MÚSICA Y POESÍA EN LA GENERACIÓN DEL 27
Aunque la bibliografía sobre la Generación del 27 resulte ya abrumadora, la veremos sin duda multiplicarse en los tiempos próximos con motivo del primer centenario de aquella pléyade de plata. Entre los estudios que están publicándose, nos proponemos reseñar esta colección docena de artículos, obra coordinada por la doctora Nuria Rodríguez (Garrovillas de Alconétar, 1971), catedrática de Literatura hispánica en la Universidad Montaigne de Burdeos y gran especialista en la materia.
Según ocurre a menudo en este tipo de obras, los trabajos aquí ofrecidos difieren notablemente en extensión y profundidad. No se incluye información sobre los autores, aunque la red, como es lógico, facilite conocer los datos académicos y profesionales de todos ellos.
Un preámbulo, suscrito por la coordinadora, ilumina sobre el proyecto editorial: mostrar cómo y con qué recursos expresivos las/los intelectuales que conformaron aquella generación (escritores, sí, pero también cineastas, pintores, ensayistas, músicos) tuvieron la música como elemento fundamental dentro de la creación estética y el desarrollo de ideales renovadores en todos los campos. Los estudiosos convocados se centrarán en los poetas más sobresalientes del grupo, analizando la presencia en sus versos la amplia presencia de nombres referidos al oportuno campo léxico; ponderando sus apreciaciones explícitas e incluso la recreación de piezas musicales, especialmente las del folklore andaluz y – lo que entendemos como la aportación más valiosa – mostrando las fórmulas concretas que los autores seleccionados utilizan preferentemente para conseguir la máxima musicalidad de sus versos (métrica corta, anáforas, estribillos, onomatopeyas, anadiplosis,
“Porque yo ante todo soy músico”, declararía García Lorca. Al poeta granadino se refieren los tres primeros trabajos de la antología. Joy Paillocher analiza el peso del cuarto arte” en las creaciones juveniles del que también fuera un exquisito pianista. Marc Audí evoca la relación del mismo con el compositor catalán F. Mompou, mientras Samantha Christi desarrolla cómo Lorca supo hacer “resonar el silencio” en sus poemas y la función semántica (ya la adelantó Nietzsche) que “las taciturnidades del labio” pueden implicar.
Fue Cernuda quien más hubo de sufrir las críticas de sus contemporáneos (durísima, v.c., la publicada por Tomás Segovia en la Revista Mexicana de Literatura, nº 1, 1959). Justamente le achacarían la falta de musicalidad de sus poemas, lo que torturó siempre al genial sevillano. Nuria Rodríguez, con tantas publicaciones sobre Cernuda, lo defiende, una vez más, deteniéndose en dos poemas-canciones infantiles del mismo, tan comprometido con las Misiones Pedagógicas de la II República como en la defensa de la misma, fusil en ristre.
También son dos las canciones de Miguel Hernández, de corte bien distinto, con las que Guillaume de Barre se ocupa, ambas bélicas: “Las puertas de Madrid”, un viento de lucha y melancolía según calificación del estudioso, y “La guerra, madre”, elegía conmovedora. Se reproducen letra y música ( de Ian Adomián), mostrando su íntima conexión.
La misma que se percibe en tantas entregas de R. Alberti, especialmente en las “nanas” o en la “Cantata para verso y laúdes”, muestra Gilles del Vecchio. Idéntico fenómeno atribuye Ph. Chuffart al Cántico de J. Guillén, donde la armonía universal y la simbiosis entre el yo poético y el cosmos se fundamentan a través de la luz. Algo así había intuido y expresado fray Luis de León, a quien tanta admiración profesaban los del 27, especialmente en la magnífica Oda a Francisco Salinas, el organista ciego de la catedral de Salamanca, amigo del fraile represaliado por la Inquisición. Elvenzio Canonica y Ph. Chuffart explican en sendos artículos la recepción del famoso agustino por parte de J. Guillén y demás compañeros.
Tras el apunte panorámico donde Noemí Mendarozqueta recoge el impacto de la música contemporánea (jazz, blues, tangos) en los escritos de aquella extraordinaria pléyade, los capítulos finales están dedicados a las poetas, quizás no bien atendidas a
como se merecieron: Concha Méndez , Ernestina de Champurcin y Lucía Sánchez Saornil (por Sonia Fernández Hoyos) y Carmen Conde, cuyo Cancionero de la enamorada analiza Clara Lecadre, resaltando el erotismo próximo a la mística del Cantar de los Cantares que lo impregna.
Queda bien demostrado, con abundancia de ejemplos fehacientes, como “la música fue un elemento esencial dentro de la búsqueda estética y el anhelo de modernidad del grupo de intelectuales que conocemos con la etiqueta de Generación del 27 ”, según sostuvo en palabras preliminares Nuria Rodríguez.
-Rodríguez Lázaro, Nuria (coord.), La música en la Generación del 27. Ritmo, palabra y modernidad en la Edad de Plata. Madrid, Pigmalión, 2026.