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Manuel Pecellín

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TRAGEDIA DE LAS MUJERES SICILIANAS

TRAGEDIA DE LAS MUJERES SICILIANAS

 

 

Mantiene Periférica  en Cáceres la política de proseguir incrementando su catálogo con obras de autores extranjeros de enorme calidad, aunque menos conocidos de lo que sin duda se merecen. No pocos ni siquiera en vida alcanzaron éxitos editoriales, o cayeron en el olvido, acaso hasta que nuevos gustos, la atención de algún estudioso, tal vez el interés de colegas más sensibles, los ponen en el candelero. Es el caso de María Messina (Palermo, 1887-Pistoya, 1944).  Fuera de los circuitos académicos y comerciales, a su paisano Leonardo Sciascia (1921-1989, escritor famoso (fue miembro del PCI, muy combativo contra la corrupción) se debe que M. Messina se convirtiera, a partir de los ochenta del pasado siglo, en autora de culto.

Bruno Padilla del Valle, al presentar la versión castellana de su obra Muchachas sicilianas (Altamera, 2023), reproduce el retrato que bocetase la sobrina predilecta de la autora: «María era en aquella época, tal como la vuelvo a ver en mis recuerdos y tal como me la vuelvo a encontrar en las fotografías del álbum familiar, una joven menuda de carita pálida, con grandes ojos luminosos enmarcados por una masa de fino cabello castaño. Esa fragilidad escondía una fortaleza de ánimo inusual, que le había permitido a ella, señorita de buena familia que más bien debería haber ignorado ciertas vergüenzas, denunciar lo que se escondía tras la fachada de casas respetables, donde la mujer se mantenía en un estado de sometimiento cercano a la esclavitud».

Es justamente contra lo que se escribe en La casa del callejón, de forma que impregna a los lectores con las angustiosas vivencias allí sufridas.

La obra, que ya apareció traducida al castellano por F. García Burillo en la editorial Del  Oriente y del Mediterráneo (2015), reaparece ahora vertida por Ángeles de los Santos. Recomendamos vivamente su lectura.

Son cuatro sus protagonistas, unidos por lazos familiares: dos débiles mujeres, Nicolina y Antonieta, hermanas y a la postre rivales; Alexio, hijo de la segunda, un adolescente sensible, amoroso, rebelde, cuyo trágico final nos conmociona, y el dueño, señor del domicilio, D. Lùcio. Auténtico paradigma de “padre padrone” sardo, descrito en la novela de G. Ledda e inmortalizado en la película homónima (Palma de Oro Festival de Cannes 1977). Con su alta estatura, lengua fácil, pipa humeante y fusta siempre a mano, impone ominosas directrices, sin tener conciencia de la opresión que comete.  Hasta se considera un ciudadano ejemplar.

El film de los hermanos Taviani se enmarcaba en Cerdeña. El texto de María Messina conduce a una mesópolis siciliana, acaso Mesina (por aproximación homonímica) a principios del siglo XX. El tratamiento que se dirigen los personajes; las circunstancias sociopolíticas expresas; los opresivos usos y costumbres arcaicas tradicionalmente tan arraigados, así lo sugieren.

A María Messina se la incluye dentro de la literatura en “verismo” italiano, que presidiese Giovanni Verga (la joven novelista llegó a mantener correspondencia con el maestro) y cuyos “héroes” resultan los vencidos por la triste existencia. Sin duda, quienes más lo sufren son los pobres campesinos y las mujeres, auténticas esclavas, incluso las de mayor nivel económico. Pero también sus hijos e incluso el máximo responsable de la situación, ese odioso D. Lúcio, administrador de bienes ajenos, usurero con los propios y estúpidamente represor.

Aunque de familia bien acomodada, M. Messina conocía bien el sufrimiento de los más débiles, con los que evidentemente empatizaba, según recogen sus novelas, sin duda con perceptibles notas autobiográficas. Enferma de esclerosis múltiple, que la condujo pronto a la tumba, sabía bien de limitaciones existenciales y sufrimientos. Se maneja con un lenguaje sencillo, pero de enorme intensidad y fácilmente propenso a imágenes, metáforas y brillantes alegorías. Entre sus autores preferidos, según hace declarar a los personajes del relato, figuran Ugo Foscolo (Últimas carta de Jacopo  Orto) y el ruso M. Gorki (La vida de un hombre inútil).

Como “la Katherine Mansfield italiana” la calificó el arriba mencionado L. Sciascia. Por fortuna, la atmósfera asfixiante de aquella casa en el callejón siciliana, tan vívidamente aquí descrita, resulta hoy otro elemento de memoria histórica, en buena parte del mundo. Sin embargo, no resulta inútil volver a respirarla a través de estas brillantes evocaciones para calibrar de dónde venimos y a dónde nunca deberíamos volver.

 

María Messina, La casa del callejón. Cáceres, Periférica, 2026

 

 

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