Cayó la sentencia como una guillotina. El diagnótisco no dejaba lugar a dudas. La muerte puso huevos en aquel enorme corpachón, cuyo amo sabía bien que para curar el cáncer no sirven las libélulas (Manuel Pacheco), ni tampoco las más modernas terapias, cuyos nombres hubo de aprender tardíamente. Se condolerá con amargura, según haría su paisano José Antonio Gabriel y Galán en ocasión semejante.
Buen vividor, católico y maldito, tuvo rápida conciencia del pronto final, aunque no dejara de rebelarse contra la parca hasta los últimos momentos. Consumido poco a poco por el cangrejo implacable, en la misma clínica donde hacía tres lustros su madre se había marchado definitivamente, recurrió a la escritura, alivio contra aquellos dolores casi insufribles. Nacen así los poemas de quien siempre anduvo a la búsqueda de la palabra exacta y ahora cada tarde ha de aprender vocablos ignotos (nefrostomía, neoplasia, hematuria, gammagrafía…), que no contribuyen sino a incrementar sus temores.
Va labrándose así, manuscrito con inconfundible caligrafía, un poemario repleto de angustias, esperanzas cada vez más remotas, ansias de vivir, nostalgias y melancolías. Un texto lírico donde sólo un par de veces localizo la palabra “Dios” y cuyo aliento recuerda más el “sunt lacrimae rerum et mentem mortalia tangunt” de Virgilio, o tal vez las trágicas lamentaciones del Cohelet hebreo. Sea como fuere, la belleza de estos versos escalofriantes convencerían “por unanimidad” al jurado del XXV premio Gil de Biedma para atribuirle a José Miguel Santiago Castelo (Granja de Torrehermosa, 1948-Madrid, 2015) su último galardón literario, semanas después del adiós último.
Resulta difícil, imposible para quienes lo queríamos tanto, leer con un mínimo de serenidad este libro, no sé si el mejor del que con tanto tino dirigiera durante casi veinte años la Real Academia de Extremadura, pero ciertamente el más conmovedor de los suyos. Quien llevaba la tierra matria en la carne, aunque también mordido por el dulce veneno que da la cubanía, se vuelve una y otra vez a las nubes de la infancia, escapándose a los encinares y dehesas granjeños, los dulces juncos del Guadiana o el Zújar, su escuela de “los cagones”, para aliviar el envite diario del suplicio, el silencio de la noche helada, porque en su memoria el pueblo y la niñez jamás se fueron.
Cada poema, bien en métrica libre o apelando a las antiguas fórmulas (no faltan sonetos, romances, coplas, décimas, labrados con su habitual dominio), es una confesión de pesares crecientes, sustentados por quien ya apenas casi no se reconoce en el espejo. Sólo en ocasiones nos alivia la broma sobre la hermosa cabellera perdida por la quimio; la copla de la niña que sueña con trigales o la evocación de otros que adelantaron el camino (Leopoldo María Panero, Gastón Baquero, Emiliano Redondo “Nanín”).
No quería él que se le recordase, manifestaba en los días últimos, como el poeta de la muerte y el duelo. No ha de serlo para quienes conservamos testimonios miles sobre la jocundidad, la risa fácil, los besos cálidos, los ímpetus del bon vivant y mieux buvant, las permanentes ganas de jolgorio e incluso el espíritu pagano de Castelo. Será mucho más arduo sustraerse, tras leer La sentencia, de no haber sabido aliviarle mejor de tanto sufrimiento.
José Miguel Santiago Castelo, La sentencia. Madrid, Visor Libros, 201