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Manuel Pecellín

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                        LOS ARCHIVOS DE JIMÉNEZ ANDRADA

 

Nacido en Cáceres (1971), donde coordina “Letras Cascabeleras, dinámica Asociación Cultural que él mismo fundase (2012), Jiménez Andrada es un escritor con importante obra édita, parte de la cual está accesible en internet, lo que permite consulta fácil y gratuita. Así ocurre con sus poemarios Malos tiempos para ser sincero (2010), que el autor tiene como su entrega más política; Dientes de sierra (2010), solapado con el anterior; Breve catálogo de esencias y venenos (2010), colección de microrrelatos; Comidas para llevar (2011), conjunto de breves historias, prologadas por Pilar Galán, o el poemario Cuaderno viejo (2022). Con Versos del insomnio obtuvo (2011) beca a la Creación Literaria de la Junta de Extremadura y con Circo fue ganador del XVI Premio de Poesía “García de la Huerta”. Suyos son también El último diente de leche (2015) y El opúsculo del caminante (2017), “un artefacto multidisciplinar en el que se fusionan el collage, la poesía, el objeto, el arte de acción y la instalación”. Con Morirme para esto (2019) volvió a los relatos. Es también autor de numerosas plaquettes, como Vaya mierda (2018), O(h)dios (2020) y Las dudas (2022).

Si otros libros suyos discurren sobre la alegoría del camino, de tanta tradición literaria, El archivero funciona metafóricamente basándose en otro juego de figuras dispares, pero análogas, merced a la imaginación creadora: el archivo. En semejante lugar se guardan cumplidamente, según su categoría, documentos, fichas, periódicos, libros y tantos otros materiales, que así se salvan de la desaparición. De la misma forma, el cerebro del hombre conserva un enorme cúmulo de datos (sensaciones, ideas, números, imágenes, vivencias), que realmente constituyen la personalidad de cada sujeto. Ese paralelismo entre legajos, cajones, carpetas, estanterías…; entre sus balduques, signaturas y tejuelos, con las neuronas cerebrales, es decir, la memoria de quien los maneja, da mucho juego alegórico. Ambas realidades necesitadas a menudo de restauración por deterioros varios, constituyen la trama que urden esta cuarentena de minirrelatos.  El autor ha preferido siempre las composiciones cortas, las teselas o los poemas concisos.

Aquí, será el propio archivero, trasunto del escritor, quien refiera en primera persona las similitudes de los dos planos, por él mismo localizadas según las ocasiones. Y lo hace en una prosa poética cuidadísima, plena de imágenes tan sorprendentes como brillantes.

Van interrumpiendo las piezas de este magnífico mosaico collages en color, creaciones del propio Andrada, y poemitas de arte menor, varios de ellos con estructura similar a la de los haikús.

“Los xilófagos del olvido han devorado casi todo. Apenas unas palabras para tratar de reconstruir la memoria que está condenada a perderse” (pág. 8), advierte a los lectores. Una grapa oxidada que provoca heridas sobre el papel; cierta colección de antiguas postales; fragmentos de expedientes capaces de arrancarte a dentelladas los párpados dormidos o las sogas para ahorcar construidas con las cuerdas rojas de cualquier expediente, sirven acaso para eludir las muecas burlonas de la vida, según su género demande. De todos modos, J. Andrada confiesa que “después de tantos años, he aprendido la función de la poesía y la necesidad vital de inyectármela en los ojos con agujas intravenenosas” (pág. 74).

Tal vez no se necesiten terapias tan duras. Basta sumirse en páginas como éstas para fortalecer los pulsos, aunque todos sepamos que, finalmente, el archivo compañero de nuestros días morirá con cada uno de nosotros.

 

 

 

Víctor M. Jiménez Andrada, El archivero. Cáceres, Norbanova, 2024.

 

 

 

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