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Manuel Pecellín

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  INTRAHISTORIA PACENSE

 

 

 

Antonio Castro (Villarta de los Montes, 1957), hombre de aficiones y actividades múltiples (maestro, sindicalista, tertuliano, ratón de hemerotecas, campesino, micólogo, escritor), a todas las cuales ha ido entregándose sin reservas, pasó un par de lustros trabajando en el archivo de la Diputación pacense. De sus lecturas en añejos legajos dimana buena parte de los apuntes que componen esta entrega miscelánea,  enriquecidos con otros procedentes de periódicos y revistas decimonónicas, más algunas anotaciones tomadas de boletines oficiales, actas de diferentes entidades, avisos, eslóganes publicitarios, expedientes, pastorales diocesanas, decretos administrativos, artículos y hojas sueltas. Se trata de un volumen antológico, con piezas escogidas entre la ópima parva que el autor ha ido agavillando a lo largo de numerosos decenios. Todas se refieren a la ciudad de Badajoz, cuyo devenir va deslizándose por páginas sin grandes pretensiones, pero de con un encanto difícil de eludir. Discurren entre 1840 y 1930, salvo excepciones. El autor va presentándolas como al desgaire, sin seguir un plan bien establecido, ni consecución cronológica causal o alguna. Y, a la vez que reproduce los textos elegidos (no siempre acompañados de la ficha bibliográfica precisa), adjunta sabrosos comentarios para resaltar, matizar, contradecir o manifestarse a tenor de cada contexto, sin pretender nunca sentar cátedra y siempre con un notable sentido del humor.

Según señalaba Unamuno comentando el concepto de “intrahistoria”, a la que este libro contribuye, las noticias aquí allegadas no merecieron grandes titulares, ni han llamado la atención de los estudiosos, celadas pudorosamente tras el anonimato de sus protagonistas, casi siempre humildes y sin intenciones de popularidad.

No obstante, tras el discurrir cotidiano y sin apenas relevancia, lejos de bambalinas o tambores, discurre silencioso un cúmulo impagable de valores, sentires, gozos y sufrimientos sin el que resulta imposible entender la vida de las sociedades.

¿Quién supo que, hacia 1835, brigadas de albañiles acudían los domingos en Badajos a trabajar gratuitamente para terminar las obras del paseo de San Francisco? ¿O que, diez años después, un tal Pedro Martín Pajuelo se arrancaba voluntariamente la dentadura a fin de que lo declarasen inútil para el obligatorio servicio militar?  El hambre seguía estando presente en la población, tanto que el mes de junio de 1915 espectadores de una corrida asaltan  el ruedo, matan a navajazos el novillo y se reparten las piezas del animal, sin que los guardas lo pudiesen impedir.

Otras carencias sufría la ciudad del Guadiana, donde en ocasiones tuvieron que reclutar a grupos de presidiarios para que ayudasen en la limpieza del  apestoso recinto, o a inventarse (1929) una especie de “crowfunding” para construir un sanatorio (el “Augusto Vázquez”).

Los castigos públicos eran temibles, como el del “argollón”, a cuya vergüenza expone el verdugo a un gitano por delitos de hurto. Peor le fue al soldado del Regimiento de Navarra, al que arcabucean por robos en la misma Catedral. A dos pobres mujeres, bruja y alcahueta respectivamente, tampoco les sonrió la fortuna, pero la Inquisición no fue tan cruel. Contra la blasfemia, uno “de los vicios más arraigados”, el Gobernador  Víctor Ebro tomaba (1904) medidas rimbombantes, pero más bien ingenuas. Por último, entre otros muchos apuntes que cabría destacar, señalaré el caso de María Villafaina, pobre de solemnidad, que “tiene su vivienda en un caño de la muralla”:  corneada cierto día por un toro bravo suelto, salvó la vida refugiándose en la de otra mujer, “una chabola de latas viejas, símbolo de la más terrible miseria”. Por supuesto, se recogen también otros acontecimientos más felices. Todos ilustran sobre el discurrir cotidiano de una ciudad como tantas otras de la piel de toro.

Álvaro Meléndez Teodoro, bibliotecaria de la R. Sociedad Económica de Amigos del País, una de las personas que mejor conocen Badajoz, suscribe sucinto, pero enjundioso preliminar. Las ilustraciones son dibujos de María Píriz Carrasco.

 

Antonio Castro, Anecdotario badajocense. Badajoz, Fundación CB, 2024.

 

 

 

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