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Manuel Pecellín

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LA CASA, METÁFORA DE LA VIDA

 

Jesús Carrasco (Olivenza, 1972) irrumpió en el panorama de las letras con una obra deslumbrante, Intemperie (2013), pronto reconocida como ejemplo de lo que ha dado en llamarse “novela rural”. Algo semejante había ocurrido con Luis Landero (Alburquerque, 1948) y su Juegos de la edad tardía (1989), que, entre otros galardones, obtuvo el Premio de la Crítica de narrativa castellana. Decepcionó bastante la segunda entrega del oliventino, La tierra que pisamos (2016), aunque también recibió distinciones valiosas, tal el Premio de Literatura de la Unión Europea. Su entrega siguiente, Llévame a casa (2021) levantó el vuelo, llevándose, entre otros, el Premio Dulce Chacón. Durante estos dos lustros de creatividad, fue gestándose, según del propio texto se deduce, este Elogio de las manos, al que un jurado donde figuraba Pere Gimferrer otorgó pronto el Premio Biblioteca Breve 2024.

Si en primates superiores encuentran los antropólogos capacidad para servirse de palitos, piedras o algún otro instrumento rudimentario, la especie humana es la única que posee un cerebro (desarrollado a la vez en feed-back) capaz de darle el dominio de miles de elementos, naturales unos, creados los más en una carrera perfeccionista sin fin. Otras partes del cuerpo también le son útiles (Zarra rematando de cabeza o el español obtuso, embistiendo; pintores mancos, etc.). Pero, sin duda, son las manos el principal órgano para la manipulación física del medio, alabadas así por numerosos autores (no pocos citados en esta obra). “Igual que en la religión el hombre es dominado por el producto de su propia cabeza, en la producción capitalista lo es por el producto de su propia mano”, escribe Marx, a la vez que critica el estado de alienación o despojo que el obrero sufre en aquel sistema.

Guillermo Rovirosa, fundador de la HOAC, publicaba en el Boletín de dicha organización, a la que tuve el orgullo de pertenecer, lo que sigue: «Así como el sujeto de la visión no es el ojo, sino el hombre, por medio de sus ojos; así tampoco la libertad no está en las manos, sino en el hombre a través de sus manos. Las manos, pues, son el órgano de la libertad, además de ser el órgano de la inteligencia; como los ojos son el órgano de la visión. Parece indispensable que el desarrollo de la inteligencia sea paralelo y simultáneo al desarrollo y a la educación de las manos si se quiere conseguir hombres libres». ( nº 182, 1956).

Creo que Carrasco suscribiría gustosamente esta proclama. Liberadas de la ancestral condena al trabajo por cuenta ajena, las manos del protagonista (el propio escritor, según el carácter autobiográfico del texto), hacen sólo lo que a su dueño le apetece. Si las tareas resultan fatigosas, como exige reconstruir una casa semiderruida, para poderla habitar durante las vacaciones, con amigos y allegados, se harán con gusto. Ninguna crítica a las relaciones alienadoras entre propietarios de los medios de producción (las herramientas, en este caso) y el obrero, pues aquí se conjugan ambas partes. Orgullo, eso sí, de la obra hecha merced al esfuerzo propio, si al menos el producto resulta eficaz para subvenir determinadas necesidades.

En un pueblecito del sur, entre playa y montaña, donde el levante castiga y los alcornoques erigen sus troncos protegidos contra el fuego, han proyectado la urbanización típica. En tanto llegan las excavadoras (tardarán diez años), el dueño permite que los amigos, residentes en Sevilla, ocupen para sus vacaciones una añosa vivienda. Así lo hacen, si bien requiere continuas faenas de albañilería, que los improvisados trabajadores realizarán, con ayudas de amigos y vecinos solidarios. El autor nos narra en primera persona las vicisitudes de esta sencilla, cálida historia, interrumpida por estancias en el extranjero (Edimburgo) y adornada con evocaciones múltiples de sus vivencias infantiles en la Raya de Olivenza. Nunca dejó de ser una morada humilde, pobre, aunque acogedora, que se caía a pedazos si no se la socorría continuamente:  es preciso, una y otra vez, soldar tubos, serrar maderos, poner tornillos con sus tacos, meter la radial, el barbiquí, la desbrozadora. El martillo, que el padre (maestro, encuadernador amateur) quizás recibió del abuelo (baldosinero en Badajoz) y le enseñó a manejar, dejándoselo como herencia cuasi sacra, resulta hegemónico.

La prosa pulcra, exacta, de ritmo pausado, sin alardes, con gran dominio del lenguaje rural y riqueza léxica para describir la rica florifauna del entorno, cuadra bien con el tema nuclear (componer apaños, no chapuzas).  Sobresalen las minuciosas descripciones de determinadas faenas (sacar el corcho; aparejar la burra o“calzar” el caballo de Bones con toda la detallada liturgia de cascos, herraduras, limas, clavos, etc.).

A menudo, aparecen, quizás sin mucha justificación, poetas y novelistas admirados, de quienes se toman pensamientos e incluso citas literales (Miguel Hernández, Tabuchi, Galeano, N. Ginzburg, A. de Mello, P. Süskind, Manoel de Barros, Rodari  y su “binomio fantástico”); películas (Los espigadores y la espigadora, de Agnès Varda) o creaciones artísticas “manuales” (Chillida, Úrculo, Enzo Mari).

De gran interés son personajes si se quiere secundarios, que acompañan al narrador: la mujer e hijas; Juanlo, el cuñadísimo; Mayoyi, una suegra encantadora; Bones, antiguo descorchador, hoy caballero impenitente; Rafael y Manuel, vecinos ancianos, lúcidos, generosos; los compañeros de “Enreasa”, fraternidad obrera… Las manos de todo sirven para levantar paredes, encalar muros o soldar hierros. Y también voltear un cuerpo enfermo; hervir el café o cocinar sabrosos platos. Desde luego, para acariciar a la mujer, los niños e incluso los animales próximos. Y, claro está, para escribir. Son muy justamente loables y elogiadas.

Tras el COVID, llegaron las excavadoras y hubo que poner fin a la experiencia. Quedará para siempre memoria de la misma merced a la pluma o el ordenador… manejados por dedos habilidosos.

 

Jesús Carrasco, Elogio de las manos. Barcelona, Seix Barral (Planeta), 2024

 

 

 

 

 

 

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