>

Blogs

Manuel Pecellín

Libre con Libros

ODISEAS

Aunque vino al mundo (1977) en Valencia, la autora tiene como patria chica un pueblecito extremeño, Retamal de Llerena. Allí residen sus familiares, con los que vivió infancia y adolescencia. Ya advertíamos a propósito de su primer poemario, Acuarela elemental (2010), hasta qué punto tiene Alicia Merino troquelada su sensibilidad por aquel  áspero y entrañable territorio. El Mediterráneo (y con él los mares), junto al cual puso morada, es su segunda fuente de inspiración. Una y otra entrevistas por el tamiz de la cultura clásica como doctora en  Latín y Griego,  idiomas que enseña en un Instituto de Alicante.

No extrañará que  Odre del viento se halle impregnado de alusiones  fundamentalmente homéricas, si bien no faltan guiños a otros muchos creadores de la Antigüedad. Ya el título avisa, tomado como está del libro X de Odisea, a la que pertenece el párrafo de la entradilla. Vale la pena reproducirlo, aunque lo haré por una  versión distinta a la aquí utilizada: “Me entregó un pellejo de buey de nueve años que él había desollado, y en él ató las sendas de mugidores vientos, pues el Crónida le había hecho despensero de vientos, para que amainara o impulsara al que quisiera. Sujetó el odre a la curvada nave con un brillante hilo de plata para que no escaparan ni un poco siquiera, y me envió a Céfiro para que soplara y condujera a las naves y a nosotros con ellas. Pero no iba a cumplirlo, pues nos vimos perdidos por nuestra estupidez”.

El deseo de volver junto a Penélope impulsa a Ulises a embarcarse nuevamente rumbo a Ítaca. Largo camino le queda aún, acechado por cíclopes, lestrigones o dioses  irritables, residentes tal vez  sólo en su propio espíritu (Kavafis).

También la escritora sabe de caminos múltiples, con aventuras y experiencias inolvidables, por bahías y emporios donde abundan perfumes delicados, voluptuosos aromas, y crecen el coral, la madreperlas, los tritones, las anémonas, las caracolas,  acaso al refugio de algún pecio o de la ladina almadraba. Ocasionalmente, los paisajes acuáticos la conducen también al mar verde de la cebada, las islas interiores con sus azules lígrimos o “la tierra adentro, en la extremeña casa” (pág. 37), los Argallanes vigilando las alturas. Dejará entonces el largo diálogo con Parténope, la sirenita fundadora de Nápoles a la que también Garcilaso concitó en su soneto XVI, para recuperar las argénteas raíces,  “su sobria belleza hidalga/su desnuda piedra amarga/ su cordel de nube blanca que acuna/a totémicos quercus de siglos de trashumancia” (pág. 68). Ataecina y Endovélico, nuestros dioses prerromanos, podrían entenderse bien con los del Olimpo, especialmente si utilizan el común código que recoge cardumen, escálamos, sínfisis, jibión, epilios o lames, por repetir algunos términos aquí utilizados.

No sé si aprobarían unánimes la métrica elegida.  Los poemas, casi todos de notable extensión, abren con versos blancos y libres, cuya musicalidad se funda en un hipérbaton de resonancias clásicas, para asumir pronto y mantener hasta el final las asonancias, incluso internas, que a veces llegan a las estrofas  monorrítmicas.  Arriesgado modelo estilístico, seguramente para fortalecer la aproximación con las liras y silvas del Renacimiento, tan caras a los estudiosos de la literatura clásica.  De cualquier modo, resulta obra importante, a la que Juan Francisco Mesa Sanz pone amplio prólogo e ilustra bellamente Mari Paz Pellín,  y no le faltan recursos experimentales (juegos gráficos, ausencia de signos de puntuación para que los lectores recreen el discurso poético según el personal oído, alternancia prosa-verso). Alicia Merino concibe el poema, según los casos,  como fruto maduro, mesa quirúrgica, estancia o pintura. Los lectores encontrarán la razón.

 

Alicia Merino, Odre de viento. Ediciones Torremozas, 2015.

 

 

 

 

 

 

 

Temas

Blog dedicado a la literatura de Manuel Pecellín

Sobre el autor