Con apenas 25 años, Dickens era el editor de la revista literaria Bentley´s Miscellany. Entre enero de 1837 y febrero de 1839, publicó allí numerosos textos, bajo el pseudónimo de “Boz”. Diez años después de su muerte (+1880), fueron recogidos en un volumen póstumo, cuando el fenecido autor gozaba ya de general prestigio. Compuestas a la vez que su célebre novela Oliverio Twist, cuyos primeros capítulos aparecieron también en la mencionada revista, estas graciosísimas historias quedarían en segundo plano, aunque bien merecen una lectura sosegada. Según recoge el título, las más relevantes narran los acontecimientos, relatados a modo de crónicas directas, que habrían tenido lugar durante las dos sesiones celebradas en Mudfog por la “Sociedad para el Avance de Todo”. Mudfog (Lodo_niebla) es una población imaginaria, próxima a Londres, a la que Dickens hace llegar los sabios más esperpénticos para debatir cuestiones de máxima actualidad. Un periodista (con caracteres autobiográficos) irá dando cuenta de los histriónicos debates sostenidos en los correspondientes comités de zoología, botánica, anatomía, medicina, estadísticas, ingeniería mecánica y hasta el de “umbología y sosería”, Con típico humor inglés, ridiculizando el argot de la prensa escrita, el joven autor se burla de las inquietudes intelectuales de aquellos sabios, más atentos a llenar la andorga que a encontrar remedio a los problemas de sus conciudadanos, heridos cruelmente por los tremendos desajustes socioeconómicos provocados por la revolución industrial. La constante ironía del supuesto redactor comienza ya con el nombre inglés que atribuye a los científicos congregados en Mudfog. Baste recordar el de los profesores Score (roncar), Doze (sestear), Whezy (resoplar), Grime (mugre), Drawley (cansino), Misty (difuso), Purblind (cegato), Rummun (bebedor de ron), Keth (verdugo) Buffer (torpe), Pumpkinskull (cabeza de calabaza), Flummer (insípido) y otras eminencias similares. Ángeles de los Santos, que ha hecho una excelente traducción, explica en notas a pie de páginas estas y otras curiosidades. Poco podría poderse esperar de tales eminencias. Sin embargo, en boca de algunos de ellos pone el previsor Dickens, ya a principios del siglo XIX, debates sobre cuestiones relacionadas con la inteligencia artificial, como una maquinita para robar bolsillos, policías y jueces robóticos, magistrados autómatas (no más insensibles que los actuales, se encarga de anotar), trenes portátiles, etc., etc. En los siguientes artículos los hay bastantes más flojos, tales “Robert Bolton, el caballero con contactos en la prensa” o “Epístola familiar de un padre a su hijo de dos años y medio”. Pero todos justifican que las clases humildes intuyesen pronto en Dickens a un defensor de los más desafortunados. Según bien avisa la traductora en lúcido postfacio, estos textos anunciar las claves que marcarán la obra posterior de Dickens: “El compromiso social, la preocupación por los desfavorecidos y la crítica a las instituciones; de otro lado, el talento para la caracterización de personajes, la capacidad de observación de la realidad, la ironía, en sentido del humor, la tendencia a la exageración y al ´surrealismo`, la utilización de elementos autobiográficos, la presencia de la ciudad de Londres como un personaje más” (pp. 178-79). El joven Dickens, a menudo sirviéndose del lenguaje alegórico, no ahorra puyas, amables pero turbadoras, contra la Iglesia anglicana, el Parlamento de la nación, la clase política, los escritores consagrados, la prensa, la magistratura, la universidad y las empresas de un país, el suyo, que, pese a todo, destacaba entre los más avanzados de Europa. Charles Dickens, Los papeles de Mudfog. Cáceres, Periférica, 2014.