NIETZSCHE
Para conmemorar el 50 aniversario de la fundación, Alianza se ha propuesto reeditar una selección de su rico catálogo. Entre las obras seleccionadas figura la más conocida de F. Nietzsche, Así habló Zaratustra. Un libro para todos y para nadie. Andrés Sánchez Pascual ( Navalmoral de la Mata, 1936) hizo una muy celebrada versión del texto nietzscheano, al que puso también notable preliminar y, sobre todo, una formidable batería de notas a pie de página (casi seiscientas, ahora situadas como apéndice, lo que al menos a mí me hace la lectura más enojosa).
El catedrático extremeño, a quien muy justamente el Gobierno Alemán premió en su día (1995) por las magníficas versiones que al castellano tiene hechas, nos permite acercarnos gozosa y compresivamente al célebre filósofo, lo más limpio posible de interesadas manipulaciones. Según se sabe, los escritos del iconoclasta pensador, fallecido joven (1844-1900) y con parte de sus creaciones inéditas, fueron retocados por familiares poco escrupulosos hasta el punto de hacerle decir cosas que nunca él había defendido (tesis próximas al ideario nacionalsocialista, construido bastante después de su fallecimiento). Por lo demás, quien eligió expresarse a través de metáforas, nunca es fácil de entender y abre puertas múltiples al hermeneuta de turno.
Sánchez Pascual se basa en los textos de Nietzsche, devueltos a su pureza primitiva merced a los trabajos de la crítica contemporánea, traduciéndolos directamente con una prosa de extraordinaria calidad. Resulta así comprensible el éxito de su versión, que él ha sabido ir retocando según avanzaban las investigaciones sobre el autor y, a la vez, recibía notas de sabios y cuidadosos lectores. Entre los mismos, agradece cuánto han contribuido a mejorar su trabajo las advertencias recibidas del chileno José Jara y del catalán Jordi Piguem.
Si el pensamiento de Descartes ha sido denominado “philosophie de la poêle” (filosofía de la estufa), porque al gran racionalista francés la alcanzó una gélida noche la génesis de la misma (cogito ergo sum), mientras se aliviaba al calor de aquel artefacto, bien podría titularse la de Así habló Zaratustra “filosofía del frío”. Tanto fue el que sufrió Nietzsche aquel invierno de 1883 mientras la daba a luz en medio de enormes penurias físicas (alejado de su patria, casi ciego, solitario, con mínimos recursos, insomnios, dolores de cabeza, etc.). Realmente, la génesis del gran libro fue lenta y su recepción, un auténtico fracaso, hasta tener a punto las cuatro partes que lo componen, simétricas con las cuatro ideas eje allí sustentadas: la muerte de Dios, la voluntad de poder, el superhombre y el eterno retorno. Como vehículo expresivo supremo, la alegoría de la metamorfosis: el camello se convertirá en león, para pasar a ser un niño, símbolo del hombre futuro (inocente, lúdico, amoral, feliz).
Sólo la generosa ayuda de siete personas concretas hizo posible el éxito posterior. Se considera hoy Así habló Zaratustra una auténtica joya de la literatura alemana, como lo es la versión de la Biblia hecha por Lutero. Y no se evoca en vano al reformador protestante, pues la obra que Nietzsche escribe tiene como contrapunto los Evangelios y él mismo gustaba presentarse (Ecce homo) como el Anticristo, capaz de demoler (Yo soy dinamita, Cómo filosofar a martillazos) las bases judeoplatónicas de la civilización occidental. Las anotaciones de Sánchez Pascual ponen en evidencia los múltiples guiños vetero y neotestamentarios que aquél desliza continuamente. Por lo demás, el Zaratustra contemporáneo no deja nunca de conmover la ética y la estética de quien se le aproxima.