El Poder (escribámoslo así, para abarcar las instancias de cualquier tipo que lo detentan) estuvo siempre especialmente interesado por asumir el control de las obras escritas, sabedor de la importancia que la literatura supone para el desarrollo y difusión de las ideas, acaso no siempre propicias para las intenciones de quienes mandan. La relevancia de los textos se multiplicaría de forma exponencial desde que se crease la imprenta (si bien las copias manuscritas siguen jugando notable papel a lo largo de los siglos XVI-XVII) . Desde entonces, la censura fue incrementando poderoso tentáculos para impedir que no se publicase nada al margen de su control o incluso para que, si por ventura impresos, pudiesen quedar fuera de circulación caso de ser tenidos como contrarios a las fuerzas dominantes.
Ningún instrumentos más eficaz en esta línea que los famosos Índices de libros prohibidos, reelaborados una y otra vez por la Iglesia católica cada poco tiempo a partir de la primera entrega, el Index de 1564 (Venecia, Paolo Manuzio), hasta épocas recientes (fue suspendido el año 1966). La romana Congregación del Índice, así como la Inquisición, fueron los principales valedores de este instrumento represivo, compuesto no siempre con la misma rigurosidad. (No es lo mismo u Diego de Deza que Arias Montano).
A las actuaciones de la censura inquisitorial durante nuestro Siglo de Oro está dedicada esta obra de Manuel Peña Díaz, auténtico especialista en el tema, sobre el que tiene publicadas numerosas investigaciones. Lo más importante del libro son seguramente los apuntes sobre el sistema de la “expurgación”, auténtico triunfo de la “cultura del pacto”, en la que no siempre hemos sobresalido los españoles. Ante la auténtica ruina que para editores, libreros, autores, etc. produce la condena absoluta de una publicación, destinada quedar incursa en los “infiernos” de las bibliotecas o destruida por el fuego (recuérdese el pasaje del Quijote, aquí analizado), se alcanza una solución intermedia (más apoyada por la propia Inquisición hispana que por Roma), el famoso “donec expurguetur”. Según esta calificación, determinados títulos (muchos), sometidos a censura previa o alcanzados por las delaciones ante el santo Tribunal, encuentran una vía para: eliminar los pasajes que la Inquisición considere peligrosos, tras lo cual pueden recibir el placet para su libre venta y lectura.
El mayor problema, también tratado ampliamente a lo largo de estas páginas, consistía en la escasa preparación intelectual que se les reconoce a los encargados de las fórmulas expurgatorias, tantas veces escandalosamente lentas y equívocas. Desde luego, según ha ocurrido hasta nuestros días, los interesados en la libre circulación de sus obras harán todo lo posible para poner arena en la maquinaria represiva de los Inquisidores. Entre estos mismos, los hubo de muy distinto comportamiento a la hora de elaborar los respectivos índices y las consecuentes actuaciones. Sin duda, el fenómeno que mayores desajustes produjo fue el de la delación, muy practicado, capaz de inducir dudas, temores y autocensura incluso en las personalidades más recias. Fenómeno ineludible fueron las múltiples estrategias de lectura que irán apareciendo para eludir los impositivos inquisitoriales. Bien las supieron utilizar, según aquí se demuestra, la astuta Teresa de Jesús o Miguel de Cervantes, tan habilidosos para encontrar cómplices (sobre todo, la primera) que facilitasen la libre marcha de sus escritos. También ayudaron sobremanera, según ocurriese con las obras de Erasmo y otras semejantes (v.c., las de los clásicos “obscenos”) , las traducciones “encráticas” de las mismas, realizadas de modo que oculten, silencien o reproduzca de modo eufemístico los pasajes peligrosos.
En resumen, un trabajo apasionante para introducirse en aquel mundo de las publicaciones a lo largo de los decenios con mayor brillo (y control) de nuestra literatura.
Manuel Peña Díaz, Escribir y prohibir. Inquisición y censura en los Siglos de Oro. Madrid, Cátedra, 2015.