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Manuel Pecellín

Libre con Libros

PIEDAD GONZÁLEZ-CASTELL

 

QUIEN LO PROBÓ, LO SABE

 

Hace poco, reseñaba yo en Hoy la novela Lo que Pessoa no me contó en los extraordinarios día de verano. Destaqué cómo las alternancias del discurso narrativos, la pluralidad de voces, los feedbacks, los múltiples guiños literarios y la riqueza metafórica enriquecen su muy cuidada prosa. Sobre todo, admiré muchas expresiones que me parecieron auténticas greguerías.

Obra tan llamativa emanaba de la pluma que escribió poemarios como El silencio y la Palabra (Diputación de Badajoz, 2003) y Cuarenta días de junio (Huerga y Fierro, 2014).

Siendo casi una niña, la autora trató de cerca a los creadores extremeños Manuel Monterrey, Félix Valverde, Luis Álvarez Lencero, Manuel Pacheco y Jesús D. Valhondo. Grupo que, pronto en Madrid, ensanchó relacionándose con numerosos creadores afincados también a orillas del Manzanares. Las tertulias en el Café Gijón, el Ateneo, El Rato de Francisco Lebrato o el Hogar extremeño de la Gran Vía la nutren de ricas referencias. Piedad, Piti, supo conectar también con aquella generación de los 70, tan marcada por los vaivenes sociopolíticos de la Transición, entre quienes cabe recordar , entre los exgtremeños, a Santiago Castelo, Jaime Álvarez Buiza, José Antonio Zambrano o Moisés Cayetano.

Combinando afición al teatro (pudo ser una prima donna de la escena); a la pintura (ha hecho numerosas exposiciones y al estudio (es diplomada en Estudios Teológicos y Ciencias de las Religiones por Salamanca), sin dimitir de sus generosos compromisos, ni de las visitas a Portugal, iniciadas en la niñez, a Piedad G-C. se la incluirá en diferentes antologías nacionales e internacionales.

Conforman esta entrega dos libros muy diferentes. Impresos con portadas invertidas, con medio siglo de distancia, muestran cuánto ha evolucionado estilísticamente Piedad, aunque continúe fiel al amor y la memoria del mismo hombre que los inspira. Versos de amor primeERO(S) impacta ya con el recurso gráfico del título (y no será el único a lo largo de sus páginas). La transformación del sufijo adjetival, fundiéndose con el sustantivo mitológico, nos adelanta ya el contenido. Recordaré que eros en griego significa carencia y que, según Safo cantaba, produce un sentimiento glukopidron o dulceamargo.

 

Efectivamente, estamos ante un poemario de carácter erótico, con una y otra vertiente, enfebrecido pero púdico, según podía vivir y cantar su amor una adolescente en aquella España de los años cincuenta del XX. Estos poemas fueron escritos entre 1956-1958 en Montijo de Extremadura, cuando aún imperaban aquí los modelos de poesía regionalista, aunque comenzaran ya a abandonarse por impulsos del malditismo surrealista de Manuel Pacheco; los aires juanramonianos de Valhondo y la iconoclastia vallejiana de Lencero, los tres amigos sorprendidos a menudo ante la fuerza creadoara de aquella joven musa. Leídos hoy, nos sorprende la madurez emocional de la casi aún adolescente enamorada de un hombre admirado, a quien quizá juzga superior en edad, rango y conocimientos, pero no inalcanzable,  sobre todo si consigue hacerle llegar los ardores de su joven corazón.

 

Se los declara, dirigiéndose a él de modo explícito, en poemas asonantados, de rimas clásicas, si bien ya se advierten atrevimientos formales llamativos: saltos de composiciones de arte menor a la rotundidad de los dodecasílabos; alteraciones métricas en las mismas estrofas; neologismos (“cuerpofiebre”, “barcospeces”, en p. 16), metáforas e imágenes espléndidas.

La entrega segunda, Otoño enamorado lleva prólogo de Moisés Cayetano. Escrito diez lustros después, con toda la sabiduría acumulada de alguien que nunca ha dejado de cultivar artes múltiples y lecturas miles, canta al mismo amor de juventud. Pero las circunstancias han cambiado radicalmente. Nos ha hecho recordar al último Miguel Hernández en Cancionero y romancero de ausencias.

Llegó con tres heridas/ la del amor,/ la de la muerte,/la de la vida

Piedad mantiene aquí esa continuidad óntica entre vida y poesía ( o entre ética y estética), herencia de los  mejores Románticos.  Estamos ante poemas “que llegaron después del dolor infinito” (el de la agonía y fallecimiento del hombre amado;

“la mujer que escribe”- fórmula anafórica constante- los compuso (no todos) mientras lo contemplaba en el que había de ser lecho de muerte, o evocando las cálidas, a veces rotundamente eróticas experiencias vividas junto al esposo en la barca que nunca ha de tornar.  Como la célebre magdalena de Proust, un simple frasco de perfumes o la caja de los zapatos que el hombre amado usaba, despertarán las ansias de compartir con el desaparecido el pan de su ausencia.

Piedad se impuso una creciente desnudez expresiva, con el predominio de los versos blancos y libres y la dura poda de las adjetivaciones.  Pero no de la riqueza formal, composiciones de amplio aliento y arte mayor, unos; o mínimos, pero fulgurantes relámpagos expresivos, otros, próximos al haikú, la “soleá” o el aforismo.

Hay poemas extraordinarios, como el XX (pág. 51), “Estás empeñado, Dios/en ponerme gafas de cristal esmerilado/ y no logro ver la solución”, que se complementa con una serie de algoritmos indescifrables, pura poesía visual.

 

Piedad González-Castell, Versos de amor primeERO(S) y Otoño enamorado. Badajoz, Fundación CB, 2024.

 

 

 

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