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Manuel Pecellín

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CELESTINA EN EL CÁCERES DEL XVII

CELESTINA EN EL CÁCERES DEL XVII

 

 

Pedro de Valencia (Zafra, 1555-Madrid, 1620), ínclito discípulo de Arias Montano (Fregenal, 1525-Sevilla, 1598), compuso y remitió a las autoridades competentes un muy sesudo ensayo, Discurso acerca de los cuentos de las brujas y cosas tocantes a magia (1610). Lo escribió a requerimiento del Inquisidor General  Bernardo de Sandoval y Rojas, a raíz del desdichado proceso que el temible Tribunal desarrolló (8-9 noviembre 1610) en Logroño contra los brujos/as de Urdax y Zugarramundi. La sensatez del inquisidor P. Salazar Frías, S.I. y el sentido común del filósofo extremeño, proclives a interpretar por causas naturales (no demoníacas) los extraños fenómenos atribuidos a determinadas personas, resultaron fundamentales para que en España no se extendiese lo que algunos denominan la “paranoia brujeril”, que tantas miles de víctimas provocó en otros países, fundamental los Länder alemanes. La bibliografía sobre el tema resulta casi abrumadora y el estudio de Adela Muñiz Páez, catedrática de Química inorgánica en la Universidad de Sevilla, Brujas: La locura de Europa en la Edad Moderna (Debate, 2022) viene a asentar la tesis de que, aunque se pueda creer lo contrario, en España, tras las víctimas de Zugarramundi (por cierto, hablaban vasco y apenas se las entendía) ninguna mujer fue condenada a muerte como bruja, hechicera, nigromante, maga o calificaciones similares. Por más que su autora levante polémicas sobre numerosas cuestiones, la novela de Elvira Roca Barea, Las brujas y el Inquisidor (2023) nos parece también recomendable al respecto.

Alberto Navalón (Cáceres, 1960) se propone en la última de las suyas componer un retrato sociológico de su ciudad natal en el tercio último del s. XVII.  Allí se enmarca El muladar de los muertos. A lo largo de un lustro (1678-1682) irán desarrollándose acontecimientos sobrecogedores (pandemias, asesinatos, malas cosechas, hurtos, mutilaciones y desaparición de cadáveres, hambrunas), que tienen aterrada a la población. En ese clima de pánico general, sobre todo entre las clases humildes, y que la obra recrea con acierto, no extraña la costumbre de recurrir a remedios distintos a los usuales, más allá de la tradición, la ciencia coetánea y la ortodoxia misma.

Parece dominarlos la protagonista de la novela, Mariana, popularmente conocida como “la Bruja”. No sólo se precia de dominar los seis oficios que Pármeno atribuye a Celestina, el modelo inolvidable, calificada como labrandera, perfumera, maestra de hacer virgos y afeites, alcahueta y hechicera, de todos los cuales procura sacar enjundiosas ganancias. La de Cáceres, iniciada desde la niñez por la madre, confecciona amuletos y “quereles” (polvos del amor); ayuda a parir a las mujeres e incluso al ganado y saca del cuerpo enfermo los “malos espíritus”. Cuando tales hábitos no le dan para sobrevivir, ejerce como aguadora e incluso se contrata como jornalera durante la recolección de uvas o aceitunas. Joven aún, viuda y de buen ver, vende su cuerpo al mejor postor o lo regala a mozos atractivos (de quienes busca sacar siempre algún provecho).

La búsqueda de hierbas alucinógenas (en los cementerios  y muladares crecen las mejores, por la abundancia de nitrógeno en sus suelos); la elaboración de bebistrajos, emplastes y filtros para cualquier clase de dolencia, así como la venta de los mismos, la ocupan noche y día. Pero no son estas labores, más comunes de lo deseable en tiempos difíciles, lo que le acarrearán la enemiga de gente que terminará delatándola ante la Inquisición. Mariana se cree obsesivamente esposa de Luzbel y trabaja por honrarlo según ella concibe los gustos satánicos. Eso la conduce no sólo al sacrilegio (robo de hostias consagradas; desenterramiento de cadáveres infantiles), sino hasta al asesinato de niños para sacarles el corazón y ofrecérselo, en aquelarres ominosos, a Satanás. Si el comisario Nicanor de Sande, venido desde Llerena para presidir el oportuno proceso, termina condenándola a muerte y relajándola al brazo secular para que la lleven al “brasero”, el asunto tiene otra explicación que la simple “brujería”.

Son elogiosos los esfuerzos que Navalón ha realizado para documentarse y conducirse con verosimilitud a la pléyade de personajes que se mueven en el entorno de Mariana: panaderas, pastores, galenos, párrocos, exorcistas, criadas, molineros, arrieros…  y algún aristócrata corrupto (D. Leopoldo de Vinuesa, cómplice de la bruja). Los hay cristianos viejos, moriscos y criptojudaizantes, cada cual con su problemática. El discurso, dialectal a veces, resulta en ocasiones caótico y repetitivo. Algún apunte induce al equívoco (así, la presentación de “las brujas del Casar”, famoso proceso realizado en el pueblo de Guadalajara, no de Cáceres). La prosa, que se eleva en las descripciones, requeriría más labor de lima y evitar erratas como ese “de behementi” (por vehementi, p. 333). El glosario adjunto resulta de clara utilidad para la compresión de términos de la época. Sin duda, un atractivo retrato, siquiera sea parcial, del Cáceres a finales del XVII.

 

Alberto Navalón, El muladar de los muertos. Cáceres, Asociación C. Norbanova, 2023, 2ª.

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