Se subió pacíficamente a la nave que nunca ha de tornar una mañana de levante, ese viento que subleva los arenales de Conil. El Euro empecinado en impedir la vuelta de Ulises a Ítaca sopló este final de julio para llevarse a Juan José rumbo a tierras ignotas. Los otros tres, Bóreas, Noto y Céfiro acechaban desde el odre de Tarifa para impulsar velas que nunca hubiésemos querido ver desplegarse. Familiares y amigos recordamos en el funeral que los pájaros de Juan Ramón siguen en La Fontanilla, Bateles y el Roqueo (Loly), por donde él mantuvo vivir siempre a su manera (Andrés), combinando sones profanos -la Internacional, el himno de Riego o el de la II República – con el Ave María de la humilde ermita (Carmen).
Se llamaba Juan José Poblador Santos. Vino al mundo en Valencia de Alcántara (1930). Pasó la guerra en Madrid, donde sus manos infantiles llevarán cada mañana alimentos al padre fallecido entre muros, encarcelado por no sumarse a la rebelión franquista. Se considerará ante todo pacense, porque a Badajoz regresa de modo sistemático para vivir las largas vacaciones de estudios (Magisterio) o trabajo. Allí desarrolla labores culturales que aún se recuerdan (teatro del SEU; tertulias con los “sabáticos” de Esperanza; debates en la R.S. Económica; recitales junto a Pacheco y Valhondo; recuperación del Carnaval; artículos para HOY). Cada vez se confiesa más extremeño y al Plan Badajoz dedica Canal, su segunda novela, tras el éxito obtenido merced a Pensión (Premio Elisenda de Moncada, 1957).
Por razones que alguna vez confesó en este periódico, decide ejercer la docencia hasta jubilarse en estos mares del Sur donde formó familia y ahora lo despedimos. Nunca perdería las raíces extremeñas, interesándose sistemáticamente por los escritores, artistas, políticos, deportistas y acontecimientos socioculturales de la Región. Lo demostraba en todos los textos que fue dando a luz.
La urna con las cenizas del combativo, generoso, lúcido y nostálgico –así fue siempre este pacense nunca del todo converso en andaluz – descansará bajo la encina plantada por él entre las cepas de Almendralejo que un día nos donó Quico y le ayudé a plantar. Sin duda, la tierra le será tan ligera como él se tiene merecido.
“Y Poseidón, echando mano al tridente, congregó las nubes y turbó el mar; suscitó grandes torbellinos de toda clase de vientos; cubrió de nubes la tierra y el ponto, y la noche cayó del cielo. Soplaron á la vez el Levante, el Noto, el impetuoso Céfiro y el Bóreas que, nacido en el éter, levanta grandes olas. Entonces desfallecieron las rodillas y el corazón de Ulises…» (Odisea, canto V, vv. 292-293).