Un bibliómano, según sugiere la etimología griega de los dos términos que componen la palabra, es el que está afectado por la manía de los libros, caído en la enfermedad (contagiosa e incurable) del librorum bacillus, adquirida tal vez en la adolescencia e incrementada con el paso del tiempo. El bibliómano es un bibliófilo intensivo, en quien pueden concurrir agravantes: la “cataloguitis” , el “exlibrismo”, el “grangerismo” (práctica de ilustrar libros con imágenes tomadas de otros), la“polifilia” (gusto por muchas cosas), la “camitis” (leer acostado) e incluso la misoginia (al menos en épocas anteriores). No forzosamente, aunque ayuda mucho por motivos que Field explica con humor inglés, pueden adjuntarse la pronta calvicie y la afición a la pesca.
Todo ello padece, y en grandes dosis, el protagonista de Los amores de un bibliómano, quien por fortuna no adolece de la cleptomanía también achacada a sus homólogos.
El autor de este relato, Eugene Field (Saint Luis, 1850-Chicago, 1895), conoce bien el mundo que retrata. Poniéndolo en boca de alguien llegado ya a la senectud, refiere en primera persona los orígenes, desarrollo, vicisitudes y situación de la dolencia que sufre , haciendo un derroche de cultura “libresca”. Por las páginas de la novela discurren, sabiamente traídos, impresores, encuadernadores, ilustradores, bibliotecarios, libreros, anticuarios, críticos y claro está, escritores más o menos célebres en la historia de la literatura.
La obra es ante todo un canto al libro, cuyas virtudes se elogian en pasajes tan sugestivos como éste, en realidad una recreación de otro contenido en el Codex Miscellaneus (s. XIII): “Risa para mis momentos alegres, distracción para mis preocupaciones, consuelo para mis pesares, charla ociosa para mis momentos de mayor pereza, lágrimas para mis penas, consejo para mis dudas y seguridad contra mis miedos. Todo esto me dan mis libros, con una prontitud y certeza y una alegría que son más que humanas. Por eso yo no sería humano si no amara a estos amigos y no sintiera eterna gratitud hacia ellos” (pág. 81).
Hasta cuando si se equivocan (“aliquando bonus dormitat Homerus) pueden resultar deliciosos, según demuestra el autor recordando graciosísimas erratas, deslices tipográficos que se harían célebres, como el de la Biblia Wicked (Pícara), que omite el adverbio “no” en el séptimo mandamiento (en el original sin no more frente a sin on more). O el de Rabelais, cuando escribe (¿sin intención?) “âne” (asno) en vez de “âme” (alma). Por no citar un suelto del diario de Berlín donde se puso que Bismark buscaba establecer relaciones honradas y sinceras con todas las “Mädchen” (chicas) en vez de “Machten” (potencias europeas). (Por cierto, en un periódico de Extremadura, a mitad del XX, para enfatizar el enfado de las mujeres, en vez de decir que estaban con el “ceño” fruncido, el diablo de la imprenta trastocó la primera vocal pro proximidad con la segunda, no sin el inevitable escándalo de los lectores).
No resultan menos divertidos los apuntes de la obra sobre el trascendental papel de los monjes medievales para la transmisión de la cultura grecolatina; el refinado gusto de los célebres impresores, por ejemplo la familia Ezelvir; la bibliofilia de algunos grandes políticos, v.c. Gladstone y Napoleón o la ingeniosa caracterización de los libreros.
Tan convincente resulta el buen Field, que, terminada la lectura, se siente uno inclinado a repetir con él “La oración del bibliómano” (pág. 200):
“Pero si, oh Señor, te place/mantenerme en el camino de la tentación,/con humildad ruego ser/especialmente tentado hoy/. Que mi tentación sea un libro/que pueda comprar, guardar y conservar,/ y que, cuando otros lo vean/ se lamenten al saber/que lo conseguí a buen precio”.
Eugene Field, Los amores de un bibliómano. Cáceres, Periférica, 2013.