelos y las distancias.

En los ojos compuestos, cada omatidio está aislado de los demás y sólo la luz que incide en la dirección del eje longitudinal es detectada por las células foto-receptoras, las cuales generan un único elemento de imagen, un píxel, que se combina en el cerebro con el del resto de las informaciones de los demás omatidios para componer la imagen del conjunto.

Por ejemplo en el caso de la abeja su cabeza, que tiene forma de triángulo invertido, alberga el órgano de la visión que está formado por tres ojos simples y dos ojos compuestos. Los tres ojos simples son muy pequeños y están situados en la parte superior de la cabeza, entre los dos ojos compuestos, que son mucho más grandes, y están situados a los lados.

Con los ojos simples la abeja puede ver a corta distancia, y también puede ver, en condiciones de casi oscuridad, en el interior de la colmena. Estos ojos son órganos sensibles a la intensidad de luz y son utilizados por las abejas como fotómetros, determinando el principio y fin de su jornada laboral.

 

Cabeza de abeja, mostrando sus dos ojos compuestos laterales y sus tres ojos simples en la parte superior. Vista de la flor (izqda.) en el espectro visible y (drcha.) en el ultravioleta.

 

Los dos ojos compuestos están formados por numerosos omatidios hexagonales, cada uno de los cuales puede ser considerado como un ojo simple elemental, siendo el número de estos ojos variable para cada una de las categorías que componen el enjambre de la colmena, así hay 3.000 en la reina, 6.000 en la obrera y 13.000 en el zángano.
En cuanto a su visión de los colores, la abeja es ciega para el color rojo, pero puede ver perfectamente el ultravioleta, que nosotros los humanos no distinguimos. Aunque es ciega al rojo, puede detectar algunas flores de ese color, si esas flores reflejan el ultravioleta, pero si no lo reflejan las abejas las verán como negras.

En la parte derecha de la imagen se muestra cómo ven las cosas los insectos, a la izquierda la flor observada con luz visible, a la derecha la misma flor observada con luz ultravioleta, que es como la vería cualquier insecto con sus ojos compuestos. Puede que la imagen pierda belleza, pero se aprecian detalles que los seres humanos no podemos ver y que son para el insecto mucho más importantes que la belleza, por ejemplo las marcas que indican al insecto la zona de la flor donde se encuentra el polen,  para guiar a los insectos polinizadores.

Podríamos decir que la naturaleza ha optado por lo útil frente a lo bello, pero lo cierto es que ha reservado la belleza para las ondas luminosas que nosotros podemos apreciar con nuestros pobres ojos humanos, que son las ondas del espectro visible, dejando patente con ello que al ser humano le inspira más la belleza que la utilidad, sobre todo si el ser humano es poeta, es admirador de Laura y además quiere dedicarle un madrigal.

Adolfo Marroquín Santoña

Noticias y comentarios sobre temas científicos

Sobre el autor

Adolfo Marroquín, Doctor en Física, Geofísico, Ingeniero Técnico Industrial, Meteorólogo, Climatólogo, y desde 1965 huésped de Extremadura, una tierra magnífica, cuna y hogar de gente fantástica, donde he enseñado y he aprendido muchas cosas, he publicado numerosos artículos, impartido conferencias y dado clases a alumnos de todo tipo y nivel, desde el bachillerato hasta el doctorado. Desde este blog, trataré de contar curiosidades científicas, sobre el clima y sus cambios, la naturaleza, el medio ambiente, etc., de la forma más fácil y clara que me sea posible.


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