Cuando éramos romanos, en estos días celebrábamos las fiestas de Cibeles. El año pasado por estas fechas ya hablamos de Attis y sus falos, y este año toca su amante, madre y compañera, la “Magna Mater”, madre de todos los dioses.
Como muchos futboleros sabrán, Cibeles es una señora muy digna montada en un carro tirado por leones y con una corona de torres almenadas que protege ciudades y naturaleza. Y algo más.
Su culto se extiende por Extremadura gracias a los soldados y comerciantes entre los tempraneros años de 108 y el 238. Tiene carácter oracular (Como en Garlitos, donde se le ofrecen exvotos) y con connotaciones orgiásticas, lo que explica su éxito en nuestra tierras, donde siempre nos ha gustado una orgía y un oráculo más que a un tonto un lápiz. Su culto florece entre ciudadanos libres, aunque también se arriman a Cibeles indígenas y esclavos.
Una de las ceremonias que le ofrecíamos era la del “taurobolium”, el sacrificio de un toro con cuya sangre nos bañábamos para purificarnos. Y lo hacíamos a menudo en Mérida (Emérita Augusta). A finales del siglo II, por ejemplo, Valeria Avita ordena hacer uno para celebrar su natalicio, y en Medellin (Metellinum)se sabe que también se hizo uno conmemorando la salud y el regreso a casa de alguien.
Esta espectacular ceremonia se efectuaba ante el sacerdote correspondiente, pero también existía un Gran Sacerdote: el archigallus, el Papa de los adoradores de Cibeles. Y este Gran Sacerdote vivía en Mérida y tenía nombre y apellidos (bien chulos, por cierto): Publicius Mysticus.
La amplia difusión de Cibeles en nuestras tierras, como afirma el arqueólogo se puede deber a una mezcla de razones: a la abundancia de esclavos orientales que teníamos por aquí, al comercio de la gran Emérita Augusta con oriente o a la asimilación de Cibeles con una diosa lusitana de mucho predicamento: la diosa Ataecina, como afirmaba el arqueólogo e historiador Antonio García Bellido.
Aunque otros estudiosos, como nuestro insigne Jose Maria Dominguez Moreno, afirma que Cibeles con quien realmente se asimila es con la ya refundida Ma – Bellona, diosa guerrera más dura que una rapera del Bronx, de la que ya hablamos en estas páginas.
Y es que al fin y al cabo, las diosas-madre suele permanecer como representación de la renovación eterna y se hace acompañar de un joven dios, hijo o esposo, representante y causante de la renovación periódica de la Naturaleza, que mueren y resucitan, personificando de este modo la decadencia y el nacimiento de la vida, especialmente de la vida vegetal.
Ignoramos los rituales prerromanos con los que en la Península se celebraban la muerte y la resurrección del dios de la fertilidad, y tan sólo podemos asegurar que su desarrollo coincidía con el equinocio de la primavera. Los romanos respetan unas formas de actuar que en cierto modo se parecen a las que ellos hacen en honor de las deidades encargadas del resurgir de la vida, y más en concreto., de la pareja Atis-Cibeles. Con el cristianismo sucede otro tanto. Los evangelizadores encuentran demasiados paralelismos entre los viejos mitos y la propia historia de Jesús, y en consecuencia los rituales antiguos pueden sostener la creencia en la muerte y en la resurrección de Cristo. Atis y Jesucristo nacen de una virgen. Atis se emascula y muere junto al árbol. Cristo se inmola en la cruz. Uno y otro resucitan para luego morir cada año
Como afirma el investigador Domínguez Moreno, el dios que muere y resucita tiene su réplica en el propio Jesucristo y, en consecuencia, los rituales que se hacían en honor del joven hijo o esposo de la Gran Madre, que personificaba el renacer periódico de la Naturaleza, se adaptan claramente al también hijo de una diosa, la Virgen María, que fallece trágicamente y revive.
Así, los disciplinantes tratan de emular a los sacerdotes de Atis, que anualmente se sacrificaban por estas mismas fechas. Y, efectivamente, como afirma Domínguez, la coincidencia en el tiempo es total. Una antigua tradición cristiana seguida por Lactancio marca la fecha de la muerte de Cristo el 23 de marzo y la resurrección el 25 del mismo mes, siendo también este último día cuando se celebraba la resurrección de Atis, el dios de la vegetación que llevaba muerto todo el invierno. En el equinocio de primavera hacían su aparición los penitentes cristianos.
Y surgen como setas por toda Extremadura las cofradías de la Vera Cruz, también llamadas “de la Sangre” por razones obvias. Algunas desaparecen con el tiempo, como la de Ahigal, Oliva de Mérida, Don Alvaro, Trujillo o Barcarrota, otras reviven como la de Mérida, otras sobreviven, como la de Plasencia, Cáceres y Badajoz, y otras se convierten en parte de nuestro acervo cultura, como la de Jerez de los Caballeros o Valverde de la Vera , donde sus disciplinantes “empalaos” recorren de noche las calles empedradas envueltos en sogas y maderos.
Cuando los disciplinantes no son “empalaos” tampoco el espectáculo era fácil de ver. La procesión, al menos la de Mérida, se componía de dos clases de hermanos: los de luz, que debían asistir descalzos y con velas en las manos, y los flagelantes, que bajo severas penas debían ir tapados los rostros, vestir sayón, llevar espaldas desnudas y portar unas disciplinas con las que se aplicase la voluntaria mortificación, que algunas veces eran tan exageradas, según el Padre Moles, que muchos hermanos caían desmayados en el trayecto.
¿Estamos condenados a repetir patrones a los que cambiamos el fondo pero no la forma? ¿Servirán realmente estas ceremonias anuales para preservar el orden de la naturaleza? ¿Hasta cuando realizaremos sacrificios y derramaremos sangre para satisfacer a los dioses? Cada vez estoy más convencida de que nuestra evolución no es más que un barniz que a veces se descascarilla.
Y es que, por mucho que nos empeñemos, el mismo dedo que hoy realiza fotomontajes en el I-Pod es el que ayer pintaba bisontes en la pared de la caverna. El mismo dedo.