Mario Roso de Luna (Logrosán, 1872-Madrid, 1931) seguiría siendo hoy un desconocido, fuera de determinados círculos, a no ser por las labores que desde hace decenios realiza su discípulo confeso, el catedrático, periodista y editor Esteban Cortijo (Cañamero, 1952). Autor de una treintena de obras e innumerables artículos, “El mago rojo de Logrosán”, según gustaba ser llamado, ateneísta y masón, abogado (de causas casi siempre perdidas), músico, astrónomo, arqueólogo, conferenciante y amigo de grandes personalidades coetáneas, fue sin duda el máximo cultivador español de Teosofía, conjunto de saberes que el cultivó siguiendo las directrices de su admirada Madame Blavatsky, mujer tan misteriosa como aquel conjunto de conocimientos esotéricos (ocultos, sólo accesible a los iniciados).
Según se ha dicho, Roso aplicó la doctrina teosófica a múltiples campos, como la musicología (Beethoven, teósofo, Wagner, mitólogo y ocultista), el erotismo (Aberraciones psíquicas del sexo), los cuentos clásicos (El velo de Isis), el totalitarismo (La Humanidad y los Césares), los mitos precolombinos (La ciencia hierática de los mayas) y el folclore español (El libro que mata a la Muerte). Lástima que, tras la guerra civil, víctimas de la censura, las obras del extremeño hayan estado casi inaccesible hasta sus recientes reediciones, impulsadas casi todas por Esteban Cortijo. Encuentra éste otro admirador de las tesis rosolulianas en Chema Sánchez Alcón (Guijo de Coria, 1968), también profesor de Filosofía, con quien comparte no pocas afinidades. Ambos son los autores de El octavo maestro, novela de formación que subtitulan: “Viaje de un joven teósofo español del siglo XX”.
La parte primera de la obra no es sino la biografía intelectual de Roso, texto que se dirige a un joven de diecisiete años (edad muy significativa) para interesarle por las etapas que atravesase el pensador cacereño desde sus primeros pasos hasta la madurez en el camino de lo que consideraba su auténtico vocación: el descubrimiento de la verdad, único tesoro válido, escondido tras el velo de Maya (los sentidos y la razón lógicomatemática). La parte segunda, escrita de forma epistolar, la constituyen trece cartas para el mismo recipiendario y donde se abordan los puntos más difíciles relacionados con la Teosofía: objetivos de este saber; claves de su lenguaje metafórico plagado de símbolos; conexión con rosacruces y masones; antecedentes gnósticos, herméticos, cabalísticos y alquímicos. Según palabras de Cortijo en otro lugar, las tres grandes metas que Roso persiguió con todas sus actividades, siempre sin ánimo de lucro, podrían resumirse así: 1) Formar un núcleo de fraternidad universal sin distinción de nacionalidad, religión, sexo, clase social, casta o color. 2) Fomentar el estudio de la filosofía, de las religiones y de las ciencias, y 3) Investigar las leyes naturales aún desconocidas y las facultades latentes en el hombre. Las mejores páginas del libro, tan inspirado en El Tesoro de los Lagos de Somiedo, una de las obras cumbres de Roso, son las que nos imaginan a éste en tierras de Portugal, donde trataría a figuras igualmente interesadas por el esoterismo, como el gran Fernando Pessoa. Allí habría estado a punto de sucumbir y renunciar a su auténtico destino en brazos de Leda, la mujer fatal, símbolo de las tentaciones que persiguen al hombre, bueno por naturaleza. Triunfa al fin y se convierte en el Octavo Maestro, capaz de seguir iluminando a cuantas personas se acercan a sus doctrinas, pese a las dificultades epistemológicas del método analógico que utiliza.
Chema Sánchez Alcón y Esteban Cortijo, El octavo maestro. Sero (Asturias) , Sapere Aude, 2014.