Suelen ser conocidos como lugares mágicos aquellos que por su configuración orogénica, rara arquitectura, frecuencia de determinados fenómenos , poblaciones que lo habitan o fauna y fauna singulares los distinguen de todos los demás. Sus especiales características resultan inexplicables a la luz de la lógica y del pensamiento científico, según lo entendemos en la cultura occidental. Se adornan con un aura esotérica y suelen ser territorios amados por entidades mitológicas, legendarias o fantásticas, que los visitan con asiduidad, para terror o goce, según la índole específica, de las personas normales.
Es fácil localizar en ellos cuevas enormes, túneles increíbles, fuentes inagotables, gigantescos árboles, tesoros deslumbrantes (de moros y templarios), dólmenes (a veces, por decenas), petroglifos, rocas giratorias o arroyos cristalinos. Brujos, hechiceras, vírgenes negras, santones, pantarujas, alquimistas, gigantas, encantadores, princesas desdichadas, príncipes caballerescos, dioses ibéricos reconvertidos (el romanos o cristianos), etc., conviven junto a dragones, unicornios, ninfas, náyades y demás animales monstruosos. La tradición popular reproduce en sus cuentos, leyendas , refranes y canciones huellas múltiples de ese patrimonio mágico.
Resulta éste tanto más rico, cuanto más alejadas están las poblaciones del desarrollo tecnocientífico, que encuentra con facilidad explicaciones positivas a eventos tradicionalmente achacados a entidades mistéricas. A nadie se le ocurre hoy apelar a fuerzas extranaturales para entender la lluvia, el relámpago, el trueno, el ciclo de las estaciones, la germinación de las plantas o la gravedad. Pero seguimos aún muy lejos de poder explicarnos racionalmente multitud de fenómenos, por lo que las apelaciones a lo sobrenatural siguen siendo un recurso bien frecuentado. El campo de las “ciencias ocultas” no se agota con facilidad.
Extremadura, y muy especialmente sus comarcas hasta hace bien poco remotas y casi inaccesibles para el gran tráfago moderno (Las Hurdes, Sierra de Gata, La Siberia), abundó en tales manifestaciones, tan atractivos para lingüistas, antropólogos, etnógrafos o historiadores de las mentalidades. Díganlo los nombres ya clásicos de Ramón Matías Martínez, Publio Hurtado, o Roso de Luna, así como los más actuales de José Sendín, Marcos Arévalo, Fermín Mayorga, Barroso Gutiérrez, Víctor Chamorro, Rodríguez Pastor, Domínguez Moreno, Eloy Martos o Pedro Montero.
Entre ellos figura Israel J. Espino, que en su blog del periódico HOY tiene entregados centenares de escritos sobre el particular. Periodista, especializada en antropología de las religiones, la autora ha seleccionado para este libro sus apuntes donde presenta hasta medio centenar de esos lugares extremeños con aura y fácilmente podría haber ampliado el número. Tentudía, Guadalupe, Granadilla, Montfragüe, Trujillo, Montánchez, Alange, Trampal, Alcántara, Cañamero, San Vicente, Usagre, Gasco, Tormantos, los Barruecos, Capote, Cancho Roano, Magacela, Mérida, Azuaga, Alcazaba pacense, Cáceres… nombran rincones extraordinariamente ricos en mágicas evocaciones, que la autora va desgranando con su prosa fácil, de singular relevancia cuando de describir paisajes se ocupa . Se añaden las oportunas referencias historiográficas (sobre todo, si alude yacimientos arqueológicos, tan abundantes en nuestra región) junto con la localización por gps de cada lugar.
A veces, Espino, colaboradora habitual de programas como “La Escóbula de la Brújula” (Radio 4G) y “Cuarto Milenio” (TV Cuatro), admite etimologías populares más que dudosas e incurre en numerosas erratas de las leyendas latinas, siempre con intención de reforzar los aires mistéricos. No era necesario.
Suscribe el prólogo Jesús Callejo, quien en su Guía de los seres mágicos de España ya se había ocupado de algunos de estos santuarios extremeños, como también lo hizo Sánchez Dragó en Gargoris y Habidis, deudores ambos de las firmas clásicas antes dichas.
Israel J. Espino, Lugares mágicos de Extremadura. Porriño, Ediciones Cydonia, 2015.