Profesor de secundaria, abogado, editor (Abismo del Suroeste), cinéfilo, melómano, contertulio (Página 72), S. Méndez se aproxima a la figura del polimathós (el que sabe muchas cosas), que tan bien encarnase su admirado Boris Vian (1920-1959). Entre las grandes novelas de este escritor francés, publicadas a menudo bajo pseudónimos, sobresale La espuma de los días (1947), que los críticos han calificado como fantasía científica, cómica, romántica, trágica y surrealista. El filósofo J.P Sartre publicó extractos de tan sorprendente texto en la mítica Les Temps Modernes, pero la verdad es que la obra apenas tuvo éxito en vida de Vian. Su personaje central es Chloé, joven enferma con enormes cualidades, a la que ha crecido un nenúfar en el pulmón.
Justamente uno de los “cuentos” que figuran en la entrega de Santiago Méndez se titula “Chloé” (pp.81-84). No es quizás el más valioso de la colección aquí agavillada, trece composiciones en torno a una axial, “El plato frío”, narración que le da nombre. Puede decirse que es este un relato corto próximo al género negro, thriller construido con precisión de relojería, cuyos componentes van engranando paulatinamente merced a la sabia batuta del astuto autor.
Buena parte de los protagonistas de estos relatos son profesores de instituto, hombres y mujeres próximos a jubilarse, con cicatrices propias de una madurez más o menos osada, que apuran opciones tal vez últimas para vivir sueños a menudo allende los límites permisivos. Nos contarán sus aventuras en primera persona, dejando también el discurso a un narrador omnisciente (pedagogos, policías, abogados, médicos, “negros” y asesores políticos, jueces y fiscales) que van desentrañando los móviles de conductas en principio difíciles de comprender. El autor, escéptico con la condición humana, exhibe un pesimismo antropológico agudo, que parece impregnar a cuantos personajes discurren por estas páginas sostenidas en una prosa excelente, no exenta de toques poéticos.
No todo discurre en espacios próximos al aula, ni en el mismo entorno (la ciudad próxima a la frontera hispanolusa, con río colonizado por ninfáceas; un arroyo manso capaz de desbordarse asesinamente; un tren dubitativo y memorias de contrabandistas o café portugués: Badajoz) donde se ubica En plato frío, historia de una venganza que, aunque se fragüe en la “raya”, transita por Portugal para culminarse en Marsella. Ocasionalmente, también cabe conducir al lector hasta Marruecos (“El anillo”) o la costa atlántica (“Iziar y el albatros”), quizás los dos textos con mayor carga lírica.
Ana María Matute, recién nombrada Académica, nos hizo el ya lejano 1998 el honor de venir a Trujillo para presidir la celebración del Día del Bibliófilo. Ante los miembros de la UBEx que la oíamos encandilados, repetiría una de sus frases predilectas: “Si no hubiese podido participar en el mundo de los cuentos y si no hubiese podido inventarme mis propios mundos, me habría muerto”. Son las que Méndez sitúa como entradilla de la obra que reseñamos. Y si cabe discutir que nos proponga exactamente lectura de “cuentos”, según la categoría más usual de tales composiciones, las aquí publicadas, sobresalen por su capacidad para sobrecogernos con tramas fuera de lo común y finales sorprendentes. Claro que las realidades cotidianas pueden superar los confines de lo fantástico. El genio de la escritura consiste en saberlas descubrir y “contarlas” (el mismo campo semántico), presentándolas con notas distintivas que las hacen parecer originales. Y esa virtud demuestra poseerla en abundancia el escritor de estos relatos, tan distintos entre sí temática y formalmente, pero con indiscutibles aires de familia. Cabe imaginar la sonrisa placentera del maestro Boris Vian, exigente, provocativo, audaz y libre, ante creaciones similares.
Santiago Méndez, En plato frío y otros cuentos. Badajoz, Kindle Direct Publishing, 2024.