Con título intencionadamente provocador, Fermín Mayor recoge en este nuevo libro un abundante conjunto de textos tomados de procesos inquistoriales contra mujeres extremeñas. Casi todos pertenecen a finales del XVIII, aunque también los hay de épocas anteriores, como el muy interesante incoado a una adolescente judía, nacida en Herrera del Duque, cuyo delito único era intentar fortalecer en la fe mosaica a sus familiares y amigos conversos con la ilusión del futuro Mesías (c. 1500).
Ni ella, ni la mayoría de las mujeres aquí relacionadas, fueron brujas, por ambiguo que resulte este término. Bien sabido es que el temible Tribunal de la Fe español, asentado para Exremadura en Llerena, fue mucho más benévolo con aquellas que otras instancias jurídicas europeas. El autor reconoce que, a lo largo de más de tres siglos, no pronunció sentencia de muerte contra ninguna de las mismas, si bien no pocas sufrirían penas como embargo de bienes, azotes o destierro de sus localidades. Recordemos la “doctrina” asentada por Pedro de Valencia en su célebre Discurso de Pedro de Valencia acerca de los cuentos de las brujas y cosas tocantes a magia, dirigido al Ilmo. Sr. D. Bernardo de Sandoval y Rojas, donde se reduce el mundo brujeril a conductas fácilmente explicables por factores naturales. Otra cosa es que la fantasía, el miedo, el interés, la imaginación, las pócimas dopantes, la enfermedad mental, la tortura misma u otros elementos plagasen los relatos. Caro Baroja ya lo explicó definitivamente.
Los textos de las actas aquí reproducidos en cursiva (los comentarios del autor, superfluamente reiterativos, están en caja baja) aluden a mujeres de bien distinta clase y condición: curanderas, comadres, saludadoras, alcahuetas, adivinas, rezadoras, hechiceras, monjas ilusas o solicitadas, beatas pícaras, veoras, etc., de las que no faltarían prácticamente en ninguna localidad, serán procesadas, casi siempre por delación de familiares o vecinos. Advirtamos lo que Norma Blázquez, profesora de la UNAMN, explica en El retorno de las brujas y que, no es solamente válido para la época medieval, pues los arquetipos culturales peviven durante siglos: Fueron mujeres con conocimientos específicos en alquimia, con los que elaboraban recetas de perfumería y cosmética. Desarrollaron técnicas de destilación, extracción y sublimación. Eran parteras, alquimistas, perfumistas, nodrizas o cocineras que tenían conocimiento en campos como la anatomía, la botánica, la sexualidad, el amor o la reproducción, y que prestaban un importante servicio a la comunidad. Conocían mucho de plantas, animales y minerales, y creaban recetas para curar, lo cual fue interpretado por los grupos dominantes del medievo como un poder del Diablo. Fueron perseguidasporque las elites eclesiásticas, políticas y económicas, que se consolidaban en aquellos tiempos, comenzaron a desarrollar un modelo social muy masculino y consideraban que el saber que las mujeres tenían, especialmente en sexualidad y reproducción, representaba una amenaza.
La cuestión podía complicárselas si, según ocurre a veces, se provocan sospechas de herejía luterana, complicidad con judeoconversos o moriscos rebeldes, sacrilegios, abusos en los sacramentos de la confesión o eucaristía, etc.
Los lugares con mayor número de mujeres encausadas serían Plasencia, Zafra y , sobre todo, Jerez de los Caballeros, al que el autor llama enfáticamene “el Pueblo de las Brujas”, según se deduce del “autillo” celebrado en la Inquisición de Llerena el año 1637 contra 22 mujeres jerezanas y un hombre (ver pp.153-160). Es muy curioso que el ensalmo propuesto por una de ellas para atraer a los varones incluya “la oración de San Erasmo”, cuyo texto se reproduce.
Fermín Mayorga, Extremadura: Tierra de Brujas. Don Benito, Grupo de Estudios de las Vegas Altas, 2013.