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Manuel Pecellín

Libre con Libros

FERNÂO BRANDÂO OCULTÓ LA “BIBLIOTECA DE BARCAARROTA”

 

-Martín Baños, Pedro (ed.), Antonio de Nebrija y la Modernidad. Cinco siglos de espíritu crítico. Mérida, ERE, 2026

 

 

García Lorca iniciaba su bellísimo “Romance de la pena negra” con unos versos deslumbrantes: La piqueta de los gallos cavan buscando la aurora para contarnos las inquietudes de Soledad Montoya. Aquel agosto de 1992, la que manejaba el albañil José María Sánchez para tirar una pared de la casa de Antonia Ascensión Saavedra descubrió un tesoro bibliográfico de enorme trascendencia. En aquel doblao de un pueblico extremeño limítrofe con Portugal, alguien precavido ocultó, a mediados del XVI, un conjunto de obras “heterodoxas”, que cinco siglos después salían a la luz. Constituyen lo que se ha dado a conocer como la “Biblioteca de Barcarrota”. Miguel Ángel Lama refiere en el preámbulo del estudio que aquí se presenta, expone las vicisitudes de aquel feliz hallazgo, cuyas piezas originales hoy se guardan en la Biblioteca de Extremadura (Badajoz).

La mayor parte de las mismas han visto la luz merced a las acertadas decisiones de la Editora Regional de Extremadura, adjuntando a cada una de ellas el correspondiente estudio preliminar, a cargo de los mejores especialistas. Dichos textos, donde figuran lenguas diferentes (castellano, portugués, latín, italiano, hebrero y francés), estaban unos explícitamente señalados en el Índice de Libros prohibidos publicado por el inquisidor general Fernando Valdés (1559). Otros, rozaban la heterodoxia por sus pasajes próximos a las tesis erasmistas, luteranas, homoeróticas, supersticiosas o profundamente anticlericales, por lo que con facilidad su dueño podría ser encausado ante el siempre temible y atento Tribunal de la Inquisición. Sin duda, la joya del conjunto es la Vida del Lazarillo de Tormes, el único ejemplar hasta ahora encontrado de la segunda edición, hecha en Medina del Campo (1554).

 

Francisco Rico, equivocado pese a sus muchos saberes, imaginó a un librero de escasa cultura como el responsable del ocultamiento. Fue el profesor Fernando Serrano Mangas (+) quien parecía haber dado con la clave. En su libro El secreto de los Peñaranda. El universo judeoconverso de la Biblioteca de Barcarrota (Madrid, Hebraica, 2004) propuso como ocultador, con lo que entendimos sólidas argumentaciones documentales, a Francisco de Peñaranda, médico judío natural de Llerena, afincado en Barcarrota, desde donde se habría ido a Olivenza, no sin poner a buen recaudo sus peligrosos textos.

“En realidad, no hay un solo argumento objetivo que vincule de forma directa la Biblioteca de Barcarrota con Francisco de Peñaranda” sostiene desde el principio (pág. 23) Pedro Martín Barros. A refutar la tesis de Serrano dedica la parte primera de su obra, a la vez que desarrolla toda una batería de razones a favor de Fernâo Brandâo. Este hidalgo portugués, natural de Évora, donde fue procesado por la inquisición (¿sodomía?), es quien figura en la nómina-amuleto hallada entre las hojas de un volumen de la biblioteca. P. Martín hace exhaustivo estudio de ese disco “apotropaico” (salutífero), ornado con un pentágono (no la “estrella de David”), que pasa a ser la piedra angular de su investigación. Tras volver de Roma, donde está fechado, amorosamente, Brandâo se afincó en Barcarrota (cerca de sus propiedades lusas) y, ante el revuelo del índice de Valdés, había optado prudentemente por guardar tras una tapia sus libros más peligrosos.

La segunda parte de este documentadísimo trabajo se dedica al estudio de las obras localizadas en aquel domicilio extremeño: La Cazzaria (manuscrito erótico-burlesco, del subgénero sodomítico); el Tricasso de Cerasari (manual de quiromancia); la Oración de la Emparedada (prototipo de rezos populares); las Oraciones bíblicas; la Lengua de Erasmo; los Tratados varios, de Maron, Sagon y La Hueterie; el Alborayque (panfleto anticonversos); el Exorcismo; la Quiromancia;  un alegato contra “la secta mahometana” y el ya citado Lazarillo, la joya de la corona.

Martín Barros (n. 1968) se doctoró en Filología Hispánica por la Universidad de Deusto (donde defendió y publicó la tesis El arte epistolar en el Renacimiento europeo, 1400-1600 (2005). Residente en Almendralejo, ha sabido combinar la docencia como catedrático de Instituto con la investigación, hasta convertirse en uno de los grandes especialistas del Renacimiento hispano. Es seguramente el máximo conocedor de Antonio de Nebrija, autor sobre el que tiene publicadas numerosas obras. Para escribir ésta se le concedió un año sabático, facilitándose así el acceso importantes archivos españoles, franceses, italianos y portugueses. Su trabajó se vinculó al que dirigiese María José Vega, catedrática de la universidad autónoma de Barcelona, Index. El impacto de los libros prohibidos y expurgados en el patrimonio textual europeo.

No terminaré estos apuntes sin resaltar la excelente prosa que maneja un investigador tan riguroso como detallista, capaz también de reconocer límites, lagunas y prevenciones cuando sus infatigables pesquisas no le han resultado absolutamente categóricas.

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