Cuando aún siguen activas muchas de las concentraciones de jóvenes “indignados”, (y no tan jóvenes: yo mismo estuve varias veces en la de Badajoz), me llega esta pieza dramática a cuyo protagonista masculino le cuadra de algún modo esa calificación. Aunque tal vez le vaya mejor la de “desesperante”, por las reacciones que su conducta habitual genera en sus atribulados progenitores, incapaces de comprender, y mucho menos aceptar, los comportamientos del muchacho.
El autor de la obra, con la que obtuvo el premio FATEX 2010 al mejor escritor teatral extremeño, no es precisamente un recién llegado a las tablas. Natural de Llerena (1960), fundó en el ya remoto 1984 “Paraíso Tlaloc”, una de las primeras compañías profesionales de la Región. Con ese grupo representó numerosas veces Gracia loca, alcanzando un innegable éxito como director y escenógrafo. Participaría también en la creación (1994) de la compañía “Teatro de papel” y en dos ocasiones (2008 y 2009) fue nominado para el Premio Jara de Teatro Extremeño como mejor director merced a los montajes de Cyrano y El enfermo imaginario. Suya es también la adaptación dramática de la novela de Óscar Wilde El retrato de Dorian Grey. Ha impartido cursos de dramatización para ayuntamientos, universidades populares y profesorado.
La acción de La mirada transcurre toda en un edificio industrial abandonado, como tantas películas del cine negro, y durante los pocos minutos que podría exigir su puesta en escena. Allí se refugia Alicia, para esquivar la persecución de quien supone pretende violarla. Más rápido que ella, el implacable joven la alcanza y recluye entre aquellos muros, desencadenándose entre los dos el enfrentamiento clave de la obra. Pronto se ve que el presunto violador no es un loco arrebatado, capaz de sumir en la humillación máxima a la desgraciada mujer con quien tope. El diálogo que generan, más o menos discutible desde el punto de vista de la verosimilitud, es todo un tratado de psicología juvenil, con evidentes referencias sociopolíticas.
La fatalidad hace su aparición y nada va a detener la tragedia, aunque Alicia trate de impedirla. Segura pronto de que el chico no va a hacerle daño, consciente de que tal vez incluso la ama, se esfuerza para que el inspector de policía, oportunamente llegado a escena, no dispare. Lo hará, al creerse amenazado (otro truco de cine) por una simple navaja. Tampoco pudo hacer nada el comisario, que llega minutos después e identifica rápido al muerto: es su propio hijo, con quien apenas mantenía relación alguna. Se alcanza así el clímax, con las recíprocas imprecaciones de los tres supervivientes. Al fotógrafo sobrevenido al lugar del crimen (por tal lo juzgan el padre y la chica, frente a la legítima defensa alegada por el ejecutor) sólo le queda dejar constancia gráfica del cadáver.
Mírame hace el número 5 de la colección “Escena Extremeña”, editada por el Centro de las Artes Escénicas y de la Música (CEMART) , donde antes aparecieron El ángel de la luz (Miguel Murillo), Un tal Amorfo (Leandro Pozas), Proceso a Besteiro (Manuel Canseco) y Hoy viene a cenar mi sobrino el concejal (Concha Rodríguez). Escrita con una prosa bien cuidada, en la que sólo puede criticarse la puntuación de algunas oraciones, prima la palabra sobre los gestos, es de una enorme economía escénica y ofrece caracteres de indudable atractivo y actualidad. Los expertos dirán cómo funcionan las representaciones, pero su lectura proporciona un interés mantenido hasta el fin.
Claudio Martín, Mírame. Mérida, CEMART, 2011.