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Manuel Pecellín

Libre con Libros

         EL LENGUAJE, LA CASA DEL SER

 

 

 

 

Natural de Campanario (1958), la autora de Grietas emigró con su familia a Barcelona siendo una preadolescente, ya troquelada por las imágenes del terruño, según darán fe sus escritos. En la Ciudad Condal estudió Filosofía, materia que ha impartido en varios centros catalanes. De su colaboración con Terapia Gestalt, del Institut Integratio hay evidentes huellas en el libro que aquí reseñamos. Recordemos lo que la página web de esta institución educativa recomienda a sus formadores : “es necesario que nosotros, como acompañantes, exploremos a fondo nuestra propia infancia y adolescencia para poder mirar con buenos ojos nuestro paso por las distintas etapas evolutivas, permitiendo así que podamos acompañar a otros desde un lugar de mayor autoconocimiento; conociendo nuestras heridas y traumas y la repercusión que pudieron tener en el desarrollo, en la vinculación grupal y en la vinculación familiar”.

Este extenso volumen, de compleja estructura, recoge un rico conjunto de historias personales cuyos protagonistas (históricos o imaginados) tuvieron que vivir una infancia y juventud atormentadas por avatares múltiples. La autora prestará voz a los protagonistas para que las refieran en primera persona, asumiéndola en ocasiones la narradora omnisciente. Miembros de familias desestructuradas, víctimas a menudo de violencias insufribles, mujeres en la mayoría de los casos, se esforzarán con mayor o menor fortuna por rehacerse de las agresiones sufridas y lograr ser felices.

Este mosaico de calamidades, cuyas teselas se pueden ponderar de modo individuo, aunque todas tienen el mismo “aire de familia”, conduce al lector por los lugares más alejados: Barcelona, Zaragoza, Florida, Orleans, Uganda, Bolivia, Los Ángeles y, claro está, Campanario son los territorios donde se ubican los dramas, casi siempre con un padre como agresor máximo.

Sin duda, la escritora utiliza materiales autobiográficos para construir, lógicamente literaturizadas, estas impactantes historias. Ya lo hizo con su excelente novela Mi abuelo americano, de cuya publicación me hice eco en “Trazos” (18-XII-2021), aquí evocada en el excelente relato “Otro huracán, otro” (pp. 119-126).

Tal vez para recordar que nada nuevo hay bajo el sol, Juana Gallardo dedica oportunas estampas a personalidades conocidas, de cuyo desarrollo existencial pueden derivarse ejemplos para los seguidores de la escuela Gestalt. (“La terapia gestáltica es un enfoque psicoterapéutico humanista centrado en el “aquí y ahora”, el darse cuenta (awareness) y la responsabilidad personal. Busca integrar cuerpo, mente y emociones para lograr un funcionamiento holístico, ayudando a la persona a cerrar “asuntos inconclusos” y vivir de manera más auténtica y consciente”, resume la AI). Tales son los apuntes dedicados a M. Levasseur, la esposa de J.J. Rousseau, matrimonio que llevó sus cinco hijos al hospicio; a Santa Mónica, la madre de Agustín de Hipona; Esporo, el dulce esclavo a quien Nerón hizo castrar para desposarlo, o al mismo Stalin, el antiguo seminarista que mejor hiciera en fungir como pope y no como “padre de la patria” rusa.

De todos estos apuntes biográficos sobresale el más extenso, “Fabiana, la casa como sueño” (pp. 173-276). Se trata de una novela corta, que bien podría haberse publicado de forma exenta. Se inspira en las propias declaraciones de Fabiana Quispe, emigrante boliviana en Cataluña, prototipo de mujer valerosa que, pese a sus limitaciones físicas y ambientales, supo sobreponerse a sufrimientos miles hasta conseguir los objetivos soñados, el de mayor precio: tener una casa en propiedad.

Porque ninguno otro hay más importante para las personas, nos explica el lúcido epílogo, siguiendo las enseñanzas del ensayista francés Marc Augé en el Los no-lugares. Espacios del anonimato. Una antropología de la sobremodernidad (1992).

Tras las narraciones de la parte primera, tremendamente desgarradoras, donde nos agobia la angustia existencial de tantos “no-casa”, la autora decide pasarse al verso libre. Con Bestiario del deseo (2023) ya demostró sus aptitudes para desempeñarse como poeta. Las vuelve a mostrar aquí, cantando una y otra vez lo que enseñase Gaston Bachelard en Poética del espacio: La casa es el lugar que permite soñar en paz; sin la casa, el hombre resulta un ser disperso. Bien lo saben las personadas migrantes, por quienes Juana Gallardo siente particular empatía. En tiempos como los actuales, con la atención tan fragmentada por el tsunami informativo que nos arrebata (Byung-Chul Han, filósofo surcoreano, lo denuncia), se agradece que la poesía, convirtiéndose en “la casa del ser”, nos facilite la vuelta al silencio, la penumbra acogedora de las antiguas mansiones.

“El lenguaje es la casa del Ser. En su hogar habita el hombre. Los que piensan y los que crean con las palabras son los guardianes de este hogar”, proclamaba ya el polémico Heidegger en su Carta sobre el Humanismo (1947).

 

Juana Gallardo Díaz, Grietas. Sabadell, HakaBooks, 2025

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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