El Becerro de Oro, símbolo de la idolatría, no desentona en tierras extremeñas, que rezaron a otros dioses antes y durante la implantación del catolicismo. Y si los adoradores de otras deidades debieron ocultarse durante siglos, no es extraño que el becerro material, como lo imaginaron nuestros abuelos, se ocultase también en las entrañas de nuestros campos.
Pero si el becerro es de oro es un tesoro, ¿qué mejor lugar para ocultar un tesoro que un castillo?
En el castillo de Burguillos del Cerro cuentan que en uno de los torreones cilíndricos hay un becerro de oro atado con una cadena del mismo metal, y añaden que en tiempos estaba atado a una argolla de bronce que hay en las paredes. Matías Martínez, que vivió por esos lares a principios del siglo XX, que
“…hoy se encuentra abandonado y ruinoso. Todas sus habitaciones tienen destruidos los pavimentos, donde la codicia de los vecinos ha abierto sendas sepulturas para buscar soñados tesoros que unos dicen habían sido puestos allí por los moros, y otros creen de origen casi sobrenatural. En mi empeño de averiguar la explicación que tradicionalmente da el vulgo a este hecho, lo único que he podido saber es que cuando algún vecino decía haber soñado que en tal o cual punto del castillo había un tesoro, cuantos lo oían decir, acudían afanosos a buscarle, y no obtenían otro resultado que hacer sepulturas profundas en los salones”.
Como un queso dejaron el castillo templario nuestros paisanos, convencidos de que sus habitantes escondieron un becerrito de oro en una moruna o pasadizo que va desde el castillo hasta el monte de Guruviejo, a varios kilómetros de la fortaleza. Al castillo de Burguillos no le falta detalle, pues además del becerro tiene tesoros soñados, moras y moros encantados, apariciones y hasta brujas. Machado, el padre del poeta, cuenta que
“algunos, por explicar esta leyenda en formas más racionales, dicen que lo que hay es un tesoro metido en una piel de becerro, y puesto allí por los moriscos”. Becerro de oro o becerro relleno, lo importante es que el noble animal todavía permanece oculto en el castillo, esperando que alguien como usted logre encontrarlo”.
Y otro becerro de oro que se encuentra en otra moruna es el que se oculta en el túnel que, partiendo del pozo del castillo de Higuera de Vargas llega hasta la Sierra de Mampolín. Allí permanece, siglo tras siglo, esperando al afortunado que consiga encontrarlo.
Y otro Becerro de Oro se oculta bajo el castillo de Nogales en otra moruna, pero defendida por tal número de mosquitos que hace infructuosos los intentos de los aventureros por rescatar el bóvido aúreo.
Y en el castillo de Floripes , hoy convertido en isla pétrea y misteriosa, afirma Marcos de Sande, que se cree que existe un tesoro de oro y piedras preciosas , escondido por los moros al dejar estas tierras, y que lo más valiosos del tesoro es un becerrro de oro de tamaño natural, con dos grandes diamantes por ojos. Quien visite esta fortaleza, cuando el agua esté baja puede comprobar las muchas excavaciones practicadas por los buscadores de tesoros.
Y hablando de aguas, necesario es contar que en los tiempos de la Reconquista, cuando las mesnadas cristianas de Fernando III el Santo se presentaron ante las mismas puertas de la medina de Taryala, la actual Trujillo, un jeque moro, en su precipitada huida, tuvo que esconder su más preciado tesoro, un becerro de oro, entre las abruptas riveras del río Almonte, muy cerca de donde tenía el castillo. Para encontrarlo solo hay que estar atento a la meteorología, porque cuando las aguas del río Almonte se desbordan, el mítico becerro de oro bebe directamente de ellas.
Más fácil lo tenía un vecino de Torrecillas de las Tiesa, orgulloso poseedor de tenía un libro donde se atestiguaba el fabuloso tesoro que existía en el castillo del Moro. En el Cerro del Moro, como no podía ser menos, se encontraba esta fortaleza árabe, floreciente, rica y bien amurallada. Cuando los árabes tuvieron que retirarse, sepultaron sus riquezas, entre las que se encontraba un fabuloso becerro de oro, en una gruta bajo el castillo.
El torrecillano se gastó una fortuna en intentar encontrar el tesoro, contratando incluso a cuadrillas de picadores para hacer excavaciones bajo lo que ahora llaman La Acrópolis, pero el becerro de oro no apareció, aunque sí algunas monedas de oro, que se dice fueron refundidas para pagar los gastos, pues el buscador de tesoros, como suele pasar a quien persigue quimeras, se arruinó en pos de su sueño.
En su búsqueda, eso sí, aparecieron vasijas, platos, cazos, ollas, recipientes y figuras de barro más antiguas y valiosas que aquello que buscaba, pero acabaron estrellados y rotos por las cercanías, cegado el buscador por los fulgores del oro y rechazando el verdadero tesoro de la historia.
Y para terminar, uno encontrado, que no todo va a ser perseguir sueños…Desde la población de Villarta de los Montes sale una senda que dirige sus pasos a la Sierra del Castillo. Allí, entre tomillos y jaras, se escondía un Becerro de Oro que le tocó en suerte a un labrador que, arando, lo halló dentro de una vasija de cerámica entre las raíces de una madroña.
Imagino que el becerro no sería muy grande, pero la alegría no tuvo que ser pequeña…
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