Entre luces y sombras (en verdad, muchísimo más abundantes las segundas que las primeras) discurre la vida en aquella Extremadura de los años veinte y treinta del pasado siglo. El hambre corroe los estómagos de gran parte de su población, tradicionalmente sometida a las máximas carencias. (No ha y otros términos que visite con mayor frecuencia los textos literarios extremeños que el de “hambre” o sus sinónimos). Añádanse las lacras del analfabetismo (un 70% no sabe leer ni escribir), mortalidad infantil desmesurada, enfermedades crónicas, omnipresencia de los caciques, falta de infraestructuras sanitarias y docentes, pésima distribución de la tierra y el consecuente paro obrero, una iglesia asustadiza cuando no cómplice, como sus intelectuales y políticos (valgan las excepciones), fuerzas armadas siempre al servicio del poder…, convertían a nuestra región en un valle de lágrimas y un polvorín social. Las brasas que tantas injusticias enciendes, producen con facilidad devastadores incendios.
Es el mundo por donde discurre esta obra, una novela dedicada “a todos aquellos que padecieron en sus carnes la plaga del hambre, a todos los que convivieron con el trabajo sin horarios para poder sobrevivir, a los que conocieron el significado de las desigualdades sociales llevadas al máximo extremo, a todos los que padecieron las injusticias y las consecuencias de la intolerancia, y a todos aquellos que pese a las trabas encontradas en su vida fueron fuertes y supieron abrirse camino afrontando los problemas con optimismo”.
Entre tales personas figuraron los ancestros de la autora, según se nos dice. Es la existencia de sus mayores, adecuadamente contextualizada, la que Manuela Villa se propuso reconstruir con esta extensa narración (358 páginas). El protagonismo lo soportan dos mujeres: Ja abuela de la autora y la señora en cuya casa sirve. Curiosamente, entre ambas “enemigas de clase” surge el aprecio e incluso la amistad, sostenidos largo tiempo por las cualidades que a las dos adornan, junto con un hondo secreto al fin confesado por la rica dama a la doncella. En torno a las mismas se mueven otros personajes, pertenecientes al proletariado o la patronal, cada vez más enfrentados. La proclamación de la II República conmoverá hasta los cimientos aquella sociedad agroganadera, destrozadas las ilusiones de unos y convertidos en implacables verdugos los otros, tras el triunfo del “movimiento nacional” de 1936, alcanzado con absoluta rapidez en el Sur de Badajoz, donde su ubica el relato (Fregenal de la Sierra-Higuera de la Sierra).
Se conduce éste a dos voces, expresadas en distintos caracteres: cursivas, para la de la narradora (con mínimas apariciones, breves apuntes contextualizadores) y caja normal para la de la Josefa, quien irá contando en primera persona las duras vicisitudes sufridas casi desde su infancia a la madurez, todas sobrellevadas con admirable espíritu, elegancia, valentía, lucidez y generosidad sin límites. Sólo la señora para quien trabaja puede comparársele. En torno a las dos se urden y destejen los enredos, trabajos, ocupaciones y distracciones típicas (matanza del cerdo, bodas, ferias, rezos…), cuya minuciosa descripción ocupa luengas páginas. Ocasionalmente, surge el habla dialectal de la época, según se da entrada a personajes humildes (porqueros, pastores, yunteros, hortelanos, lavanderas, vendedores ambulantes, etc.). La autora declara en el epílogo su gratitud a cuantos le han ayudado a reconstruir aquella cultura ya casi laminada. No del todo, pues ella misma conserva viejos hábitos expresivos, como el uso constante del verbo “quedar” en forma transitiva (pp. 15, 58, 129) o de palabras con todo el sabor de un patrimonio lingüístico amasado durante centurias, que reaparecen espléndidas al evocar antiguos refranes, antiguas recetas gastronómicas , juegos infantiles, faenas agrícolas o leyendas y supersticiones populares. Es verdad que alguna vez “se pierde el oremus” y Josefa habla de “papá y mamá”, “ hipótesis”, “estereotipos”, “subconsciente”, etc., expresiones impropias de los hábitos lingüísticos que parecerían corresponderle. En todo caso, la novela, si a estas alturas no es original, nos resulta de enorme interés pos sus capacidades de evocación.
Manuela Villa Galván, Entre luces y sombras. Badajoz, autoedición, 2015.