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Manuel Pecellín

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RELATINUS

Lo primero que me importa destacar al escribir sobre este conjunto de “relatos extremeños”, así los califica el subtítulo, es la formación académica de sus autores, los dos hermanos y naturales de Ceclavín, donde vivieron su infancia impregnándose de una cultura rural cuyas huellas aún mantienen. Miguel es ingeniero informático, desarrollador de sistemas; doctor en Inteligencia Artificial y profesor de la Universidad Complutense. Elisa está doctorada en Biología e Ingeniería Informática.
Aunque es lógico que dominen los distintos lenguajes telemáticos (y el inglés, supongo), resulta que los seduce el habla dialectal extremeña, en la que oyeron expresarse a sus mayores y cuyas capacidades elogian, acaso hiperbólicamente, en el preliminar puesto a la obra. No es la primera en la que la utilizan, pues ya lo hicieron en Ceborrincho (2013), otro conjunto de relatos extremeños del que Mamaeña es continuación. Conscientes de las dificultades que entraña este código, adjuntan como epílogo un pequeño vocabulario, “El nuestro parlar”, precedido de apuntes discutibles desde el punto de vista filológico.
Son doce las narraciones aquí reunidas, bajo un título procedente de la fusión de dos palabras (“mamá” y “Eugenia”), según llamaban en Ceclavín sus nietos a una abuela de la localidad. Esta mujer, sabia y dulce, funciona como la transmisora de todo un acervo etnográfico, tesoro en trance de extinción si escritores como los hermanos Herrero no consiguen conservarlo. Sin duda, el supuesto “castúo” (así lo llaman también ellos, remitiéndose a Chamizo, aunque este habla está mucho más cerca de las “Extremeñas” de Gabriel y Galán), de tan difícil manejo en poemas  realmente valiosos, se adapta mejor a la narrativa. Y no sólo cuando  determinados autores lo reservan a personajes secundarios, siempre de clase humilde, o lo hacen ateniéndose fundamentalmente a materiales lexicográficos, recurriendo a ese rico cúmulo de palabras, muchas bellísimas y de origen clásico, imprescindibles para designar con precisión labores y útiles de la cultura agroganadera. El gran reto es conseguir hacer auténtica literatura escribiéndola toda de modo dialectal, sin incurrir en vulgarismos, errores prosódicos y sintácticos u otras deformaciones más o menos groseras de la gramática castellana, que nunca nos permitiríamos ni en los momentos más coloquiales de nuestra conversación cotidiana. De otra parte, puesto que casi nadie se atiene en estos trabajos a las normas del Alfabético Fonético Internacional, cada uno transcribe a su modo los posibles rasgos diferenciadores, haciendo imposible un mínimo común.
Estos relatos se sitúan en un pueblo de Cáceres (Ceclavín, Zarza la Mayor, Arroyo de la Luz, Torrejoncillo, El Gasco, Acehúche, Serradilla, Portaje, Segura de Toro), inspirándose en leyendas propias de cada lugar, aunque evidentemente resulte arriesgado atribuir a dichas poblaciones la misma forma de expresarse. Todos llevan por  entradilla unos versos, castellanos o dialectales, así como muy atinadas ilustraciones, casi siempre dibujos de objetos, monumentos o prototipos de la tierra, que aportan otros dos hermanos, Ton y Fran. Aunque no pocos pasajes resulten de difícil lectura, aún recurriendo al glosario del epílogo (lógicamente, limitado), estos “relatinus de Mamaeña” responden bien a los propósitos de sus creadores: mostrar el mundo, las costumbres, los saberes de antaño. Vale la pena leerlos.
Herrero Uceda, Miguel y Elisa, Mamaeña. Madrid, Elam Editores, 2015

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