LITERATURA AMERICANA
Acierta, una vez más, Periférica decidiéndose a acometer la edición castellana de las obras de Thomas Wolfe (1900-1938). Fue uno de los escritores norteamericanos más importantes de la primera mitad del siglo XX y sus novelas se leen aún con plena satisfacción. Aunque la tuberculosis lo arrebatara con sólo treinta y ocho años, tuvo tiempo para construir una escritura que le atrajo el respeto de los más grandes. Basten algunos testimonios. Faulkner lo consideraba sencillamente el mejor de su generación y Sinclair Lewis llegaría a citar a Wolfe en el discurso de recepción del premio Nobel. Jack Kerouac, por su parte, no dudó en decir: “Una de las máximas aspiraciones de cualquiera de nosotros sería llegar a escribir algo con la altura y la poesía de El niño perdido “. No iba errado el mítico representante de la Generación Beat, en muchos de cuyos miembros las huellas de Wolfe son reconocibles.
Efectivamente, el relato que nos ocupa, una “nouvelle” según ha sido calificada por su intensa brevedad, está cargada de lirismo y su prosa construida con recursos más propios de ese género que de la narración clásica. La obra, notablemente autobiográfica, se estructura en cuatro bloques, según la voz que asume el protagonismo. Cada una de ellas se encarga de reconstruir a su modo la memoria de Grover, un preadolescente admirable, al que el tifus se llevó con apenas doce años e inédita madurez.
El anónimo narrador de la primera parte se encarga de presentar el marco donde discurren los hechos y los personajes secundarios, con los que Grover mantuvo siempre una relación sumamente educada y tierna, pero también firme e inteligente, propia de personalidad que tanto prometía. Estamos en Saint Louis, el año 1904, ciudad revitalizada por la Exposición Universal y hasta donde se ha trasladado la familia de Grover, cuyo padre es un trabajador inmensamente alto y corpulento. Le vendrá bien su rotundidad física para defender al hijo frente a gente como el señor Crocker, el avaricioso repostero. Hasta sus dulces se acerca casi inevitablemente el muchacho, al que le atraen todos los olores, incluido el de la tormenta (magníficamente descrita). L a nariz de Grover, como un día demandase Nietzsche, es su órgano privilegiado, por el que se deja conducir con toda seguridad, incluso cuando falte la luz, pues ésta se va y viene de forma imprevisible en la ciudad sureña. Una prosa obsesivamente anafórica, trabada además por el polisíndeton, ayuda al novelista a percutir sin pausa sobre las sensaciones del niño.
En la segunda parte, mucho más breve, es la madre quien asume el protagonismo de la narración. Como si dialogase con los otros hermanos, evoca conmovedoramente las vicisitudes del traslado familiar, el viaje desde Asheville a Saint Luis, a través de Indiana, en primavera. Grover, el más inteligente, juicioso y querido, se interesa por cuanto va descubriendo, sin perder nunca su cálida seriedad. Así lo evoca también en la parte tercera la hermana mayor, cuya turbación ante los recuerdos que le provoca la foto del niño se trasmiten al lenguaje, repleto de elipsis, admiraciones, interrogantes y anáforas, mientras refiere, ya con cuarenta y seis años, la súbita enfermedad y rápida muerte de Grover. Es finalmente el propio autor quien en la parte última nos hace saber que Grover Wolfe, “el niño perdido”, era su propio hermano. Así lo podemos deducir al narrarnos la visita que el escritor hace, ya maduro universitario (Wolfe fue profesor de la Universidad de Nueva York), a la casa donde vivieron una infancia irrepetible. Esa búsqueda del tiempo perdido, a lo Marcel Proust, evocada con tanta ternura como radicalidad, no sin consideraciones de carácter filosófico sobre el destino de la persona, elevándolas incluso al de la misma América (“un país demasiado grande para ser un país”, pág. 78), pone acertado colofón a la novela.
Thomas Wolfe, El niño perdido. Cáceres, Periférica, 2011.
