Escribir “Zervantes” no es en este caso una errata, sino producto lógico de seguir la ingeniosa ortografía propuesta por Bartolomé José Gallardo. El gran bibliófilo extremeño es el personaje principal de esta novela histórica, que también tiene no poco de psicología, espionaje, suspense e incluso metaliteratura. El de Campanario reparte protagonismo con su criado Matías Donoso, también nacido en aquel pueblo de la Serena. Los dos constituyen un dúo tan antitético, y tal vez por lo mismo complementario, como el de Don Quijote y Sancho Panza, a quienes se recuerda aquí una y otra vez en virtud de los ecos cervantinos de la narración.
Jaime Aguilera (Villanueva del Trabuco, 1970), licenciado en Derecho y doctor en Filología Hispánica, quedó finalista con esta obra en el I Premio de Novela Histórica, sin duda merecidamente. Entusiasmado con la figura del gran bibliófilo extremeño, el autor compone la biografía del mismo durante la década más convulsa que le tocó vivir, desarrollando una enorme actividad: desde la llegada a Madrid de los ejércitos napoleónicos(1808), contra los que Gallardo combatirá pese a su admiración por los “philosophes” franceses, hasta el fracaso del Trienio Liberal (1824) y las nuevas persecuciones de los liberales constitucionalistas. Cádiz, Londres, Madrid y Gibraltar (éste ya de forma indirecta), más inevitables alusiones al pueblo de origen, serán los escenarios de la narración.
Aguilera la va construyendo con diferentes aportes, basados en la realidad unos, frutos de su imaginación otros, combinando así historia y literatura. Donoso, el supuesto fámulo, en quien el bibliófilo enciende la pasión cervantina, tras enseñarlo a leer, habría ido alternando sus servicios con la lectura del Quijote y la composición de unas memorias donde irá recogiendo las peripecias vividas junto a Gallardo. Constituyen el eje del libro. La búsqueda de ese diario, más otras anécdotas y consideraciones del novelista (no siempre justificadas), aportan también sus mimbres.
Resulta tan divertido como ilustrador seguir a los dos personajes, el real y el imaginado, por el Cádiz que el francés asediaba y donde se cuece “La Pepa”; aquel Londres repleto de exiliados españoles bien recibidos, en cuyo inagotable Museo encuentra el bibliógrafo su mejor paraíso; las logias secretas de masones, comuneros o carbonarios, con sus ritos de iniciación notablemente expuestos, aptas para conspirar frente a los poderes absolutos y favorecer a los revolucionarios, o ese Gibraltar (ya únicamente Donoso), asilo más o menos acogedor de los perseguidos en España.
Aunque entusiasta de la Enciclopedia y enemigo acérrimo del Antiguo Régimen, polémico e iconoclasta irremediable, mujeriego y sin aliño, a Gallardo lo que más le conmueve es la pasión por los escritos, mejores cuanto más viejos. Sus máximos afanes, que logra trasmitir a Donoso, se dirigen a la implantación nacional de la “libropoesía”. En pro de ella está dispuesto a victimar tiempo, dinero, salud y amistades. Tanta pasión se centra sobre todo en Cervantes (perdón, Zervantes) y su inmortal Quijote, que Donoso va leyendo y comentando paulatinamente. El extremeño sueña con hacer edición deslumbrante de la obra. Para ilustrarla demandará, sin lograrlo, la colaboración de su amigo Goya; un excelente editor inglés y los papeles encontrados en el Achivo de Indias, que supondrían una auténtica revolución para la biografía cervantina. Se constituyen también en elemento clave del relato, aunque se nos dirá en qué consiste su contenido.
Duro resulta seguir la ortografía gallardiana, que también sigue Donoso en su diario, pero tiene su sentido: identificar lexemas y grafemas castellanos, con la mayor economía posible. Más grave aún si, por lo que parecen precipitaciones en la escritura (especial mal uso de los relativos) y falta de corrección de pruebas (¡cuántas sílabas mal partidas!), las erratas proliferan en exceso. El buen lector sabrá excusarlo, por los atractivos de la narración.
Jaime Aguilera, El criado que descubrió a Zervantes. Ediciones Áltera, Barcelona, 2013