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Manuel Pecellín

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TIERRA PATRIA

Fiel a la tierra patria (¿por qué no “matria”?), donde vino al mundo y reside se muestra en todas sus expresiones Isidoro Arroyo. Nacido en Navalvillar de Pela (1941, pueblo de marcada personalidad, aunque el desarrollo tecnocrático nos haga cada vez más uniformes, el autor sigue enamorado de aquel rincón extremeño, cuya historia, paisaje,  literatura  y medicina populares, usos y costumbres conoce perfectamente.  Sólo lo abandonaría,  de modo coyuntural y no ininterrumpido – para volver estaban las vacaciones o días de asueto – por razones de estudio (Magisterio en Badajoz); servicio militar (Base de Talavera)  docencia (corta estancia en Llera).  Pronto obtuvo plaza fija en Navalvillar y puede decirse que allí ha desarrollado toda su existencia.

Otros dos ilustres peleños tienen mucho que ver con este libro: Juan Moreno Aragoneses,  también escritor, que lo animó a publicarlo, y Basilio Rodríguez Cañada, hombre polifacético, que lo edita en Pigmalión, dentro de la  serie “Colección Extremadura”, codirigida por él y el no menos infatigable Ricardo Hernández Megías.

Según Arroyo declara en los preliminares, los  textos aquí recogidos, salvo los siete últimos, fueron viendo antes la luz, por entregas, como artículos de Báculo, periódico comarcal ya desaparecido donde él mantuvo la sección “Remanso”, título de este volumen recopilatorio.

Se trata de cuarenta  y dos composiciones, de similar extensión y modelo constructivo, aunque diferente temática. Abren con un texto en prosa y los concluye un poema de métrica distinta (sonetos, sobre todo) y correcta factura.  Por sus contenidos podrían reunirse en tres grupos: etnográficos, filosóficos y religiosos. Para mí, los de mayor impulso literario son los primeros. Arroyo conoce perfectamente las antiguos labores agroganaderas, pues él mismo trabajó en el campo de los doce a los diecisiete años, y las describe de la manera más vívida, con una competencia lingüística que hoy está al alcance de pocos. Los instrumentos, fases y  circunstancias de cada labor, casi siempre penosa desde el punto de vista físico (descuaje, arado, siembra, siega, saca, y limpia de las mieses;  vareo y recogida de la aceituna;  molida del fruto y obtención del aceite; plantación, riego y corte de los tomates, etc., etc.), son descritos con tanta exactitud, como respeto e incluso admiración hacia sus humildes trabajadores. El propio abuelo, tan amorosamente presentado en el capítulo XXXI, aparece como un paradigma de bonhomía. Así mismo, son de enorme interés los apuntes sobre las tradiciones locales, algunas tan curiosas como “el pelindongo” (cap. XXVII), que autor no duda denominar “joya folclórica”.

Él  reconoce, sin ocultar cuánto lo lamenta, el peligro de desaparición que corre esa cultura rural. Tal vez por eso se empeña con tanto cariño en presentarla a lectores formados ya con pantallas electrónicas, bien diferentes de las pizarras neolíticas de su escuela infantil. Si realmente todos los adelantos técnicos, capaces de reducir los duros esfuerzos, están haciéndonos mejores, a saber, más justos, honestos, libres y solidarios (acaso, ni siquiera más sabios), resulta cuestionable para Arroyo, hombre que no oculta su compromiso con la fe cristiana, confesada sin aspavientos ni complejos en numerosos pasajes.

El libro se ilustrada con bellos y muy apropiados dibujos de Juan Moreno Aragoneses y Antonio Gallego Cañamero, el pintor dombenitense ya desaparecido.

Isidoro Arroyo Masa, El remanso. Madrid, Pigmalión, 2015.

 

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