EL HERMANO MUERTO
Manuel Pecellín Lancharro
Acierta, una vez más, Periférica decidiéndose a acometer la edición castellana de las obras de Thomas Wolfe (1900-1938). Fue uno de los escritores norteamericanos más importantes de la primera mitad del siglo XX y sus novelas se leen aún con plena satisfacción. Aunque la tuberculosis lo arrebatara con sólo treinta y ocho años, tuvo tiempo para construir una escritura que le atrajo el respeto de los más grandes. Basten algunos testimonios. Faulkner lo consideraba sencillamente el mejor de su generación y Sinclair Lewis llegaría a citar a Wolfe en el discurso de recepción del premio Nobel. Jack Kerouac, por su parte, no dudó en decir: “Una de las máximas aspiraciones de cualquiera de nosotros sería llegar a escribir algo con la altura y la poesía de El niño perdido “. No iba errado el mítico representante de la Generación Beat, en muchos de cuyos miembros las huellas de Wolfe son reconocibles.
Efectivamente, el relato que nos ocupa, una “nouvelle” según ha sido calificada por su intensa brevedad, está cargada de lirismo y su prosa construida con recursos más propios de ese género que de la narración clásica. La obra, notablemente autobiográfica, se estructura en cuatro bloques, según la voz que asume el protagonismo. Cada una de ellas se encarga de reconstruir a su modo la memoria de Grover, un preadolescente admirable, al que el tifus se llevó con apenas doce años e inédita madurez.
El anónimo narrador de la primera parte se encarga de presentar el marco donde discurren los hechos y los personajes secundarios, con los que Grover mantuvo siempre una relación sumamente educada y tierna, pero también firme e inteligente, propia de personalidad que tanto prometía. Estamos en Saint Louis, el año 1904, ciudad revitalizada por la Exposición Universal y hasta donde se ha trasladado la familia de Grover, cuyo padre es un trabajador inmensamente alto y corpulento. Le vendrá bien su rotundidad física para defender al hijo frente a gente como el señor Crocker, el avaricioso repostero. Hasta sus dulces se acerca casi inevitablemente el muchacho, al que le atraen todos los olores, incluido el de la tormenta (magníficamente descrita). L a nariz de Grover, como un día demandase Nietzsche, es su órgano privilegiado, por el que se deja conducir con toda seguridad, incluso cuando falte la luz, pues ésta se va y viene de forma imprevisible en la ciudad sureña. Una prosa obsesivamente anafórica, trabada además por el polisíndeton, ayuda al novelista a percutir sin pausa sobre las sensaciones del niño.
En la segunda parte, mucho más breve, es la madre quien asume el protagonismo de la narración. Como si dialogase con los otros hermanos, evoca conmovedoramente las vicisitudes del traslado familiar, el viaje desde Asheville a Saint Luis, a través de Indiana, en primavera. Grover, el más inteligente, juicioso y querido, se interesa por cuanto va descubriendo, sin perder nunca su cálida seriedad. Así lo evoca también en la parte tercera la hermana mayor, cuya turbación ante los recuerdos que le provoca la foto del niño se trasmiten al lenguaje, repleto de elipsis, admiraciones, interrogantes y anáforas, mientras refiere, ya con cuarenta y seis años, la súbita enfermedad y rápida muerte de Grover. Es finalmente el propio autor quien en la parte última nos hace saber que Grover Wolfe, “el niño perdido”, era su propio hermano. Así lo podemos deducir al narrarnos la visita que el escritor hace, ya maduro universitario (Wolfe fue profesor de la Universidad de Nueva York), a la casa donde vivieron una infancia irrepetible. Esa búsqueda del tiempo perdido, a lo Marcel Proust, evocada con tanta ternura como radicalidad, no sin consideraciones de carácter filosófico sobre el destino de la persona, elevándolas incluso al de la misma América (“un país demasiado grande para ser un país”, pág. 78), pone acertado colofón a la novela.
Thomas Wolfe, El niño perdido. Cáceres, Periférica, 2011.