Los fantasmas han existido en Extremadura desde que el mundo es mundo. Vagando entre las encinas o morando en pétreos torreones, han cambiado de nombre con los años, pero no de aspecto: larvas, lémures, espectros o almas en pena, son diferentes apellidos para aquellos seres que deambulan entre los vivos y los muertos.
En Extremadura conocemos muchos fantasmas que habitan en grutas, castillos y casonas, pero hay algunos lugares, quizás menos románticos, en los que la leyenda (creíamos que urbana) no es tan antigua como para haberse desvanecido en el tiempo.
En el Hospital Materno Infantil de Badajoz aún se habla en voz baja de la monja fantasma de hábito blanco a la que su muerte no le impide seguir haciendo rondas, y aún trabaja en el Hospital Perpetuo Socorro la enfermera a la que, hace más de veinte años y después de haber dado a luz, visitó una medianoche en su habitación ofreciéndole pastillas para el dolor. La enfermera le agradeció el gesto y rechazó la medicina, solo para enterarse minutos después por una compañera de que había sido visitada por el Fantasma del Materno.
Los dos hospitales se comunican entre sí, creando un enorme y monstruoso laberinto de escaleras, pasillos, puertas y recodos. Durante años muchas salas, pasillos y habitaciones se han rehabilitado, se han cerrado al público o simplemente han desaparecido.
Pero es en el Perpetuo Socorro donde, desde hace años, la Dama de Negro deambula levitando por los pasillos y desaparece en recodos que no llevan a ningún sitio. Pero empecemos por el principio.
Sin fuentes no hay reportaje, y si hay que plantarse en Badajoz para entrevistarse con los testigos va una y se planta en Badajoz, que después de perseguir a una Dama Blanca que más da una Dama Negra. Para jugar al ajedrez está una.
El problema es que la Dama Blanca del Guadiana solo es peligrosa para los hombres que nadan, y una se queda muy tranquila sabiendo que no es David Meca. Pero la Dama Negra del Hospital… No sabemos qué quiere, pero sí que se aparece a cualquiera. Hombres o mujeres. Cirujanos o electricistas. Solos o acompañados. En pleno invierno o en los rigores del verano. La única condición que parece poner es la de aparecer en zonas cerradas al público y cuando la noche aún acecha en el exterior del hospital.
La primera fuente es en realidad la última, y no es una, sino dos. Son dos porque la fuente es un matrimonio, y es la última porque ellos han sido los más recientes testigos de la Dama de Negro.
Ocurrió una fría mañana de noviembre de 2011, cuando el cirujano J.L.A. y su mujer, también cirujana, entran a trabajar, a las 8 en punto de la mañana, a la tercera planta del hospital y se disponen a llegar a sus despachos, situados en un ala que en ese momento se encuentra cerrada al público. Nunca han tenido problemas en adentrarse por los interminables pasillos sin luz, a esa hora tempranera en la que todavía la noche invernal no se ha convertido en día. Hasta ese momento.
Delante de ellos, en el pasillo, avanza de espaldas una mujer vestida de negro hasta los pies. Lo primero que les extraña es encontrar a una persona en una zona cerrada, y lo segundo que no se trate de una compañera, pues ni la vestimenta ni la negra cabellera corresponden a ninguna de sus colegas del hospital.
La mujer, “sin volverse en ningún momento” a pesar de que los pasos y la conversación de los cirujanos ha roto el silencio de los abandonados pasillos, “gira de repente a la izquierda y desaparece en un entrante del pasillo”. Extrañados, se asoman al recodo “para ver dónde ha ido la señora”, pero cuál es su sorpresa cuando descubren que allí no hay nadie. La dama de negro, simplemente, se ha esfumado.
Sorprendidos, pero aún no asustados, comentan esa mañana en el quirófano el extraño comportamiento de la supuesta señora y su increíble desaparición. Ahí las enfermeras les sacan de dudas y les afirman que se han encontrado con el fantasma del Hospital, conocido por casi todo el personal, aunque solo algunos reconocen, y no siempre en público, haberse topado de bruces con él.
