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Manuel Pecellín

Libre con Libros

                                   MIENTRAS NOS QUEDE LA PALABRA

 

 

 

 Sobre lo que no se puede hablar, mejor es callarse (Wovon man nicht sprechen kann, darüber muss man schweigen). Con este aforismo, parte séptima y última del Tractatus lógico-philosophicus, cierra el joven Wittgenstein su célebre ensayo, uno de los que más influencia han ejercido sobe el pensamiento occidental del siglo último. Fue el único que publicó en vida, sin duda porque al filósofo vienés le resultaron pronto inadmisibles los límites, el frustante silencio que aquella máxima positivista implicaba. ¿Por qué reducirse sólo a tratar lo empíricamente verificable, cuando cuestiones de ética, estética, política, religión y tantas otras al margen del empirismo lógico pueden resultar sumamente acuciantes, pues que en las mismas se juega la persona su destino? Para ponderar hasta qué punto le interesaban al Wittgenstein maduro baste leer Investigaciones filosóficas, seguramente su obra póstuma más relevante.

Son las que inspiran esta entrega última de Antonio Castro (Villarta de los Montes, 1957), si bien nunca le fueron ajenas a un escritor claramente comprometido.

Porque este hombre, natural de la Siberia; forjado en Zahínos y residente en Badajoz, antiguo trabajador de GRAFESA,  maestro ya jubilado, con casa-huerta junto al Gévora lusoextremeño, viejo militante de CC.OO., nunca ocultó sus opciones preferenciales por las causas de los más desfavorecidos. Afortunadamente, tampoco cejó en la búsqueda de la palabra justa y bella, del “nombre exacto de las cosas”, sin alharacas ni griteríos. Sus novelas, cuentos y poemarios (Aquella mañana, Primeras canciones, Las aventuras de Umar, La fábrica, Tierra y destino, Era y reflexiones taci(noc)turnas) , nutridos todos en esa luz invencible de la Tisapa adolescente (Camus), constituyen incitaciones a “guardar intactas dentro de uno mismo una frescura, una fuente de alegría; amar el día que escapa a la injusticia y volver al combate con esa luz conquistada (…)”.

Así lo repite en Mientras, cuya lectura emprendí tras bajármelo de Amazon por un precio casi simbólico. Sus versos, blancos y libres casi siempre, permiten, como el mítico Ocnos de Cernuda,  consumir otra vez juncos ya conocidos, pero que el escritor trenza en gavillas tan novedosas como acertadas.

El impulso contra “el infame silencio del olvido” (p. 9); la conciencia de que “en cada lágrima yace un dios/con el gesto inacabado del mundo“ (p. 20), nutren los ánimos del escritor. Enemigo de mordazas y anteojeras, radicalmente antirelativista moral, Castro describe, denuncia o filosofa, sin renunciar a la utopía, con recursos estilísticos múltiples, hasta permitirle al lector un reposo final, porque “El pasado, el presente y el futuro/no son más que /una/gota/de lluvia tras los párpados/marinos de los ojos del tiempo” (47).

Estos poemas de amplio alcance, a menudo heridos por el calambur de juegos gráficos, retruécanos, paradojas y metáforas, con algún decaimiento ocasional y guiños perceptibles a Blas de Otero, Celaya, Benedetti, Paul Auster o Juan Gelman, se dirigen en segunda persona a cuantos no estén dispuestos a callarse. “No temas ahogarte/con las moscas traidoras del engaño/…No te quedes con la boca cerrada/viendo pasar los trenes cargados con olvido/… Haz de ella tu casa,/un lugar de acogida/de todas las palabras”, aconseja el alegato último.

Antonio Castro –escribí una vez – es uno de esos hombres que rezuman sabor a tierra. Sabe arar y escardar, poner tomates, coger espárragos y setas silvestres, decir cuándo se doran los robles y castaños o cómo puede romper los hombros una saca de fertilizantes. También ha leído mucho; batallado en numerosos frentes y compuesto un buen número de obras literarias. Por fortuna, sigue consciente de que todavía está todo todavía (M. Pacheco).

 

 

Antonio Castro, Mientras. Amazon, 2023.

