De las filosofías soteriológicas (más preocupadas por la felicidad del hombre que ante las respuestas a los grandes preguntas sobre la physis o la polis) florecientes durante helenismo, la de los estoicos se mostraría como la más sólida. Bien acogida por los romanos y fácilmente armonizable con la religión cristiana, tendrá célebres cultivadores : el cordobés Séneca, Epícteto o el emperador Marco Aurelio. Entre sus propuestas con mayor éxito figuraba la recomendación de la “ataraxia” (ausencia de inquietud, tranquilidad de ánimo o imperturbabilidad) frente a lo que el destino nos depare, combatiendo las pasiones que puedan desequilibrarnos, como fórmula ideal para ser felices. Según se sabe, la época renacentista supuso la renovación de las antiguas escuelas de pensamiento e, igual que otras, el estoicismo volvió entonces a adquirir relevancia. Uno de sus defensores será el flamenco Justo Lipsio (1547-1606), cuya vida está llena de vicisitudes. Impregnado en su juventud de las ideas erasmistas, nunca quiso renunciar a la fe católica, por lo que hubo de sufrir constantes persecuciones, incrementadas ante sus críticas a la política española en Flandes, especialmente durante el mandato del Duque de Alba. El propio Lipsio daba pábulo los ataques contra él cuando parecía vacilar en la defensa de tesis antagónias ( apareciendo como “ luterano en Jena, calvinista en Leiden y finalmente católico en Lovaina”, pág. 24), algo tal vez explicable si se confirma su pertenencia a la mal conocida “Familia charitatis”, agrupación secreta cuyos miembros se situaban más allá de las confesiones religiosas positivas .
Profesor en diferentes universidades, el año 1584 Plantino le publicaba la obra Constantia libri duo (Dos libros sobre la constancia), pequeño tratado que obtendría un enorme éxito editorial, múltiples veces reeditada en vida del autor. Él mismo se encargó de eliminar, a partir de 1599 (fecha de su “conversión” al catolicismo ortodoxo), los pasajes donde criticaba la política de Felipe II. En España tuvo lectores aficionados , como los extremeños Francisco Sánchez el Brocense, Lorenzo Ramírez de Prado, Juan de Vera y Figueroa (Conde de la Roca) o Benito Arias Montano, con quien mantuvo una importante correspondencia. Expurgada por la Inquisición, tradujo la obra al castellano Juan Baptista de Mesa (Sevilla, 1616), quien hubo de suprimir los párrafos prohibidos por el Tribunal. Aparece ahora completa, en la nueva versión a cargo de Manue Mañas Núñez. Profesor titular de Filología Latina en la Universidad de Extremadura, con numerosas y elogiadas publicaciones (las últimas, dos de Erasmo : La lengua, Mérida, ERE, 2006, y El ciceroniano, Madrid, Akal, 2009), el joven profesor adjunta un amplio estudio introductorio y casi seis centenares de notas explicativas a pie de página, lo que aclara sustancialmente la lectura de este sugestivo ensayo.
Compuesto en forma dialogal, según la conversación, real o fingida, que sobre los males públicos y la actitud más sabia mantienen el propio Lipsio y su sabio mentor Carlos Langio, “de entre los belgas el mejor y más docto varón”, que profesaba en la Universidad de Lieja, es un auténtico tratado de filosofía estoica. La constancia, con tanto énfasis aquí recomendada como único camino de salvación , viene a coincidir con la “ataraxia” más arriba expuesta. No era virtud nada desdeñable en una época sometida a tantas tribulaciones. Acorde con el cosmopolitismo que los filósofos de la Stoa propugnan, el texto recoge también no pocos ataques a una de las pasiones más perturbadoras : el exceso de patriotismo. Langio evoca, por el contrario, cuán fácilmente abandonan muchos la tierra donde nacieron, por razones varias : “ ¿A cuántos miles de hispanos, arguye, la avaricia o la ambición los arrastra cada año a tierras remotas y donde brilla otro sol” (pág. 118). Son los mismos a los que se les imputa la “devastación del Nuevo Mundo” en uno de los pasajes que nada tienen que envidiar a los más ácidos de la leyenda negra antiespañola : “ Unos poquitos íberos, escribe Lipsio, se dirigieron hace ochenta años a aquellas vastas y nuevas tierras. ¡Qué mortalidad, Dios mío, causaron! ¡Qué estragos! … Me parece estar viendo cómo aquel enorme espacio de tierras (¡gran cosa es haberlo descubierto y no digo ya haberlo conquistado!) fue invadido por veinte o treinta soldados y cómo aquellos rebaños de gente desarmada fueron abatidos por doquier, del mismo modo que la hoz corta las mieses… Aquel inmenso espacio, y verdaderamente otro mundo, aparece desvastado y arruinado, no de otro modo que si hubiese sido arrastrado por algún fuego terrestre” (pág. 216).
EL LIBRO:
Título: Sobre la constancia
Autor: Justo Lipsio
Edita: Universidad de Extremadura, Cáceres. 2010