El género epistolar, cruce de cartas entre corresponsales verdaderos o fingidos, ha gozado siempre de extraordinaria fortuna. De pronto se vienen a la memoria Cartas desde el manicomio, relatos de Dario Dzamonja; Cartas desde Estambul, de Mary Wortley; Cartas desde el infierno, de Miguel Á. Rodríguez (crónicas); Cartas desde el exilio, cruzadas entre Emilio Prados y José Luis Cano; Cartas desde el desierto, de Manu Carbajo; Cartas desde el acantilado, de Fernando Ugeda, novelista que un día obtuvo el Ciudad de Badajoz (con otra novela). Y novela epistolar es la muy reciente del barcelonés Las Crines (Siruela, 2026). Sin olvidar las satíricas Cartas persas, de Montesquieu; las polémicas Cartas marruecas, de José de Cadalso, o las Cartas desde mi celda, escritas por G.A. Bécquer, enfermo de tuberculosis, como el protagonista de la obra aquí presentada.
Es la opera prima de M.D. Olgado (Arroyo de la Luz, 1960), cuya trayectoria profesional se ha desarrollado en instituciones educativas de Extremadura. Obvia decir que conoce bien la historia de la Comunidad, los usos y costumbres de sus habitantes, los problemas sociopolíticos que más les han hecho sufrir, especialmente en la época contemporánea, con momentos álgidos durante la Guerra Civil 36-39 y el periodo posbélico. Así lo recoge en este libro bien estructurado, de prosa ágil y precisa, cuyos personajes, frutos de la imaginación creadora, deben afrontar problemas reales padecidos por tantos españoles de la época. Según la autora advierte en nota final, su novela no es autobiográfica (todas los son), si bien se inspira en avatares que sus propios abuelos experimentaron, y que ninguno de sus personajes existió realmente.
Sobre dos bascula el relato: el matrimonio extremeño que forman Andrés, un campesino al que las circunstancias imponen recluirse en el Madrid sitiado por las tropas franquistas, mientras su esposa, la admirable Teresa, queda en el pueblo donde se criaron (¿Arroyo de la Luz?), próximo a Cáceres capital, embarazada y con dos hijos pequeño. Al fin, tras peripecias miles, se producirá el reencuentro por el que ambos suspiran. No extrañará que el relato se abra con un clásico de Homero: ”… El divino Oidseo no desapareció aún de la tierra y está detenido en el vasto Ponto, en una isla que surge entre las olas, desde que cayó en poder de hombres crueles y salvajes que lo mantienen a su despecho”.
Andrés y Teresa son símbolos de tantos conciudadanos a quienes diferentes circunstancias, más que las propias ideologías, obligan a quedarse y procurar sobrevivir en territorios fieles a la República (Madrid, Valencia) o en zonas pronto dominadas por los militares insurrectos (Cáceres). Ocurre, por ejemplo, que a Faustino le sorprende la sublevación haciendo la mili en Madrid, donde ha de permanecer, mientras a su joven hermano lo incorporan desde Extremadura al ejército franquista.
En los dos lados abundan tipos generosos y personas truculentas, capaces de salvar o hundir al prójimo. A bastantes de estos especímenes (médicos, enfermeras, farmacéuticos, sacerdotes, falangistas, pastores, amas de casa) iremos encontrándonos en estas páginas, según van relacionándose con los dos protagonistas. Sin duda, los más nobles (e ingenuos) son quienes conforman la “familia madrileña” de Andrés, casi todos miembros de las Brigadas Internacionales. Merced a uno de ellos, Leduc, encuentran la fórmula de mantenerse en relación epistolar, con cartas que se remiten vía París a lo largo de la contienda.
En sus textos, aquí reproducidos con cursivas, van relatándose (no sin miedo a las censuras) cómo logran sobreponerse a las dificultades miles que la guerra está haciéndoles padecer: luchas, enfermedades, fríos, hambrunas, humillaciones e incluso cárceles, hasta el trágico final.
Alternándolos con las cartas, de tono íntimo (también atraen las de Andrés a la combativa Julia y la última del propio Leduc a Teresa), la narradora omnisciente incluye relatos de carácter histórico que desarrollan muchos de los acontecimientos apenas sugeridos en aquellas. Se abordarán así, de forma vívida, los duros combates en la Ciudad Universitaria; los bombardeos de las calles madrileñas; las batallas de Guadalajara y Teruel, los temibles “paseos nocturnos”, la tortura en prisiones o los asesinatos de enemigos e incluso compañeros “desertores”, junto a incontables actuaciones solidarias sin el más mínimo afán de lucro.
Novela ante todo de amor, el que Teresa y Andrés nunca dejarán de profesarse, es también un digno epígono de la hoy tan celebrada La península de las casas vacías (aunque sin el aura surrealista que David Uclés sabe expandir).
María Dolores Olgado, Cartas desde París. Mérida, ERE, 2025