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Manuel Pecellín

Libre con Libros

VIAJAR POR EXTREMADURA

Aunque también conocido como Siglo de la Razón, de la Revolución (francesa), de las Luces y de la Enciclopedia – denominaciones todas concomitantes -, el XVIII fue para Europa el Siglo de la Ilustración. Nadie definió mejor este movimiento que un coetáneo entusiasta del mismo, Manuel Kant. Según el filósofo alemán, una persona ilustrada es la que se atreve a pensar por su propia cuenta, habiendo alcanzado la mayoría de edad psíquica (algo que no todos alcanzan, optando cobarde y perezosamente por permanecer bajo tutores). “Sapere aude”, es decir, atrévete a degustar por ti mismo los asuntos, sería el lema del ilustrado.
Uno de sus seguidores españoles (hubo aquí bastantes más de lo que la historiografía clásica reconoció) fue Antonio Ponz Piquer (Castellón, 1725-1792). Este abate levantino recogió el fruto de sus observaciones en los dieciocho volúmenes del famoso “Viage de España”. El octavo, correspondiente a Extremadura, lo reeditó Universitas (Badajoz, 2000) en dos tomitos.
Esta es la obra que tomó como guía para la suya otra personalidad ilustrada, José María Peña (Llerena, 1939), sin olvidar las orientaciones que también dejó, ya en el siglo XX, el ilustrado Luis Bello, atento sobre todo al estado de las escuelas españolas. Subdirector General en distintos Ministerios hasta su jubilación el año 2004, el llerenense es otros de esos extremeños arrastrados a la diáspora, pero que nunca ha perdido su pasión por la tierra natal, cuyas viisitudes sociopolíticas, económicas y culturales nunca ha dejado de seguir desde la distancia. Lo saben bien cuantos han seguido sus colaboraciones en HOY. Lo confirman rotundamente estas 350 páginas. Las ha ido escribiendo in situ , ya septuageniario, a raíz de diferentes excursiones por Extremadura realizadas tras las rutas de Ponz. Su objetivo básico fue contrastar hasta qué punto continúan vigentes o han sido superadas las observaciones que el clérigo castellonés anotó. Para ello, reproduce los textos de Ponz sobre los múltiples pueblos, caminos, paisajes, posadas, monumentos, etc. visitados y los apostilla oportunamente, más de una vez apoyándose igualmente en otros autores que le son queridos. Sobre todo a partir de la primera mitad, las citas se nos antojan sobradas y se prefiere la escritura del autor, a quien uno querría menos pudoroso, más atrevido a la hora de describir situaciones conflictivas y proponer remedios.
Sin seguir una metodología rigurosa, dejándose llevar por las emociones o el imperativo de circunstancias no previstas, según supuso también para Ponz el periplo extremeño, Peña se detiene más en determinados lugares que en otros acaso de mayor importancia; recuerda en ocasiones, silencia otras, los nombres de los hijos ilustres; anota las heridas sangrantes de la emigración; le admiran los vestigios de la arquitectura vernácula más que la monumental; escucha y recoge, no siempre crédulo, los testimonios de la gente humilde; se entusiasma con el espectáculo de las dehesas, parques naturales y montes casi vírgenes. Reconoce los avances alcanzados, los signos de la modernidad (la obra se escirbió antes de “la crisis del ladrillo”), sin dejar de establecer la “crítica de corte y alabanza de aldea”, o, si se quiere, la atracción de las “slow cities, aquí forzosamente abundantes . Según ya proclamase Ponz, Extremadura sigue siendo una gran desconocida. Obras como la de Peña contribuyen a descubrir sus innumerables encantos.

Peña Vázquez, José María, Volver a Extremadura. Madrid, Beturia, 2013

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