Aunque vino al mundo (1977) en Valencia, la autora tiene como patria chica un pueblecito extremeño, Retamal de Llerena. Allí residen sus familiares, con los que vivió infancia y adolescencia. Ya advertíamos a propósito de su primer poemario, Acuarela elemental (2010), hasta qué punto tiene Alicia Merino troquelada su sensibilidad por aquel áspero y entrañable territorio. El Mediterráneo (y con él los mares), junto al cual puso morada, es su segunda fuente de inspiración. Una y otra entrevistas por el tamiz de la cultura clásica como doctora en Latín y Griego, idiomas que enseña en un Instituto de Alicante.
No extrañará que Odre del viento se halle impregnado de alusiones fundamentalmente homéricas, si bien no faltan guiños a otros muchos creadores de la Antigüedad. Ya el título avisa, tomado como está del libro X de Odisea, a la que pertenece el párrafo de la entradilla. Vale la pena reproducirlo, aunque lo haré por una versión distinta a la aquí utilizada: “Me entregó un pellejo de buey de nueve años que él había desollado, y en él ató las sendas de mugidores vientos, pues el Crónida le había hecho despensero de vientos, para que amainara o impulsara al que quisiera. Sujetó el odre a la curvada nave con un brillante hilo de plata para que no escaparan ni un poco siquiera, y me envió a Céfiro para que soplara y condujera a las naves y a nosotros con ellas. Pero no iba a cumplirlo, pues nos vimos perdidos por nuestra estupidez”.
El deseo de volver junto a Penélope impulsa a Ulises a embarcarse nuevamente rumbo a Ítaca. Largo camino le queda aún, acechado por cíclopes, lestrigones o dioses irritables, residentes tal vez sólo en su propio espíritu (Kavafis).
También la escritora sabe de caminos múltiples, con aventuras y experiencias inolvidables, por bahías y emporios donde abundan perfumes delicados, voluptuosos aromas, y crecen el coral, la madreperlas, los tritones, las anémonas, las caracolas, acaso al refugio de algún pecio o de la ladina almadraba. Ocasionalmente, los paisajes acuáticos la conducen también al mar verde de la cebada, las islas interiores con sus azules lígrimos o “la tierra adentro, en la extremeña casa” (pág. 37), los Argallanes vigilando las alturas. Dejará entonces el largo diálogo con Parténope, la sirenita fundadora de Nápoles a la que también Garcilaso concitó en su soneto XVI, para recuperar las argénteas raíces, “su sobria belleza hidalga/su desnuda piedra amarga/ su cordel de nube blanca que acuna/a totémicos quercus de siglos de trashumancia” (pág. 68). Ataecina y Endovélico, nuestros dioses prerromanos, podrían entenderse bien con los del Olimpo, especialmente si utilizan el común código que recoge cardumen, escálamos, sínfisis, jibión, epilios o lames, por repetir algunos términos aquí utilizados.
No sé si aprobarían unánimes la métrica elegida. Los poemas, casi todos de notable extensión, abren con versos blancos y libres, cuya musicalidad se funda en un hipérbaton de resonancias clásicas, para asumir pronto y mantener hasta el final las asonancias, incluso internas, que a veces llegan a las estrofas monorrítmicas. Arriesgado modelo estilístico, seguramente para fortalecer la aproximación con las liras y silvas del Renacimiento, tan caras a los estudiosos de la literatura clásica. De cualquier modo, resulta obra importante, a la que Juan Francisco Mesa Sanz pone amplio prólogo e ilustra bellamente Mari Paz Pellín, y no le faltan recursos experimentales (juegos gráficos, ausencia de signos de puntuación para que los lectores recreen el discurso poético según el personal oído, alternancia prosa-verso). Alicia Merino concibe el poema, según los casos, como fruto maduro, mesa quirúrgica, estancia o pintura. Los lectores encontrarán la razón.
Alicia Merino, Odre de viento. Ediciones Torremozas, 2015.