 

 

 

 

 

 

 

 

MIENTRAS NOS QUEDE LA PALABRA

 

 

 Sobre lo que no se puede hablar, mejor es callarse (Wovon man nicht sprechen kann, darüber muss man schweigen). Con este aforismo, parte séptima y última del Tractatus lógico-philosophicus, cierra el joven Wittgenstein su célebre ensayo, uno de los que más influencia han ejercido sobe el pensamiento occidental del siglo último. Fue el único que publicó en vida, sin duda porque al filósofo vienés le resultaron pronto inadmisibles los límites, el frustante silencio que aquella máxima positivista implicaba. ¿Por qué reducirse sólo a tratar lo empíricamente verificable, cuando cuestiones de ética, estética, política, religión y tantas otras al margen del empirismo lógico pueden resultar sumamente acuciantes, pues que en las mismas se juega la persona su destino? Para ponderar hasta qué punto le interesaban al Wittgenstein maduro baste leer Investigaciones filosóficas, seguramente su obra póstuma más relevante.

Son las que inspiran esta entrega última de Antonio Castro (Villarta de los Montes, 1957), si bien nunca le fueron ajenas a un escritor claramente comprometido.

Porque este hombre, natural de la Siberia; forjado en Zahínos y residente en Badajoz, antiguo trabajador de GRAFESA,  maestro ya jubilado, con casa-huerta junto al Gévora lusoextremeño, viejo militante de CC.OO., nunca ocultó sus opciones preferenciales por las causas de los más desfavorecidos. Afortunadamente, tampoco cejó en la búsqueda de la palabra justa y bella, del “nombre exacto de las cosas”, sin alharacas ni griteríos. Sus novelas, cuentos y poemarios (Aquella mañana, Primeras canciones, Las aventuras de Umar, La fábrica, Tierra y destino, Era y reflexiones taci(noc)turnas) , nutridos todos en esa luz invencible de la Tisapa adolescente (Camus), constituyen incitaciones a “guardar intactas dentro de uno mismo una frescura, una fuente de alegría; amar el día que escapa a la injusticia y volver al combate con esa luz conquistada (…)”.

Así lo repite en Mientras, cuya lectura emprendí tras bajármelo de Amazon por un precio casi simbólico. Sus versos, blancos y libres casi siempre, permiten, como el mítico Ocnos de Cernuda,  consumir otra vez juncos ya conocidos, pero que el escritor trenza en gavillas tan novedosas como acertadas.

El impulso contra “el infame silencio del olvido” (p. 9); la conciencia de que “en cada lágrima yace un dios/con el gesto inacabado del mundo“ (p. 20), nutren los ánimos del escritor. Enemigo de mordazas y anteojeras, radicalmente antirelativista moral, Castro describe, denuncia o filosofa, sin renunciar a la utopía, con recursos estilísticos múltiples, hasta permitirle al lector un reposo final, porque “El pasado, el presente y el futuro/no son más que /una/gota/de lluvia tras los párpados/marinos de los ojos del tiempo” (47).

Estos poemas de amplio alcance, a menudo heridos por el calambur de juegos gráficos, retruécanos, paradojas y metáforas, con algún decaimiento ocasional y guiños perceptibles a Blas de Otero, Celaya, Benedetti, Paul Auster o Juan Gelman, se dirigen en segunda persona a cuantos no estén dispuestos a callarse. “No temas ahogarte/con las moscas traidoras del engaño/…No te quedes con la boca cerrada/viendo pasar los trenes cargados con olvido/… Haz de ella tu casa,/un lugar de acogida/de todas las palabras”, aconseja el alegato último.

Antonio Castro –escribí una vez – es uno de esos hombres que rezuman sabor a tierra. Sabe arar y escardar, poner tomates, coger espárragos y setas silvestres, decir cuándo se doran los robles y castaños o cómo puede romper los hombros una saca de fertilizantes. También ha leído mucho; batallado en numerosos frentes y compuesto un buen número de obras literarias. Por fortuna, sigue consciente de que todavía está todo todavía (M. Pacheco).

 

 

Antonio Castro, Mientras. Amazon, 2023.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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