Por primera vez (y sin que sirva de precedente) voy a atreverme a dar nombre a un ser que lleva siglos pululando por nuestros bosques y valles, asustando a pequeños y mayores, y al que aún no sabíamos muy bien cómo llamar.
Se trata de El Diablo Burlón, primo hermano del Diaño Burlón norteño y que debió de bajar escondido con los astures que repoblaron parte de las tierras extremeñas.
Se trata de un ser al que ya conocemos en parte, pariente sin duda de nuestro Macho Lanú, del que se ha contagiado de la seriedad de la que carece en el norte. Tiene forma humana de cintura para arriba y patas de cabra de cintura para abajo, aunque también se presenta en forma humana, generalmente un bebé o un niño indefenso.
Pero lo normal es que adopte formas animales como cabras, carneros, corderillos, caballos o burros, desplegando su actividad durante la noche, asustando al caminante que anda a deshora, desorientando al campesino que busca el ganado perdido, riéndose de los que corren a apagar incendios inexistentes o burlándose de los mozos que regresan tarde de la fiesta. El animal en principio no da motivo de sospecha, aunque más tarde se comporte de la manera mas extraña que se pueda imaginar.
Pero la leyenda toma visos de realidad cuando en su libro hurdano Iker Jiménez da nombre y apellidos. El nombre es Vicente, y el apellido Japón, y era un pastor que vivió y murió en los altos riscos de La Huetre. Una noche, al recoger el ganado, se percata de que faltaba una chiva. Tras buscarla desesperado oye a un macho negruzco que parece perdido por aquellos pagos en los que ya casi nada se ve. Persigue Vicente al animal hasta que da con él y se lo carga a la espalda para volver al corral. Y es justamente al ir entrando en el pueblo cuando siente que la carga se hace cada vez más pesada, tanto que se le van doblando los brazos por el dolor. En ese mismo momento escucha una voz humana, ronca y profunda, que le dice al oído:
– Vicente…, Vicente”
Vicente suelta espantado a la bestia, que en lugar de huir se encara con el pastor mostrando un rostro humano y deforme, muy distinto al que había observado en el monte.El fauno comienza a erguirse al tiempo que Tío Vicente pone pies en polvorosa despertando a medio pueblo con sus gritos. Desde entonces cuentan los vecinos que no volvió a pastorear de noche.
Y es que al Diablo Burlón es frecuente encontrarlo como carnero perdido o corderillo malherido que una vez recogido se ira haciendo cada vez más y más pesado. Eso le pasó a Perico, un pastor de Ahigal dueño de un buen hato de cabras. Contaba el sacerdote Segundo García y García en Flores de mi tierra que cada mañana conducía su ganado a las tierras barbecheras o ya segadas y, al atardecer, regresaba al aprisco para ordeñarlo. Aquel día siguió la misma rutina, pero al contar las ovejas que entraban en el corral notó que le faltaba el macho.
Como siempre hacía ante cualquier pérdida, Perico se hincó de rodillas y rezó el responso a San Antonio, con el fin de que el santo lo protegiera contra lobos y quebrantos. Sin pensarlo dos veces salió en su busca.
La noche se fue cerrando, pero, a pesar de la oscuridad, Perico se encaminó hacía el Lagar de Calle, por donde el rebaño había pastado aquella tarde, y al cabo oyó unos balidos, que le condujeron a donde se encontraba el macho. Tendido sobre unos canchos estaba el animal y con pocas ganas de moverse. Lejos de mostrar su enfado, le acarició el lomo, al tiempo de decirle en tono cariñoso:
-¡Ay, Sultán, Sultán! ¡Que te vas haciendo viejo!
Mucha fuerza debía tener el pastor Perico, porque sin pensarlo dos veces le levantó las manos al semental, colocó cada una en un hombro y lo arrastró apoyado sobre sus espaldas. No habría andado más que un tiro de honda cuando el pastor Perico sintió un mordisco en el cogote que lo dejó casi traspuesto. Sin soltarle las patas al macho, miró hacia atrás y vio que echaba fuego por los ojos. Lo que el pastor Perico llevaba sobre sus espaldas no era el macho cabrío; era el mismísimo diablo de carne y hueso.
Este dio un respingo, echó a correr haciendo cabriolas y soltando una risotada que atronaba todas las vaguadas del Palomero. Y Perico, que se quedó más tieso que el badajo de un cencerro, no tardó en reponerse y salir corriendo sin parar hasta la majada. Aquella noche se olvidó del macho y se prometió nunca más salir en busca de animales perdidos tras la puesta del sol.
Y no fue el único en el pueblo, porque ya los quintos de ese mismo pueblo, según nos contaba el investigador Jose María Domínguez Moreno, habían tenido un encuentro con unas cabras diabólicas que en la oscuridad de la noche los llevaron hasta las mismas puertas del infierno:
Un suceso semejante se relata en Ceclavín, donde la persecución de la cabra llevó a los mozos en la oscuridad de la noche hasta los Canchos de Ramiro. También aquí la cabra no era otra que la encarnación del demonio. Tal personificación se hace patente en múltiples leyendas repartidas por toda Extremadura, pero…
Pero quizá lo más intrigante de esta historia es que no es una simple leyenda… hace unos meses me contaba el Tio Cristino, tamborilero de El Gasco, que una mala noche, hace muchos años, su suegro tuvo que bajarse al pueblo sin una cabra que le faltaba. Cuando ya era noche cerrada, sin quitarse al animal de la cabeza, decidió subir al redil a ver si había vuelto la cabra que se le había perdido. Y allí estaba, pero no se dejaba coger. De pronto “pegó unos llamarazos” y saltando la tapia se hundió en el río. El Tío Cristino lo tenía claro: eso no era una cabra, era algo malo. Malo y negro. Como el mismo diablo.