DIARIOS MEXICANOS
Marina ( Cáceres, 1978), diplomático y escritor, sirve en la Embajada española de Lisboa. Antes lo hizo en la de México, seguramente con la misma admiración por el país americano que la hoy confesa ante el vecino luso. Sin limitarse a funciones estrictamente profesionales, se ejercita en conocer la historia, la cultura, la identidad, el paisaje y el paisanaje de la nación donde reside, su ontología social, estableciendo estrechas relaciones con no pocas de sus gentes, sobre todo aquellas que espiritualmente le resultan más próximas (poetas, músicos, pintores, cineastas, ensayistas).
Bien se percibe leyendo estos “Diarios mexicanos, 2008-2010”, según se subtitula, obra miscelánea, cuyas páginas constituyen un magnífico testimonio de la exquisita sensibilidad del autor, otro “lletraferit” al que nada humano parece ajeno. Si el libro proporciona lúcidas anotaciones para entender, si es posible, la galaxia mexica – inagotable caleidoscopio de ciudades, territorios, monumentos y grupos sociales variadísimos -, es un desnudo del propio Marina, que confía al papel sus gustos, inquietudes, anhelos, experiencias temores y gozos más sentidos. Todo ello narrado sobre el telón de fondo de la memoria infantil, no pocas veces evocada, como probablemente le incitarían tantas similitudes, mutatis mutandis, entre el territorio nativo y el ahora ocupado.
Pero lo que más resalta junto a las referencias de labores profesionales, encuentros amistosos, paseos urbanos y apuntes de viaje (sin omitir los aforismos y apostillas filosóficas, dejados caer con frecuencia), son las notas de ese lector voraz que sabemos es Marina. Orgulloso de una envidiable biblioteca personal, el auténtico sancta sanctorum, dice, de su casa, nos deleita contando las pesquisas entre tanta librería de antiguo como en México D.F. aguardan al bibliófilo. Una tierra que, Cárdenas ordenante, acogió a buena parte del exilio español republicano, le permite encontrar primeras ediciones y otras joyas escriturarias a quien las sabe buscar.
Marina se emociona ante tales hallazgos, lo mismo que narra otros encuentros para él definitivos: veladas con el poeta José Emilio Pacheco, premio Cervantes; visita a la casa de Frida Kahlo; compañía de Antonio Gamoneda; repaso al MOMA neoyorquino; las pinturas de Orozco; la patria chica de Juan Rulfo; las minas de Zacateca; la vegetación tropical de Oaxaca o la magia de Uxmal y los restos mayas de Palenque y Bonampark.
Admirado ante la pasión por contar y el dominio del lenguaje que allí exhiben incluso las personas más sencillas, Marina echa mano de ese inagotable acervo, deleitándonos merced al uso de palabras extraordinariamente sugerentes, a algunas de las cuales busca la etimología (castellana, árabe, náhuatl, etc.), como ajolote, ataujía, alebrijes, ayate, por nombrar sólo algunas de las comenzadas con la primera letra.
Declarándose en luto al tener que dejar México, aunque no haya logrado entender, dice, el genius loci del lugar (ni siquiera apelando a los textos de Cernuda y Max Aub, por decir los de los grandes lugareños: Paz, Gorostiza, Arreola y un amplio conjunto, generosa y admirativamente citados), el melancólico, también pesimista, Marina concluye su “duelo” literario mediante larga nómina de cosas mexicanas que nunca olvidará (pp. 201-203). Espero que Lisboa le esté ayudando a restañar heridas. Tantas como envidiaríamos compartir, abiertas con la lectura de estos magníficos diarios. Al Centro Extremeño de Estudios y Cooperación con Iberoamérica, felicitaciones por la edición.
Luis María Marina, El cuento de los días. Badajoz, CEXECI, 2015.