Pocos lugares hay en España que derrochen tanta magia como el enclave en el que se levanta la basílica visigoda de Santa Lucía del Trampal, sacralizado desde antiguo a las diosas del inframundo.
Adaegina o Ataecina era una diosa infernal adorada por los antiguos íberos, lusitanos, y celtíberos, una de las deidades ibéricas más importantes. Era la diosa del renacer, la fertilidad, la naturaleza, la luna y la curación, a la vez una diosa madre de la muerte y de la regeneración, del renacimiento y de la vuelta a la vida, diosa telúrica relacionada con el mundo subterráneo o infernal, cuyos poderes curativos y fértiles se manifiestan a través de las aguas subterráneas de determinadas fuentes o manantiales de orígenes profundos.
En Extremadura, región con grandes influencias célticas, existen numerosos lugares donde está clara esta vinculación de Adaegina o Ataecina con el agua de determinadas fuentes a las que se han atribuido desde entonces ciertas propiedades sanadoras o de la fertilidad.
El lugar dónde se han encontrado el mayor número de dedicatorias a esta diosa céltica (medio centenar) es en los muros, suelos y alrededores inmediatos de la ermita visigoda de Santa Lucía del Trampal, cercana a la localidad cacereña de Alcuéscar, evidentemente levantada en el mismo lugar donde existió un antiguo santuario dedicado a la Dea Sancta Adaegina, un lugar sagrado que posteriormente fue cristianizado en el siglo VI d. C.
Muchos santuarios indígenas se situaban en enclaves naturales de especial belleza, como este, que pudo haber sido un santuario a cielo abierto, en plena dehesa, limitado tan solo por una cerca de piedra que lo rodeaba.
Allí se colocaban las aras, sencillos altares de piedras con un texto grabado, con la figurita de una cabra sobre ellas, símbolo de la diosa, y a sus pies era sacrificado el animal para ser después consumido durante la fiesta religiosa. La cabra, exvoto a esta diosa prerromana y telúrica, se ha encontrado en otros parajes extremeños tan mágicos como Los Barruecos.
Una de estas aras se encuentra en la actualidad en una de las paredes exteriores de Santa Lucía, formando parte del santuario cristiano, evidenciando el sincretismo de creencias que tanto abunda en estas tierras.
No es casualidad que por encima de la ermita visigoda de “El Trampal” aflore un caudaloso manantial de aguas termominerales, al que acuden muchas personas de la comarca para llevársela, convencidos de sus poderes curativos y sanadores, y que según cuentan los lugareños, antiguamente servía al pantano de Proserpina, en Mérida. Y Proserpina, nada casualmente,era el nombre romano de la diosa Ataecina, a la que se veneraba en el Trampal.
Sin saberse aún el porqué, el monasterio fue abandonado en torno al año 850, tal vez debido a una conversión general al islamismo, ya que se relaciona con este momento un hallazgo de difícil explicación: una sepultura de rito islámico en el crucero de la iglesia.
Abandonado el monasterio se inició la ruina de su iglesia, permaneciendo olvidada durante cuatrocientos años. Tras la reconquista del territorio en el año 1230 todavía pasó siglo y medio hasta que, en época gótica, un nuevo monasterio recuperó la explotación agrícola y recuperó la iglesia. Se repusieron en granito las columnas del crucero, se cubrió la nave con una armadura sobre nuevos arcos y se construyó una capilla funeraria.
El proceso definitivo de ruina de Santa Lucía del Trampal procede, siglos después con la desamortización de Mendizábal, de tal manera que a mediados del siglo XX el único empleo del edificio era el de establo y choza para refugio de campesinos.
Hasta los años ochenta del siglo XX esta iglesia, derrumbada y oculta, había pasado casi completamente desapercibida como una ruina que yacía en un valle rodeada de vegetación. Sin embargo, aunque abandonada, no era desconocida, puesto que hace décadas se hacían romerías desde el pueblo.
Y es que la memoria popular no olvida tan fácilmente a sus dioses.