Apenas iniciado el siglo XV, un nuevo poder emergía para desestabilizar el equilibrio europeo. Tamerlán, el casi desconocido jefe tártaro, derrotaba (1402) al sultán Bayaceto, la gran amenaza del Occidente europeo. Los príncipes cristianos comprendieron pronto la importancia de establecer relaciones con el poderoso kan e inducirlo a imponer una tenaza política contra los turcos. Así lo comprende el joven rey de Castilla, Enrique III, quien decide enviarle una embajada presidida por Gómez de Sotomayor y Hernán Sánchez de Palazuelos. Responde el dueño de las estepas asiática con otra. Viene al frente su consejero, Mohamad Alcagi (El-Kesh), con ricos regalos, entre otros tres princesas grecohúnagaras que habían pertenecido al harén de Bayaceto. El monarca castellano decide corresponder y ordena organizar otra expedición que lleve ricos dones, con cartas de amistad, al dueño de Samarkanda. Al frente del séquito castellano, una docena de hombres, irán como embajadores fray Alfonso Pérez de Santa María, teólogo políglota (en su boca, las enseñanzas evangélicas); el impetuoso guardia Gómez de Salazar; Alcagi, que regresa y sirve como intérprete, más el hábil cortesano Ruy González de Clavijo, camarero real.
Será este quien daría cuenta de las aventuras experimentadas en tan extraordinaria misión. Fue tomando notas durante el viaje y compuso Vida y hazañas del gran Tamorlan con la descripción de las tierras de su imperio y señorío, escrita por Ruy González de Clavijo, camarero del muy alto y poderoso señor Don Enrique Tercero de este nombre, rey de Castilla y de León, con un itinerario de lo sucedido en la embajada que por dicho señor rey hizo al dicho príncipe, llamado por otro nombre Tamurbec.
Su manuscrito fue impreso en Sevilla (A. Pescioni,1582) y constituye uno de los “libros de viajes” más apreciados de la época tardomedieval. Ha sido reeditado varias veces, la última en Barcelona (Castalia, 2018). Hoy está al alcance de cualquiera en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, donde nosotros la hemos leído.
Sánchez Adalid, que conoce bien el texto y buena parte del largo recorrido realizado por los españoles en su fantástico viaje de ida y vuelta, se ha inspirado en la relación original de dicha aventura para escribir su nueva novela histórica. Ateniéndose estrechamente al texto de Clavijo, incluso con transliteraciones numerosas, compone el suyo a partir de los elementos imaginarios que el escritor extremeño sabe administrar con bien probada maestría.
La narración, en primera persona, corre a cargo del jovencísimo Alvar, tan ingenuo como habilidoso en el arte de la cetrería. Será el encargado de los tres magníficos halcones que destacan entre los regalos para Tamerlán. El adiestramiento, cuido y vicisitudes de las aves constituyen parte nuclear del relato, con el lenguaje que domina quien, como Sánchez Adalid, practicó las artes de la altanería. Ascendido pronto a nivel de embajador, el halconero forma parte de las distintas misiones, lo que le permite ser testigo cualificado. A menudo, le ocurren sucesos imprevistos, que nutren literariamente la obra. Son casi setecientas las páginas precisas para dar tan minuciosa relación (quizás en exceso detallada) de los lugares transitados y los acontecimientos vividos desde Segovia hasta la mítica Samarkanda, donde un Tamerlán ya a finales de sus días tiene la fastuosa corte. Si problemática es la ida, a pie, naves o caballo, con peligros múltiples (tempestades, nieves, bandidos, montañas, desiertos), no menos difícil será el retorno, cuando el orden dictatorial se derrumbe tras el fallecimiento del Kan.
Alvar, bien ilustrado por la sapiencia de fray Alonso y Clavijo, anota con pulcritud las características de los lugares que van transitando, desde Segovia al punto de destino, e incluso la historia de los más relevantes. Los de mayor importancia son Roda y sus caballeros; Constantinopla, a punto de caer en manos turcas; Trebisonda, donde bizantinos y armenios guardan esencias cristianas; Carabaque (Karabakh), retiro veraniego, y, lógicamente, la capital de la ruta de la seda. No le faltarán encuentros felices, como los vividos con un nieto de Tamerlán, también amante de la cetrería, o la misteriosa tártara de la que el joven se enamora. Paisajes urbanos, montañosos o desérticos; fiestas, banquetes, ceremonias, usos y costumbres típicas se recogen con brillantez. Animales exóticos como jirafas, avestruces o elefantes deslumbran a los hispanos.
El regreso es referido mucho más rápido, como lo hace Clavijo en su obra, que ni siquiera se detiene a contar cómo fue el encuentro junto a Génova con Benedicto XIII, el “Papa Luna” afincado en Avignon. Antes pasarían por la pequeña Venecia del Tirreno, aquí evocada como la gran urbe del Véneto. Clavijo retornó a Alcalá, donde estaba el Rey, en Marzo de 1406. Con él llega, mucho más maduro, nuestro relator, que podrá seguir practicando la altanería con un águila enorme, traída desde montañas remotas.
“Cuando emprendas tu viaje a Ítaca, pide que el camino sea largo, lleno de aventuras, lleno de experiencias”, escribirá siglos después y de manera premonitoria Kavafis. Hoy, la ruta de la seda se reduce para los europeos en un vuelo de escasas horas. Recorrerla imaginariamente merced a la pluma de Sánchez Adalid sigue siendo una dedicación placentera y provechosa.
Jesús Sánchez Adalid, Tres halcones para Tamerlán. Madrid, HarperCollins, 2026