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Manuel Pecellín

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LAS CIEN MEJORES POESÍAS DE M. NEILA

LAS CIEN MEJORES POESÍAS DE MANUEL NEILA

 

He tenido el honor de reseñar para los lectores de HOY diferentes obras del  extremeño Manuel Neila (Hervás, 1950). Reciente queda la última aquí presentada (18-VII-26), La vida por dentro, espléndido conjunto de aforismos.  Según señalé entonces, el polifacetismo del autor lo ha hecho emprender felices excursiones por diferentes géneros literarios. Quizás fue la poesía el que primero lo sedujo. Su amigo y casi paisano José Luis García Martín (Aldeanueva del Camino, 1950) lo pondría en la palestra nacional al incluirlo en la renombrada antología Las voces y los ecos (1980). Este exigente crítico suscribió un lúcido análisis de la poética de Neila a propósito de Huésped de la vida (Llibros del Pexe, 2005), volumen que recoge la producción lírica del autor hasta ese momento. Este se presentaba entonces así: «Como todos los jóvenes, descubrí la poesía antes, mucho antes que en los versos, en las hojas de hierba, en los juegos de un niño o en la línea inalcanzable del horizonte. Después frecuenté a Machado, a Borges, a Cernuda, entre otros poetas que admiro, y comprendí que podía concederse la palabra al mundo interior para despertar así en los lectores los sentimientos, los pensamientos y las emociones que nos depara el mundo de la vida. Desde entonces, la tensión suscitada por el encuentro fundamental de nuestra existencia, es decir, el encuentro de la realidad exterior con la realidad interior, termina por dejarme un profundo sentimiento de extrañeza, que sólo he podido conjurar a veces con el ejercicio desinteresado de la poesía».

Neila, que ha desarrollado una fecunda carrera literaria como profesor, poeta, novelista, traductor, crítico, ensayista y editor, nos permite ahora verificar hasta qué punto ha permanecido fiel a esas constantes estética merced a La llama y la ceniza, antología prologada por Javier Lostalé.  Recoge las cien mejores composiciones propias seleccionadas por el cacereño, extraídas de sus siete poemarios: “Una conversación apoyada en una riqueza métrica en la que conviven el verso tradicional con el poema en prosa, el haiku y el aforismo; lo que le permite al lector recorrer su propia vida mediante un ejercicio en el que la inteligencia y el corazón marcan la misma hora, pues éste escuchará al unísono los latidos del pensamiento y del sentimiento”, declara el prologuista.

Tal vez lo que más destaca en los versos de esta formidable entrega es la reiterancia de la luz, término omnipresente, potenciado con otros del mismo campo semántico (esplendor, esplendores, llamas, fuego, brasas o el neologismo, de los que tanto abundan, “azulumbroso”). Sin duda, el deslumbre percibido durante los años infantiles – el sol de don Antonio en Collioure -, tan reiteradamente aquí evocados, fecundó siempre las vivencias multilocales del autor (Extremadura, Asturias, Madrid, Italia, Indochina).

El retorno al paraíso primigenio (Hervás), sus bellísimos paisajes (Pinajarro), las visitas extranjeras (India), la admiración por autores cordialmente próximos (Jenofonte, Bashó, Nietzsche, Simone Weil), la fugacidad del tiempo, el delicado erotismo y la inminencia del último desenlace nutren estos hermosos, melancólicos, conmovedores poemas.

Alberto de Cuenta puso prólogo a otro volumen antológic0 de Neila, El camino original (Sevilla, Renacimiento, 2014). Allí dice: “Está hecho de observación de la naturaleza, de temblor delicado ante el paso del tiempo, de trazos y de signos sencillísimo que ocultan una rara sabiduría milenaria, de talento constructivo, de perfección métrica (sus haikus y sus tankas son, siempre, magistrales), del bisbiseo susurrante que caracteriza su dicción. Hay en él una clara voluntad de versificar a partir de lo mínimo, de lo elemental. Pero del montón de nada pasajera sobre el que levanta sus versos se alza una brisa redentora que calma la sed, vivifica el alma y depura la mente. A modo de vacuna, la poesía de Neila nos inyecta la dosis de melancolía necesaria para superar la tristeza. Y lo hace de un modo tan sutil, tan etéreo, tan exquisito que nos hace flotar, como en deliquio hipnótico, sobre las cosas de allá abajo, felizmente eclipsadas por la belleza de sus versos”. Podríamos repetirlo para esta nueva antología.

A la vez que preparaba su edición, Manuel Neila se ocupaba de editar los poemas de Juan Benet (Madrid,1927-1993), el inolvidable novelista de Volverás Región o Herrumbrosas lanzas, versos a los que ha pone un iluminador estudio introductorio.

 

Manuel Neila, La llama y la ceniza. Antología poética. Zaragoza, Olifante, 2026.

 

 

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