Periodista y escritor, a Ludwig Winder (1889-1946) le tocó sufrir las vicisitudes culturales y sociopolíticas de su época, marcada por reestructuración de Centro Europa, el ascenso del III Reich y el triunfo de la ideología nazi, con su feroz antisemitismo. Natural de Schaffa (Moravia), educado dentro de una familia judía rigurosa, trabajó en Viena para el periódico liberal Die Zeit, haciéndolo después en Praga para la editorial Deutsche Zeitung Bohemia. Desde sus obras iniciales (Die rasende Rotationsmaschine, 1917; Die juedische Orgel ,1922, y Hugo: Tragoedie eines Knaben (1924), se ocupó de los problemas que experimentaban los jóvenes judíos –sobre todos los del Este de Europa- para adaptarse a las exigencias de los tiempos modernos. Se interesó más tarde (Nachgeholten Freuden, 1927, Der Thronfolger ,1938) por la historia de la monarquía austríaca, dejando numerosos apuntes autobiográficos en Geschichte meines Vaters, publicada póstumamente.
Su pertenencia al “Círculo de Praga”, junto a personalidades como Max Brod, Felix Weltsch, Johannes Urzidil u Oskar Baum, le ayudó a comprender la inminencia del holocausto y en 1939 huye a Inglaterra con su mujer e hija mayor . La más joven moriría en Bergen-Belsen el año 1945. Él fallecería un año después, no sin antes escribir Die November-wolke (1942), una historia de exiliados en el Londres durante los bombardeos alemanes, y la que ahora publica Periférica, El deber (1943). Calificada por Max Brod como una de las novelas antidictadura más eficaces, es la historia de la resistencia desarrollada por los checoslovacos contra los crueles invasores nazis, que tuvo su punto álgido cuando el dirigente de las tropas de ocupación, Reibahrd Heydrich, cayera asesinado en una calle de Praga (1942). La brutal represión condujo a los alemanes a destruir dos poblaciones checas, masacrando a sus habitantes, Lídice y Lezaki, que ellos consideraban cuna de partisanos.
El protagonista de la obra es Rada, a quien Winder va presentando como personaje de clara raíces kafkianas. También él experimentará una honda metamorfosis. Funcionario humilde y escrupuloso, su intachable conducta está siempre dirigida por el indefectible sentido del deber. Eso le lleva a trabajar en los servicios del ferrocarril que dirige Fobich, un colaboracionista, conocido suyo, a quien de pequeño salvó de morir ahogado en el Moldava. Rada comienza a reunirse con los resistentes, proporcionándoles preciosa información para los sabotajes, cuando estima obligación de conciencia oponerse a la Gestapo, que, por otra parte, conduce a Dachau a su único hijo, estudiante de medicina, para reprimir las protestas universitarias. Con el apoyo indefectible de la esposa, correrá la misma suerte que miles de compatriotas antinazis: el paredón.
Así pues, la novela discurre a dos planos: el psicológico y el histórico. Con el mismo interés que se sigue la transformación de Rada, desde simple oficinista a lúcido resistente, atrapan los razonamientos de Fobich para justificar su colaboración con los alemanes o los planteamientos de Novák, el duro y a la vez comprensivo dirigente de la Resistencia. Por lo que al contexto atañe, no cabe duda de que Winder seguía conservando en el exilio inglés buenas fuentes de información, aunque pueden achacársele, según suele acontecer con la literatura “militante”, notas de ingenuidad (todos los checos son per se buenos) y maniqueísmo (todos los alemanes, salvo una mujer, son malos). El castellano de la traducción, realizada por Richard Gross, es excelente.
Ludwig Winder, El deber. Cáceres, Periférica, 2014