La Dama de Negro se apareció hace 18 años en los sótanos del Hospital
La segunda fuente trabaja en el mismo hospital desde hace “muchos, muchos años”. R.G.Y. se encarga del mantenimiento, y nunca le ha importado hacer guardias nocturnas en el hospital, ni siquiera, afirma, “cuando el tanatorio se encontraba aquí, en este sótano”. Cuando su hermana le cuenta lo que han visto los dos cirujanos, nuestro hombre se queda atónito. Le están contando algo que ha visto. Algo que vio, en concreto, una noche de verano hace casi 20 años. Y nuestro electricista, como el cirujano, tampoco estaba solo.
Eran las 4 de la madrugada de una calurosa noche de verano de 1994,- “quizás del 95, no recuerdo bien”– cuando R., que estaba esa noche de guardia, decide dar una vuelta por las instalaciones en compañía del guardia de seguridad del hospital. Siempre es más fácil pasar la noche en compañía. Patrullan los solitarios pasillos y hablan de fútbol, de música, de la familia… Y llegan al sótano, donde actualmente se encuentran las cocinas, que en aquellos momentos estaban en obras.
Si los pasillos de las plantas altas del hospital son largos los del sótano son inmensos. Interminables. Y oscuros, muy oscuros. Y por el más largo de esos pasillos avanzan nuestros testigos, hablando de sus cosas, cuando de pronto se quedan sin palabras: allá al fondo, de una de las puertas situadas a la derecha, surge una mujer vestida de negro que permanece inmóvil, en medio del pasillo, mientras los observa.
La conversación cesa de repente, y la sorpresa da paso al asombro cuando intentan asimilar que es lo que hace una mujer en los sótanos de un hospital en obras a las 4 de la mañana, y sobre todo, qué hace en una calurosa noche de verano envuelta en un abrigo negro hasta los pies.
Pero antes de que puedan hacerse en voz alta estas preguntas, la misteriosa mujer comienza a avanzar hacia ellos deslizándose, “sin flexionar las piernas, como si flotase, porque no se movía como una persona normal”.
Cuando ha recorrido algunos metros avanzando hacia ellos por los pasillos desiertos del sótano, la dama de negro gira y se introduce en un pequeño recodo del pasillo que queda a su derecha.
Tras los primeros segundos de estupefacción el guardia de seguridad, cumpliendo con su cometido, comienza a llamar a la señora, pero ésta ya ha desaparecido en un recoveco sin salida. Los dos trabajadores del hospital corren tras ella y se internan en el recodo. Nada. La Dama de Negro ha desaparecido.
Y nuestro testigo calla durante casi 20 años, hasta que hace unos meses se entera de que dos cirujanos acaban de verla. Y ninguno de los cuatro testigos “creía en estas cosas”. Y ninguno de los cuatro “había oído hablar del fantasma”. Y ninguno de los cuatro quiere hablar a cámara. No quieren notoriedad. No quieren ni siquiera que aparezcan sus nombres ni sus fotos.
Pero la gente habla. Y hablan las enfermeras de la cuarta planta, que fueron testigos de cómo llamaban a la centralita teléfonos de un ala del hospital que se encontraba cerrada… y sin teléfonos.
Y aunque los fantasmas del Perpetuo Socorro-Materno Infantil no parecen querer nada de los vivos, no está de más recordar lo que ya afirmaba en 1902 Publio Hurtado, que Fantasmas y apariciones huían con oraciones.
Así que ya sabe, si por esos pasillos de Dios se encuentra usted con un fantasma “hospitalario” rece lo que sepa, que los hipocondríacos, para pasar miedo en un hospital, no necesitamos ni a Damas Negras ni a Monjas Blancas. Nos basta y nos sobra con una analítica.