Hay pruebas, cada día más convincentes, de que las actividades humanas están afectando al clima mundial, lo que podría tener serias repercusiones en nuestra salud; a veces de forma inmediata, en el corto plazo, como consecuencia de las catástrofes producidas por los denominados fenómenos meteorológicos adversos, y otras en el medio o largo plazo, consecuencia de la variación de los climas, que afectaría al suministro de agua y alimentos, a los cambios de la distribución de los brotes de enfermedades infecciosas o a la aparición de enfermedades emergentes relacionadas con los cambios de los ecosistemas.
Aún a riesgo de ser tachado de agorero, creo que es conveniente trasladar a la opinión pública lo que muchos, sin duda la mayoría, de los estudios realizados nos señalan. En la actualidad son ya muchos los efectos que está teniendo el cambio climático y los que se prevén a más largo plazo, de forma que para revisar esos efectos en el área concreta de la salud humana, parece razonable acudir al máximo organismo mundial en la materia, es decir a la Organización Mundial de la Salud (OMS).
Pues bien, las conclusiones a las que llega la OMS apuntan a que el cambio climático continuado tendrá profundas consecuencias negativas en los desarrollos sociales y en la salud. Las zonas que disponen de una infraestructura sanitaria débil, la mayoría de las cuales están situadas en los países en desarrollo, serán las menos capaces para prepararse y dar respuesta a estos problemas, sobre todo si no reciben ayuda por parte de los países desarrollados.
En el Atlas del Clima y la Salud, publicado conjuntamente por la OMS y la Organización Meteorológica Mundial (OMM), se presentan algunos de los problemas más acuciantes que el cambio provoca: Sequías, inundaciones y ciclones afectan, y lo harán cada vez más, a la salud de millones de personas. La variabilidad climática y los fenómenos extremos, sobre todo las inundaciones, pueden además desencadenar epidemias de enfermedades tales como diarrea, malaria, dengue y meningitis, que matan o producen serios daños a muchos millones de personas cada año.
Aunque el calentamiento mundial puede tener algunos efectos beneficiosos, muy localizados en el tiempo y en el espacio, como podrían ser una menor mortalidad en invierno en algunas regiones de climas muy fríos y un aumento de la producción de alimentos en determinadas zonas; sin embargo los efectos globales para la salud se prevé que sean muy negativos en muchos de los aspectos sociales y medioambientales de la salud, como son un aire limpio, acceso al agua potable, disponibilidad de alimentos suficientes y una vivienda segura.
Las temperaturas extremas del aire contribuyen directamente a las defunciones por enfermedades cardiovasculares y respiratorias, sobre todo entre las personas de edad avanzada. Como ejemplo, ya vivido y por tanto incontestable, se puede citar la ola de calor que sufrió Europa en el verano de 2003, ya inmersos en el calentamiento global asociado al cambio climático, en el que se registró un aumento de la mortalidad cifrado en 70 000 defunciones.
Las temperaturas altas provocan además un aumento de los niveles del contaminante ozono troposférico, el llamado ozono malo, y de otros contaminantes del aire que agravan las enfermedades respiratorias. Se estima que la contaminación atmosférica urbana causa aproximadamente 1,2 millones de defunciones cada año.
Los niveles de polen y otros alérgenos también son mayores en caso de calor extremo, pudiendo provocar asma, dolencia que afecta a unos 300 millones de personas. Se prevé que el aumento de las temperaturas, ya detectado y en crecimiento, aumentará esos problemas.
A nivel mundial, el número de desastres naturales relacionados con la meteorología se ha triplicado desde los años sesenta; y cada año esos desastres causan más de 60 000 muertes, sobre todo en los países en desarrollo.
El aumento del nivel del mar y unos eventos meteorológicos cada vez más intensos destruirán hogares, servicios auxiliares y otros esenciales para la salud. Más de la mitad de la población mundial vive a menos de 60 km del mar, con lo que muchas personas pueden verse obligadas a emigrar, abandonando sus lugares de residencia y desplazándose, lo que acentuará los riesgos para la salud, desde trastornos mentales hasta transmisión de enfermedades.
La creciente variabilidad de las precipitaciones afectará al suministro de agua dulce, y la escasez de esta puede hacer peligrar la higiene y aumentar el riesgo de enfermedades diarreicas, que matan a 2,2 millones de personas cada año. Es bien conocido que, en los casos extremos, la escasez de agua causa sequía y hambruna, con funestas consecuencias, estimándose que en la última década del presente siglo el cambio climático habrá ampliado las zonas afectadas, multiplicando por dos la frecuencia de sequías extremas, y por seis su duración media.
También está aumentando ya la frecuencia y la intensidad de las inundaciones, que contaminan las fuentes de agua dulce, incrementando el riesgo de enfermedades transmitidas por el agua y dando lugar a criaderos en los que medrarán los insectos portadores, como los mosquitos. El aumento de las temperaturas y la variabilidad de las lluvias probablemente reducirán la producción de alimentos básicos en muchas de las regiones más pobres, hasta en un 50% para 2020 en algunos países africanos.
Es probable que los cambios del clima prolonguen las estaciones de transmisión de importantes enfermedades transmitidas por vectores y alteren su distribución geográfica. Por ejemplo, la malaria que depende mucho del clima, mata a casi un millón de personas cada año, sobre todo niños. Los mosquitos del género Aedes, vector del dengue, son también muy sensibles a las condiciones climáticas. Los estudios al respecto llevan a pensar que el cambio climático podría exponer en el futuro a 2 000 millones de personas más a la transmisión del dengue.
Aunque es cierto que la medición de los efectos sanitarios del cambio climático sólo puede hacerse de forma aproximada, no obstante, en una evaluación llevada a cabo por la OMS teniendo en cuenta sólo algunas de las posibles repercusiones sanitarias, se concluyó que el calentamiento registrado desde los años setenta del pasado siglo, está causando ya un significativo aumento de la mortalidad.
Todas las poblaciones se verán afectadas por el cambio climático, pero algunas son más vulnerables que otras. Los habitantes de los pequeños estados insulares en desarrollo y de otras regiones costeras, megalópolis y regiones montañosas y polares son especialmente vulnerables.
Especial atención, preocupación y sobre todo ocupación, deberían tener los responsables de la toma de decisiones, a nivel mundial, puesto que se sabe que los ancianos y los niños, en particular los de los países pobres, son las poblaciones más vulnerables a los riesgos sanitarios resultantes y se verán expuestos por más tiempo a las consecuencias sanitarias.
Ojalá los dirigentes políticos y económicos mundiales tomen las decisiones más adecuadas para que o bien se frene la tendencia actual del cambio global, o bien se pongan en marcha las medidas de mitigación de las consecuencias, que padecerán sobre todo los países y personas que menos culpa han tenido en las decisiones, acciones y omisiones, que nos han llevado a todos a esta “chapuza planetaria”. ¡Amén!